lunes, 13 de junio de 2011

De la viveza como cultura dominante III

Todas las estructuras sociales están diseñadas para reproducir la mediocridad


Es indiscutible que para ser un vivo hay que creerse capaz de serlo. Quien se considera un vivo, ya asume su rol y  anda a la caza de cada oportunidad para demostrarlo. Se cree más listo que los demás en oposición abierta al torpe y tonto, asimila a los demás a esta condición y esto es lo que lo hace lesivo para los demás.  Dígase bien, el vivo aprovecha la situación por lo general el estado de indefensión, reposo o descuido de los otros para sacar provecho.  Puede darse el caso de una persona inteligente en funciones de vivo pero esto no es usual, ya que la inteligencia no necesita de esas ventajas que son más bien limitadas, y por tanto despreciadas por quien tiene en alta estima sus propias aptitudes y capacidades y puede sacar mejor provecho en buen uso de ellas.
Pues bien, la imposición y vigencia de este personaje dice a las claras que somos una sociedad facilista. Que amamos el éxito fácil. Le tenemos miedo a las dificultades, al sacrificio, al rechazo que ocasiona el primer fracaso y el que sigue. No nos interesa el trabajo sino la ‘chamba’. La constancia y la tenacidad no significan nada dentro de nuestra concepción de vida y por eso nos derrumbamos ante el primer obstáculo y buscamos ‘la oportunidad de nuestra vida’ dentro de la ‘legalidad’ que proporciona el mismo esguince a la ley que no puede ser llamada ilegalidad hasta que no se demuestre luego de un arduo y largo proceso, con las ventajas que ofrecen las fisuras jurídicas que proporciona la misma ley.  
Y como sociedad facilista que somos, desde los cargos de dirección nos hemos dado mañas para erradicar aquello que controvierte ese facilismo: la crítica. Le tenemos pavor a la crítica. La estigmatizamos con el cuento de ser destructiva, habida cuenta que es lesiva y quienes critican son la personificación de ese daño para las inconsistentes estructuras de poder en las que se han posesionado los mediocres. El embeleco de la crítica constructiva y la crítica destructiva no es más que una falacia con la que los mediocres salen al paso de las críticas. Al atribuir a la crítica un significado negativo, de censura, de reprobación y con la exclusiva intención de destruir, se le niega el espacio a quien osa posar de crítico. Y a esta concepción se le ha contrapuesto un sentido contrario positivo, de aprobación y aceptación la crítica constructiva que no es otra cosa que el halago empalagoso, la adulación que en el argot popular se conoce como lambonería: posar de rodillas ante la ineptitud para conservar el puesto o ganar una prebenda. Hasta hace pocos años todos los muros de las ciudades colombianas estaban pintados con letreros que decían. “No critique, actúe”.
La verdad es que la crítica es crítica y nada más. Y, por supuesto, quienes critican son personas inconformes, reformistas, de aspiraciones y de superación. Es la dinámica propia de un ser y de una sociedad en transformación.
Atendiendo a su origen etimológico, la palabra proviene del griego krynein krinein  que significa discernir, juzgar, formular un juicio, valorar. Por tanto, es la descripción objetiva de una realidad o circunstancia, de sus características, componentes, estructura, técnica, y, desde luego, la respectiva valoración, pues quien conoce está en condiciones de emitir juicios de valor, aunque estos juicios sean ya de carácter subjetivo.
Y otro embeleco más. Supuestamente, quien critica, debe dar soluciones. Es otra manera de reprimir a quien critica. Se pretende desconocer que la crítica es análisis de una realidad; es discernimiento, disección de los elementos constitutivos de esa realidad. Consiste en la identificación y señalamiento de un problema y ese es su gran aporte. Las soluciones deberán venir como consecuencia de la acción posterior y, como tal, son posteriores a la crítica misma. Si criticar es señalar un problema, corresponde al estudio y acción posterior encontrar las alternativas o posibles soluciones, pero ese es un proceso diferente, generalmente dispendioso. Otra cosa es que quien critica, por ser versado en la materia, esté en condiciones de ofrecer ideas que sirvan para orientar el proceso de reelaboración de esa realidad. En el mundo de la ciencia, la más de las veces se identifica un problema y por décadas y hasta siglos no es posible dar con la solución. 
Vamos ya para dos décadas que el filósofo inglés de origen austriaco, Karl Popper, le recordaba al mundo académico sobre la necesidad de la crítica, sobre la necesidad de aprender de nuestros errores, y sobre todo de aprender a aceptarlos. Decía que la autocrítica es la mejor de las críticas  y que debemos abrigar un sentimiento de gratitud cuando los demás nos señalan esos errores pues “necesitamos a los demás para descubrir y corregir nuestros errores”, de la misma manera que los demás nos necesitan a nosotros.  Y resaltaba lo bueno que significaba para una sociedad que exista la crítica, que exista gente de ideas distintas, pues sólo así se consigue la tolerancia. (Popper, Karl. Discurso de investidura como doctor Honoris Causa de la Universidad Complutense de Madrid, 1991).
Pero esto no es fácil conseguirlo. La ausencia de crítica en la sociedad  es consecuencia de la carencia de un pensamiento racionalizado. El espíritu crítico no puede surgir ni expandirse en un ambiente de irracionalidad en el que los principales conflictos son generados por un arribismo individualista amparado en dogmatismos de diverso cuño (académico, político, clerical, militar, etc.) que imponen diversas clases de censura como mecanismos de exclusión. La más rampante de estas exclusiones la proporciona una estructura educativa montada para generar una sociedad de analfabetos plenos o funcionales. Además, no puede generarse crítica en un medio social al que se le ofrece diariamente una lectura facilista de la realidad por parte de unos medios de comunicación que compiten por la captación de una audiencia mediante el limitado argumento de la reiteración de lo truculento, las simplezas y el espectáculo de mal gusto.
La crítica, como actitud vital, es producto de la reflexión y del pensamiento. Sólo una sociedad que produce, respeta y valora el trabajo intelectual podrá alcanzar su desarrollo como sociedad a través de la superación de sus individuos. El sistema social, político-administrativo y académico nuestro no solo ignora la crítica sino que la persigue y la estigmatiza. Esta labor de erradicación del pensamiento crítico en la convivencia social, en la moral pública, en la vida política,  empresarial y académica no sólo ha impedido la construcción de una sociedad de empuje y desarrollo sino que ha destruido de manera sistemática los pocos mojones que hombres señeros erigieron en épocas pasadas a costa de su propio sacrificio. Aquí el trabajo intelectual está sometido, a lo mucho, a un sueldo miserable y eso significa que ese individuo no vale nada, que puede ser marginado y desechado a voluntad por quien se sienta afectado por su expresión. El ejercicio intelectual y académico sólo vale para el ocio de algunos magistrados que por lo general cumplen esas funciones ad honorem.
Es tal el grado de sometimiento de la sociedad ante el imperio de los vivos que hasta aceptamos con complacencia y beneplácito la desfachatez con que estos personajes cometen sus acciones dolosas para luego declararse puros, impolutos. La prédica a favor de la viveza es parte del adoctrinamiento social. Veamos algo al respecto.
En el ámbito administrativo, la viveza tiene un tinte muy particular. Al punto que se han consolidado unas normas de comportamiento de incuestionable aceptación y aplicación. Es un trabajo de creación colectiva dentro de la estructura administrativa que ha llegado a ser considerado como el ‘Decálogo del funcionario’, perfeccionado durante décadas y décadas de aplicación continua. Su espíritu pertenece al derecho consuetudinario y son normas de tanta aceptación que circulan inclusive hasta en formatos piratas. Para ilustración de los lectores, extraigo algunas de ellas, respetando las prioridades establecidas, pues en las varias versiones de los decálogos consultados, todos las incluyen en el mismo orden aquí reseñado.  Primero. Derecho de pernada (léase: favores de cama que acredita puesto o ascenso. Nota: ‘Sólo para mujeres inteligentes’). Segundo. Genuflexión diaria. También llamada ‘sentido de pertenencia’. Tercero. (Coincidencialmente hay un borrón en todos los documentos consultados, pues al parecer el cuarto renglón en la lista ha adquirido mayor prestancia en los últimos lustros). Cuarto. ‘Miti-miti’ (indispensable para ministros, alcaldes, gerentes y funcionarios que valoran subastas públicas o de proponentes, licitaciones y concursos de méritos). Noveno. Testaferrato...

lunes, 6 de junio de 2011

De la viveza como cultura dominante II

Todas las estructuras sociales están diseñadas para reproducir la mediocridad

No es fácil, hablando de la viveza, condensar en unas pocas líneas el amplio espectro de matices que la práctica social ha construido durante varias generaciones hasta llegar a darle un sesgo ideológico y convertirla en cultura dominante. De aquellos pocos individuos que de manera aislada, pero cargados de ideas, emociones e ingenio, comenzaron a transgredir el comportamiento social y estatal convencional haciéndole un esguince a lo legal, se ha pasado a una conciencia colectiva en cosa de unos de sesenta o setenta años.
Cuando en los años 50 ya Alberto Lleras nos catalogaba como “¡País de avivatos!” y hablaba de este espécimen social como “picarillo inocente”, seguramente no vislumbraba que unos cuantos lustros más adelante se convertiría el azote de la sociedad y, mucho menos, que su propio invento —el Frente Nacional que él mismo ayudó a crear– sería la herramienta propicia para que la clase política la convirtiera en el nido de donde saldrían los personajes más corruptos de la historia reciente del país y quienes irradiarían desde los más altos estrados del poder, a todos los ámbitos, la cultura de la viveza.
Así que, en la actualidad, el panorama es muy diverso. Unos cuantos ejemplos pueden servir para ilustrar un poco las dimensiones que ha alcanzado el fenómeno: La democracia colombiana se sustenta en unas elecciones que no pasan de ser ferias de compra-venta de votos a cambio de favores o dinero / Los ganadores de las licitaciones de obras públicas pactan previamente con los funcionarios que otorgan esos contratos entregarles el 15% del valor neto de las obras como contraprestación / Un ministro de Estado regala a los terratenientes más ricos del país miles de millones de pesos del presupuesto nacional como supuesto estímulo agrícola, que posteriormente éstos le compensan con votos para su campaña presidencial / Decenas de jóvenes humildes son asesinados cobardemente y luego presentados como guerrilleros muertos en combate, para cobrar estímulos económicos y gestionar ascensos / Al menos la mitad de los congresistas colombianos son elegidos con dineros del narcotráfico / Los hijos del presidente de la república compran terrenos a bajo costo que luego se convierten en Zonas Francas, incrementando en miles de millones su precio comercial / Uno de los grupos financieros más poderosos del país exige a sus funcionarios rendimientos altos “no importan lo que tengan que hacer para alcanzarlos”, y así el engaño se vuelve cultura institucional.
Estas acciones las han adelantado sus gestores en el ejercicio de los más altos cargos de dirección del país. Y no son hechos aislados, más bien permanentes. La firma de cientos de contratos y asignación de licitaciones en las últimas horas de todas las administraciones públicas no tiene otra finalidad que aprovechar la coima que le corresponde a quien firma. Son, además, personajes aclamados y reelegidos por amplios sectores de población que entregan su apoyo incondicional, unos porque derivan la estabilidad laboral y el sustento de sus familias del padrinazgo que ejercen estos líderes con su influencia política y administrativa, y otros porque también ejercen un liderazgo menor en vivezas, a la sombra del mayorazgo, que les genera ganancias pingües. La lengua de las gentes dice que esta sombra es la que protege al contrabando, la piratería y el robo de autos, instalados de tiempo atrás como rubros significativos para la economía nacional. No de otra forma se justifica que la venta de los productos de estas acciones ilícitas haya derivado hacia un mercado formal con alta generación de modalidades de empleo acogidas como alternativas sociales y económicas en las estadísticas oficiales bajo la denominación de ‘economía informal’.
Es, pues, evidente, que frente a la incapacidad para generar riqueza por los medios convencionales, se opta por el atajo que proporciona la viveza. Se deja de lado la legitimidad y se aprovecha la ventaja que proporciona el poder para cometer el acto artero en beneficio propio, creando de paso una deslegitimación del poder. Sin embargo, el prestigio simbólico adquirido por la acumulación de capital, que permite un nivel de vida alto y un derroche en eventos públicos, supera con creces cualquier referencia ocasional a la forma fraudulenta como fue adquirido ese capital y sirve para instaurar y legitimar un espacio de dominación social.
Hay varios hechos que sobresalen y caracterizan este comportamiento social: 1. Que es ejecutado y promovido desde las altas esferas del poder; 2. Que sus ejecutores son miembros de la clase política dominante (grupos conservadores-liberales tradicionales); 3. Que la intencionalidad primaria es la apropiación, directa o por interpuesta persona, de millonarias sumas de dinero o de beneficios equivalentes, por medio de mecanismos no convencionales; 4. Que con este dominio económico se procuran los medios para mantenerse en la cúspide del ejercicio político.
Pues bien, estos elementos hacen parte sustancial de lo que para Bourdieu constituye un campo estructurante de la vida social: “la existencia de un capital común y la lucha por su apropiación”. (Bourdieu, Pierre. Cuestiones de sociología. Edit. Akal, 2008). Pero en este caso, el capital común acumulado de conocimientos, habilidades y creencias se deja de lado y se opta por “la estrategia de la subversión, de la herejía”, que proporciona la riqueza adquirida por medio de la viveza. Al luchar por el poder político con estos medios ilegítimos se pretende el mantenimiento de las cuotas de poder, la perpetuación de la imposición y de la hegemonía sobre los otros grupos dominantes previamente constituidos.
En esta lucha entre miembros de la clase dirigente por el poder político se pone en  evidencia el menosprecio consciente hacia los valores que sirven de sustento a la sociedad. Aquellas acciones dolosas que en un principio eran propias de personajes de baja condición social son ahora patrimonio de la aristocracia criolla pero en defraudaciones multimillonarias. Los 'niños de bien' dejan de lado la hipocresía tradicional y optan abiertamente, sin recato alguno, por el bochornoso camino de soslayar la norma ética y legal con tal de alcanzar “el interés y la bajeza de las satisfacciones materiales” que eran atribuidos de manera arbitraria como patrimonio exclusivo de las clases populares.
Hay que tener en cuenta que este comportamiento no es gratuito pues tiene su cuna en el habitus. El término hace referencia a la categoría elaborada por Bourdieu para explicar "cómo los individuos interiorizan formas de pensar que posteriormente se transforman en comportamientos a partir de un sistema de hábitos sociales configurados a su alrededor desde la infancia". Esto es, son formas de pensar alimentadas en el seno de la familia, de la clase social y de la sociedad en general.
Por tanto, es una forma de pensar que viene de tiempo atrás, tras un largo proceso de gestación. La construcción del pensamiento social encarna en las acciones de los líderes de la sociedad, quienes lo legitiman con su práctica, lo que hace posible que sea percibido, valorado y aceptado por el conglomerado social, que lo reproduce en sus nuevos comportamientos.
Ahora, como la construcción y legitimación del pensamiento social es un proceso continuado durante generaciones, que es llevado a la práctica por la clase dirigente, en esa misma secuencia necesariamente se va modificando el orden jurídico para adecuarlo a las nuevas necesidades de los grupos dominantes. Así, con la imposición de la cultura de la viveza se ha ido configurando de manera paulatina una tendencia hacia un nuevo tipo de Estado, paralelo al Estado de Derecho, lo que le ocasiona a este último permanentes crisis de legitimidad. Eso, sencillamente, porque si el dominio social y el dominio del Estado queda en manos de los vivos, es claro que no puede haber ni equidad ni ley, lo que no puede ser aceptado en un Estado de Derecho. Porque, de ser así, la ley y la justicia se convierten en algo formal, que si bien está formulada en los códigos, sólo se aplica según las conveniencias. Por lo tanto, una sociedad con esta impronta, en donde impera la voluntad del más vivo, la ley queda relegada para los tontos, para los indefensos, para ‘los de ruana’.
Si hacemos un ejercicio sencillo y le preguntamos a cualquier ciudadano colombiano que para quién considera que es la ley en nuestro medio, la inmensa mayoría de los encuestados, poniéndose la mano en el corazón, deberá responder que para los tontos, para los indefensos, para ‘los de ruana’. Y sin entrar en honduras legales, los más versados hablarán de un sistema penal especial montado sobre una serie de sofismas para engañar a la sociedad como ‘vencimiento de términos’, ‘casa por cárcel’, ‘detención en casas fiscales’ y ‘rebaja de penas’, todas, figuras legales al servicio de la viveza.
De otra parte, en nuestro medio no existe un liderazgo social de probidad. Los hombres probos de gran reconocimiento social fueron avasallados y están al margen de la sociedad. En las nuevas generaciones no hay ningún tipo de oportunidad —ni social ni profesional– para quien opte por una posición ética, sin que tenga que claudicar con el acostumbrado silencio cómplice. Y una sociedad sin oportunidades para sus nuevas generaciones es una sociedad fracasada. Queda a expensas de los vivos, de los mediocres.
Queda claro con lo ya expuesto que la estructura política ha sido la punta de lanza para el imperio de los vivos y la mediocridad. Partamos de ese sentir profusamente difundido en nuestro medio según el cual para ser político y triunfar en la política hay que ser falso, pícaro y corrupto. Esto es una aberración como concepción estructural de la política dentro de cualquier sociedad y la desfachatez con que se difunde como motivo de orgullo de la clase política, muestra su degradación e iniquidad. Es una verdad de Perogrullo que aquí no existen partidos políticos sino  grandes camarillas que se reparten el país, lo ferian y desbarajustan a su acomodo. Sin excepción, todos los que han ostentado la dirección del Estado desde el llamado Frente Nacional hasta el presente montaron su gestión pública de éxito político, social y económico sobre esta perniciosa concepción, ya sea por acción directa o por medio de su séquito. La ratificación de ese actuar delictivo soterrado queda plasmado en esas frases lapidarias que terminan enmarcando toda una gestión de gobierno: “fue a mis espaldas”,  “yo no sabía”, “no me corresponde vigilar”...
El carpe diem latino, acuñado por Horacio en una de sus odas inmortales, es una exhortación a no dejar pasar el tiempo ni las oportunidades que ofrece el momento presente. Una concepción generalizada de esta idea plantea de una manera llana que hay que aprovechar las oportunidades que ofrece la vida. Y otro matiz predica que cada quien tiene su cuarto de hora. Desde luego, la vida no está para ir por ahí a la bartola dejando tiradas las escasas oportunidades que se nos presentan. Indudablemente, hay que aprovecharlas. Sin embargo, el ser racional está en capacidad de sopesar la validez que tienen como tal. La cultura de la viveza ha consignado también su versión al respecto y desde los mismos peldaños del poder se ha generado una visión pragmática de las oportunidades en coyunda con el beneficio personal. Para eso se busca el poder. Para eso tenemos una democracia sui géneris sustentada en la compra de los que eligen, en la compra de los elegidos y en la compra de quienes supervisan a los elegidos. El círculo perfecto. “¡Poderosa razón es don Dinero!”, decía Quevedo. A ese marco de referencia quedan sujetas todas las oportunidades.
Ahora bien, en una estructura social dominada por los vivos la razón de mayor validez es el dinero. Sí, de acuerdo, “¡poderosa razón es don Dinero!” El dinero es tal vez la fuerza más avasalladora de la criatura humana, pero también la más destructora. He ahí la diferencia entre el fin y el medio. ¿Cuáles son acaso las razones de quienes hacen uso de ‘su oportunidad’ saqueando las arcas del Estado? La corrupción es la abierta imposición de la cultura del vivo, y no es otra cosa que la carencia de un fundamento ético en el individuo y en el colectivo social que lo estimula. En nuestro caso está estrechamente ligado a una mentalidad utilitarista sin ningún tipo de diques morales. La secuencia causal se origina en la violencia política y administrativa ejercida desde la dirección del Estado, germen, principio y fin de la descomposición social que presenta actualmente el país. La expoliación de las clases medias y humildes por parte del sistema como la captación de crédito forzado oneroso tipo Upac o la pauperización de los salarios– que genera lucro en gran cantidad para sectores privilegiados, termina por arrasar cualquier conducta moral y aniquila cualquier tipo de escrúpulos tanto en el expoliador como en el humilde ciudadano expoliado. Porque la viveza como elemento estructural– surge y se nutre de la injusticia de una sociedad que le niega sistemáticamente oportunidades verdaderas a sus ciudadanos y obliga a sobrevivir recurriendo al acto artero que genera inmediata y efectiva retribución.

lunes, 30 de mayo de 2011

El canto de la camisola

a evaristo cerro
in memoriam
Pa-pú, pa-pú, pa-pú
Pa-pú, pa-pú, pa-pú
Pa-pu, pa-pu, pa-pu
Era el trébol en pugna con la Pollera. El sonido salió de la tumba con la energía de un resucitado, vagó por todo el cementerio y llegó al pueblo con las primeras luces del anochecer. Un sonido seco y opaco que el tambor de la sabana extendía hasta sus últimos confines. El ritmo varió con el ingreso de Quitaorgullo y del Polvillo y luego sólo se escuchó por largos momentos el golpeteo de la Camisola.
Con la última vuelta, los enterradores repisaron la tumba de lado a lado y dieron por terminada la tarea. Se silenciaron los porros, aunque el eco persistía en difundir los sonidos de la mortuoria. En los oídos de los parroquianos quedaría aprisionado todavía por mucho tiempo aquel golpe rítmico, baile y lamento profundo por la muerte del hombre.
Los rumores que lo acompañaron durante la larga caminata hasta el cementerio y que sirvieron para matizar el tedio del ritual se abrieron en pequeños grupos al llegar frente a la tumba, en un movimiento continuo estimulado por la curiosidad. Las voces bajaban disgregadas a la tumba, y se confundían con el olor a cal y tierra que tienen los muertos de los pueblos, hasta que se dejó oír el primer grito del enterrador mayor.
Días antes, desde su lecho de moribundo, ya el hombre había oído el llamado fúnebre:
Pock, pock, pock
Pock, pock, pock
Jaaapa, jaaapa, jaaapa
Y desde entonces no hubo nada que lo retuviera. Se fue consumiendo como cuando se exprime un fruto maduro; las carnes se le escurrieron y la piel se endureció en los meandros, sin nada que cubrir aparte de los huesos. La mirada perdió todo resquicio de vida y, a pesar de ello, no había necesidad de acercarle la oreja al pecho para sentir los vigorosos latidos de un corazón que golpeaba con unas ansias locas de vivir. De vez en cuando, una lágrima navegaba a sus anchas por las hendiduras de la cara. Fue una agonía  lenta.
Cumplidas las formalidades religiosas y apenas el grisáceo desfile tornó disperso hacia el pueblo, las figuras de los cinco enterradores se perfilaron alrededor de la tumba. Aprovisionados de palas, ron blanco y unos maderos que remataban en un mazo de diferentes dimensiones, comenzaron su labor mientras los rumores hablaban de secuestro, extorsión y brujería. A partir de entonces sólo se escucharon los quejidos y gritos rituales. Con movimientos rápidos y rítmicos, las palas vaciaron la tierra acumulada al borde de la tumba sobre la madera hueca y cuando la primera capa alcanzó el espesor suficiente para resistir el peso del hombre, éste saltó dentro de la tumba con la Camisola en la mano. La voz que invita y el porro que llama:
Bueno, muchachos, ¡vamos!
Pock, pock, pock
Un sonido opaco y uniforme. Hombre y porro, uno solo; de pronto, el golpeteo del mazo dentro de la tumba se abrió en dos y uno de ellos se tornó en grito.
Jiiiiaaaa, jaaapa, jaaapa, jaaapa
Pock, pock, pock
Pock, pock, pock,
¡Vamos, Juan Pérez,
estás en lo tuyo!
Jaaapa, jaaapa, jaaapa
Una primera pausa y adentro el segundo pilón; entonces el ritmo se hizo doble. Los sonidos guturales, los escalonados gritos y el acompasado paso de los enterradores preñaban el ambiente de lastimeros y vivarachos aires de fiesta mortuoria.
Jiiiiaaaa, jaaapa, jaaapa,  jaaapa
Pa-pock, pa-pock, pa-pock
Jiiiiaaaa
Había muerto en la madrugada y ahora, al anochecer, el paso volantón de la Pollera en pugna con el Trébol, evocaba sus amores. Hablaba del empeño del hombre por señalar un norte a una prole difícil, florecida por oleadas como campo renacido a lo largo de más de sesenta años de amores sin retorno. Los nacidos de sus ardores juveniles, ya habían pasado sus mejores días, desmejorados por una búsqueda infructuosa en sus mediocres humanidades; los frutos de sus amores de madurez, todavía tenían en remojo algunas ilusiones y aquellos capullos de otoñales renaceres amorosos esbozaban apenas  tenues sueños, sin fuerzas todavía para valerse por sí mismos. Eso contaban los porros.
En una combinación de golpes, baile y decires, porros y hombres compactaban la tierra dentro de la tumba. Al compás, todos cantaban lo mismo. La Camisola dirige. Es un porro mediano y saltarín tallado en santacruz. Avanza por el centro de la fosa y llama con su golpe a los restantes porros que bordean la orilla y la siguen, uno detrás de otro. Entonces el hombre de la Camisola, con pecho claro, inicia la zafra.
Aaay, yaaaa,
mañaana cuaando me vaaaya,
ay,
quieen se acordaraaá de mí
ay
sólo mi compañeeero,
por el agua que me bebí.
Jaaapa, jaaapa, jaaapa
Y el zafreo continúa sin tregua.
Pa-pú, pa-pú, pa-pú
Pa-pu, pa-pu, pa-pu
Ahora el canto cuenta de haberes y afectos deteriorados, de paternidades no reconocidas, de derechos esquilmados, de privilegios de ley, de ilusiones perdidas y amarguras amasadas por años y años de indiferencia.
Aay, yaaaa,
quien engaña que me engañaara
ay,
p'alijerarme de tanto aliijo
ay,
con jueces y notarios,
incompetente fui declarado
ay,
 poor mis propios hijos.
Jaaapa, jaaapa, jaaapa
Los porros, con golpes alternados y rítmicos, siguen el paso que marca la Camisola.
Pock, pock, pock
Pa-pú, pa-pú, pa-pú
Pock, pock, pock
Pa-pú, pa-pú, pa-pú
Quitaorgullo y el Polvillo combinan ahora un nuevo lamento.
Aay, yaaaa,
te acabaste cabo e veela
ay
tanto como te creeías
ay
en polvo e tierra,
terminan pretensiones y alegrías
Jaaapa, jaaapa, jaaapa

Los cuerpos convulsos, bañados en sudor, se agitan al unísono con el sube y baja de los porros dejando en cada golpe rastros de historia. A cada grito le sigue un coro de guapirreos de los enterradores, dentro y fuera de la tumba, mientras la botella de ron pasa de boca en boca. Otra capa de tierra y todo comienza de nuevo. Los sonidos de la mortuoria se difunden por la sabana, penetrando lugares y objetos, y arrastrando consigo los conjuros ligados al hombre meses antes en el santuario del indio José María.
La figura menuda que se proyecta con fuerza para acercarse al indio desvaído. Su voz en falsete:
¿Qué tan seguro es?
Los ojos del indio que cobran vida encendidos por una chispa fugaz. Su voz en la penumbra:
 Sólo el corazón puede abrigar la certidumbre. El mal es  irrecuperable.
Y de sus manos emerge un brillo que al final se hace cristo:
El cristo te protegerá. Tú lo sabrás cuando llegue el momento.
Una semana después el hombre cayó enfermo. Comenzó a quejarse de la comida que sabía a tierra, de ardores que le quemaban las tripas, de tironazos en el estómago, de la vigilancia y atosigamiento a que era sometido por parte de un extraño de piel cobriza. Finalmente, una madrugada se lo llevaron de urgencia para Cartagena de Indias; a los pocos días regresó la noticia de  un diagnóstico médico terminante: cáncer en el estómago y dos meses de vida.
Para el hombre, los dolores desaparecieron en ese sueño inyectado por mujeres de blanco. Cuando la jeringa no volvió y el dolor se convirtió en tortura, supo que se llamaba morfina. Comprendió que no regresaría, que la vida se le estaba yendo y ya no hubo tiempo más que para suplicar otra dosis. El infierno se le antojó entonces un lugar de reposo. Buscó con angustia una tabla de salvación en sus hijos y llamó una y otra vez: Celia... Nando...Toño. Pero las máscaras de esas figuras contrahechas, infames y rencorosas que danzaban a su alrededor le confirmaron que hasta entonces sólo había estado en los umbrales del infierno. Una letra que lo desconocía  firmó donde había que firmar y otra ordenó vender lo que se podía vender. Para lo demás, hubo notario a domicilio, abogados diligentes, deudas supuestas, gastos ingentes, y aún así la morfina escaseaba. Ojos en acecho, insultos, agravios y toda la virulencia almacenada durante décadas de amargura y frustraciones flotó por esos días en el aire de pesadilla de la casa de Manga, mientras las sienes del anciano palpitaban incesantemente con un ritmo premonitorio:
Pock, pock, pock

El bullicio de las fiestas novembrinas acalló los débiles lamentos y las brisas de diciembre arrastraron mar adentro sus postreras fuerzas, antes de iniciar el viaje de retorno. La sabana vibrante y exuberante de verdor que lo vio partir se había convertido en una extensión ilímite de pastizales resecos y amarillentos; cuarteada por la ausencia de las aguas, abría sus bocas para rezumar los frescos aromas de la noche. Esa noche, desde su cama, oyó a lo lejos por primera vez el canto de la Camisola.
Pock, pock, pock

****

Una tarde sofocante, mientras dormía la siesta a pierna suelta en una hamaca sanjacintera, sintió el golpetazo en la tetilla del corazón. De un salto quedó sentado y tan lúcido como si no hubiese dormido nada. Al llevar la mano al pecho descubrió que el cristo estaba partido en varios pedazos. Era una elaboración rústica de plata y estaba atado a un cordón oscuro y rucio. Cuando el indio José María lo colgó de su cuello sintió que palpitaba como si estuviera vivo. Creyó en el hechizo y por primera vez en su mediocre humanidad se sintió poseído de una fuerza superior que borró de un tajo todas sus preocupaciones. Después de la muerte del hombre, durante largos años, había conservado el cristo por costumbre, como un amuleto más. Cogió los pedazos y, casi con delicadeza, los envolvió en un plástico; metió el envoltorio en una bolsita de tela roja y se la colgó del cuello.
Al día siguiente le comunicaron la novedad desde Cartagena de Indias: Toño, su hermano menor y dueño de la casa de Manga, había enfermado de gravedad y los médicos lo remitieron de urgencia a Bogotá. Hasta allá fue para recibir el diagnóstico: cáncer en el estómago y dos meses de vida.  A partir de entonces un movimiento instintivo le hacía palpar constantemente el saquito rojo. Pasaron seis meses y el moribundo seguía ahí, aferrándose a la vida, como un despojo humano. El cáncer hacía metástasis en todo su cuerpo sin lograr domeñarlo. A poco más del año y medio del desahucio, paso a paso, todo volvió a repetirse como al principio y Geo, la mujer de Toño, cayó enferma con cáncer en el estómago. Y desde entonces, como en una película de terror, se ve a los dos cadáveres ambulantes arrastrando su miseria humana por la casa de Manga, los ojos llorosos y la mirada lánguida, perdida en una distancia inconmensurable, forzando la compasión de propios y extraños

 

lunes, 23 de mayo de 2011

Oídos cómplices...

No sé si ustedes amigos lectores han logrado cultivar la escucha como hábito de vida. Ofrece elementos muy valiosos para alcanzar a distinguir algunos matices que presenta la compleja personalidad humana que se torna cuerpo social y se difunde a través de la palabra. Uno de mis pasatiempos favoritos es oír hablar a los demás. Te permite conocer en detalle a las personas y el medio en el que te desenvuelves, aparte de ser tal vez la mejor manera de pasar desapercibido. Hoy en día, en un mundo saturado de ruidos en donde la información misma es una nueva forma de ruido, en el que nadie escucha a nadie pues todos se disputan la palabra, encontrar un oído anónimo y cómplice puede ser la oportunidad anhelada para una voz ávida de atención y reconocimiento.
¿Qué se oculta detrás de un rostro parsimonioso? ¿Se puede ser indiferente frente a los misterios de una vida mundana? ¿Qué tanto puede descubrir un espíritu inquisitivo luego del proceso de ocultamiento con que los seres humanos cubren las huellas de sus actos? No hay una vía más explícita que las propias palabras de los protagonistas. ¡Así que prepárense! Comienza el descubrimiento. La trama develada. Una anécdota intrascendente que adquiere importancia y consistencia por los nexos que se establecen a través de ella. La vida de cualquier ser humano es una secuencia de circunstancias que, convertidas en palabras, pueden llenar de emoción el oído de un escucha imprevisto. Si bien un primer impulso nos lleva a ocultar ante los demás las faltas cometidas o las posturas ridículas, surge luego la necesidad de descubrir los secretos propios o ajenos, por muy guardados que estén. La ocasión propicia para abrir el alma y descargar el peso que llevamos dentro.
¿Recuerdan al barbero del necio rey Midas? Apolo, dios de la música y portador de la lira, trenzó disputa con el dios Pan, quien esgrimía la flauta, para ver quién tocaba mejor. Siendo el rey Midas testigo ocasional de la competencia musical y contrario al veredicto de los otros jueces, falló a favor de Pan. Ofendido por la afrenta recibida y renuente a tener que volver a sufrir tan ‘desastroso par de oídos’, Apolo le hizo crecer las orejas como las de un burro. Avergonzado, y para ocultar su deformidad, el rey decidió cubrir su cabeza con un gorro frigio, que sólo se descubría ante su barbero, a quien obligó a guardar el secreto bajo amenaza de muerte. Cargado con el peso del secreto, el barbero decidió finalmente cavar un hueco a la orilla del río Pactolo y susurrar dentro del agujero: “¡El rey Midas tiene orejas de burro!”. Luego tapó el hueco y se alejó satisfecho. Con el transcurrir del tiempo allí crecieron los juncos y al pasar el viento, de entre los juncos salía una voz que repetía: “¡El rey Midas tiene orejas de burro!”. Y así se difundió la noticia.
El mito condensa dos facetas distintas del fenómeno y eso lo convierte en un buen referente tanto para la escucha como para la palabra indiscreta.
Para quien habla, su palabra es una necesidad a flor de piel, o mejor, a flor de boca. Su concreción proporcionará pertenencia,  reconocimiento y trascendencia. Sueños e ilusiones, frustraciones, temores, traiciones, desencantos y toda clase de vivencias se van desgajando en cadenas de palabras cargadas de la emoción que ofrece el acontecer revivido. Unas palabras derivan a otras y el hablador adquiere confianza; de a poco se van soltando las amarras de esa interioridad atenazada por las cadenas de lo prohibido o lo reprimido; se saltan los muros del pudor y de la represión social y los hechos brotan livianos, espontáneos, cargados de amor propio, de orgullo reprimido, arrogantes por la proeza de ostentar por fin ante alguien la hazaña alcanzada y todavía no expresada.
Una de las más subyugantes posibilidades del factor escucha se presenta cuando se renuncia a la réplica propia del diálogo para atender a la realización del otro –el orador- en su palabra. En la medida en que escucha a sus congéneres, el hombre percibe y aprende de ellos, intuitivamente, sobre esa contradictoria y compleja condición que aparece registrada parcialmente en trazos magistrales de las principales obras de la literatura universal. Dentro del imaginario literario es tal vez Momo, el personaje de la reconocida obra de Michael Ende, quien mejor recrea esta dimensión social de la escucha.
 “Lo que la pequeña Momo sabía hacer como nadie era escuchar. Eso no es nada especial, dirá, quizás, algún lector; cualquiera sabe escuchar.
Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad. Y la manera en que sabía escuchar Momo era única.
Momo sabía escuchar de tal manera que a la gente tonta se le ocurrían, de repente, ideas muy inteligentes. No porque dijera o preguntara algo que llevara a los demás a pensar esas ideas, no; simplemente estaba allí y escuchaba con toda su atención y toda simpatía. Mientras tanto miraba al otro con sus grandes ojos negros y el otro en cuestión notaba de inmediato cómo se le ocurrían pensamientos que nunca hubiera creído que estaban en él.
Sabía escuchar de tal manera que la gente perpleja o indecisa sabía muy bien, de repente, qué era lo que quería. O los tímidos se sentían de súbito muy libres y valerosos. O los desgraciados y agobiados se volvían confiados y alegres. Y si alguien creía que su vida estaba totalmente perdida y que era insignificante y que él mismo no era más que uno entre millones, y  que no importaba nada y que se podía sustituir con la misma  facilidad que una maceta rota, iba y le contaba todo eso a la pequeña Momo, y le resultaba claro, de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era sólo había uno entre todos los hombres y que, por eso, era importante a su manera, para el mundo.
¡Así  sabía escuchar Momo!” (Ende, Michael. Momo. Bogotá: Alfaguara, 2006, ps. 20-21).
Sí, así sabía escuchar Momo. Y ese sencillo y elemental ejercicio de atención a la voz de los demás tenía un efecto mágico. Claro que a ello iba aparejado la bondad espiritual que irradiaba con sus hermosos ojos grandes y negros como la pez, y el dulce aliento de su voz cuando alguien necesitaba consuelo.
Así que la escucha no es cuestión de poca monta. Pues si bien todos los órganos de los sentidos tienden un puente con el mundo y permiten captar aspectos de la realidad, el oído como órgano de la escucha atiende percepciones de una trascendencia especial. Aparte de percibir la muy valiosa información sobre el mundo físico a través de la audición, es el que ante todo nos pone en contacto con la condición humana y el mundo inteligente. Porque el oído no solo permite la percepción de las ondas sonoras y ayuda a mantener el equilibrio corporal sino que por medio de él averiguamos lo que sabemos y queremos saber unos de otros y del mundo.
La condición humana proviene de la inmanencia del ser y le da un tinte especial a cada ser humano. Es lo que nos hace ser universales y a la vez únicos; ofrece toda una gama de posibilidades en las que se refleja el espectro del ser humano que oscila entre los actos heroicos y los comportamientos inicuos, entre lo tesonero y lo pusilánime. Conjuga las particularidades que le dan consistencia a nuestra esencia como seres humanos y que nos hace ser como somos. De ahí que las contingencias propias de la existencia saturen nuestro devenir con angustias, sinsabores y satisfacciones que matizan el día a día. Es un conflicto cotidiano que bulle de energía y genera una fuerza sin par que puede ser creadora o destructiva. Así, la escucha, además de ser la actividad voluntaria de aplicación del entendimiento mediante la cual percibimos los matices de esa condición humana codificados en el lenguaje del otro, se constituye en la acción de apropiación intelectual más efectiva en la historia de la cultura. De hecho, es la manera como el hombre se apropia del lenguaje.
El primer signo de inteligencia lo ofrece el nonato al distinguir la voz de su madre como protectora primaria y responder a ella por medio de manifestaciones físicas que encarnan su lenguaje emocional. Y ese proceso de escucha que inicia en el vientre materno seguirá en desarrollo creciente durante sus primeros años de vida, hasta la adquisición y pleno dominio del lenguaje, que lo posicionará en la escala superior de la cadena biológica.
En sus estudios sobre la cultura oral, Walter Ong aborda las sociedades orales primarias y analiza cómo ellas satisfacen sus demandas con la palabra hablada al considerarla como otorgadora de poder: Cualquiera no puede hablar y cualquiera no puede escuchar. (Ong, Walter. Oralidad y escritura.  México, FCE, 1987. p. 117). Además, la memoria adquiere papel preponderante en relación con el poder que otorga la palabra debido a que cada individuo sabe sólo lo que puede recordar. Este aspecto es de gran trascendencia en la medida en que se hace necesario reconsiderar el uso de la palabra como otorgadora de poder para, a partir de ese poder, resignificar el poder de escuchar.
Es, pues, evidente que la comunicación oral es una necesidad del ser humano para la vida en sociedad y lo es igualmente para el equilibrio psicosocial del individuo. Es claro que cada persona desea y necesita ser escuchado. Todos necesitamos atención y reconocimiento en mayor o menor medida. Es por eso que cuando somos escuchados con interés abrimos nuestro mundo interior y plasmamos en las palabras nuestras creencias y valores. El que escucha percibe a través de las palabras tanto la concepción del mundo que posee el hablante como el grado de desarrollo mental que ha alcanzado. “No hay espejo que mejor refleje al hombre que sus palabras”, dijo el filósofo español Juan Luis Vives.
Y si al habla se le reconoce como una actividad dotada de placer funcional, algo equivalente sucede con la escucha. Independiente de la finalidad que tenga tanto una acción como la otra, ambas construyen y reflejan los fenómenos de la vida. Y a eso me atengo. He aquí, pues,  el comienzo de un relato propio de oídos cómplices. Una amiga que en cuestiones de amor se considera muy afortunada me decía en cierta ocasión con bastante desenfado, al inicio de la última charla de soltera que le escuché: “Como la próxima semana me voy a casar, tengo que  echar mi última canita al aire.” Y agregó con aire jovial, en alusión a un previo entendimiento y consecuente aprobación dado mi origen caribe colombiano: “¡Eche, ajá, tú sabes!”

lunes, 16 de mayo de 2011

El ensayo, ¿un género espurio?

Es fama que ha traspasado la historia de las ideas la dificultad que engendra el ensayo para encontrar su definición. Y como la fama trasciende y el reto es un acicate para el intelecto, en cada abordaje a la problemática del ensayo se esbozan planteamientos que de manera abierta o velada pretenden una aproximación al tema. Pero lo escaso de los resultados es tal vez lo que ha impulsado y difundido aquella idea según la cual la mejor característica del ensayo consiste en su dificultad para lograr una definición satisfactoria que dé cuenta de su esencia.
Este hecho, a su vez, ha generado una nueva posición: recoger las mejores definiciones que se han dado del ensayo hasta el momento y en especial las de las autoridades consagradas en el género ensayístico a partir del propio Montaigne y proceder con estos elementos a desglosar sus características. Es ésta una posición que no entraña riesgo alguno para quien la sostiene porque todo lo que se diga formalmente sobre el ensayo, apoyado en los clásicos, conlleva un aire de verdad demostrable a pesar del carácter restringido, circunscrito a la historia de las ideas, que pueda tener dicha verdad. Además, elimina la posibilidad de un nuevo acercamiento al ensayo en tanto que no arriesga una aproximación interpretativa y de hecho sigue recorriendo el mismo camino desbrozado hasta el momento, lo que no guarda relación con las nuevas y sugestivas posibilidades que desarrolla el ensayo en las letras contemporáneas.
Ahora, ¿de dónde la necesidad de encontrar una definición para el ensayo? ¿Qué puede entrañar una definición como aproximación a una realidad o como enriquecimiento conceptual a una expresión literaria? De hecho supone restricción en el aspecto teórico-conceptual aunque, según los aristotélicos, para la definición hay una doble clasificación: la nominal, para expresar lo que significa un nombre y la real, para dar cuenta de su naturaleza. Pues bien, estas notas encuentran su razón de ser en la necesidad de expresar algunas ideas sobre el tema, sin ningún tipo de pretensiones definitorias. Buscan, ante todo, señalar el contraste que presentan algunas de las tradicionales características del ensayo con sus nuevos elementos constitutivos y aquellas otras posibilidades que se gestan dentro de él o están ya en flor.
Es innegable que quienes mejor se han acercado a una caracterización del ensayo son aquellos críticos que poco o nada han dicho al respecto, en tanto que se han limitado a establecer unas generalidades que por su misma naturaleza se adecuan a todas las posibilidades que en determinado momento pueda presentar el ensayo. En este sentido, decir que el ensayo “es un intento” o que “sirve para hablar de casi todo diciéndolo casi todo”, es tan válido como asegurar que es una expresión literaria de límites imprecisos o, con palabras de Alfonso Reyes, “ese centauro de los géneros, donde hay de todo y cabe de todo”. Y no es para menos; lo resbaladizo del tema ha obligado a las más disímiles formas de acercamiento en procura de establecer unos contornos mínimos que posibiliten la continuidad en el libre juego intelectual.
Pero así como es de evidente la aplicabilidad de los conceptos genéricos en la caracterización del ensayo, lo es igualmente el desfase que se presenta cuando asumimos con ese carácter propiedades que si bien pertenecen al ensayo no son imperativos para que éste se constituya como tal. Por eso, hablar de la brevedad o la discontinuidad que pueda presentar en el desarrollo de las ideas es tan relativo como la supuesta carencia de opiniones o verdades establecidas, e inclusive la ausencia de una estructura orgánica que refleje de manera sistemática el pensamiento del escritor. Lo anterior no quiere decir que éstos no hayan sido elementos constitutivos del ensayo desde su aparición en el mundo de las letras ni que se desconozca su persistencia al punto de ser detectados en el ensayo de todas las épocas hasta el presente. Es indudable que se han dado y se seguirán dando ensayos con estas características; pero así mismo no son éstos los elementos que puedan erigirse como columnas capaces de sostener enhiesta una teoría del ensayo en tanto que no corresponden a la esencia de las múltiples formas con que el ensayo moldea su propia naturaleza para plegarse a las exigencias de la época y del mundo intelectual.
Muchos de los ensayos que recogen con mayor propiedad el pensamiento del ensayista sobre su época, sobre un tema determinado o una obra en especial, casi siempre son trabajos extensos, de gran rigor analítico que por lo mismo desarrollan el tema en profundidad y evidencian una estructuración sistemática del pensamiento que hace olvidar por completo aquella pretendida discontinuidad que se perfiló como uno de sus elementos constitutivos. Me refiero a ensayos como Hombres y engranajes de Ernesto Sábato o Cervantes o la crítica de la lectura de Carlos Fuentes en los cuales encontramos desarrollado un planteamiento teórico de manera tan profunda, extensa y cualificada que permite identificar con precisión la coherencia de su estructura y desechar de plano aquella aseveración según la cual la dispersión se constituye en una de las esencias del ensayo. Verlo de otra manera no puede ser más que un desconocimiento de la realidad o a lo sumo mirarla de manera sesgada, tomado la parte por el todo.
Quién podría asegurar que Sábato no es sistemático cuando pretende evidenciar por medio del análisis de nuestra época moderna la forma como el hombre se ha convertido paulatinamente en una pieza de un mecanismo deshumanizante, el capitalismo, hasta ser transformado en un minusválido social.
Otro tanto podría decirse de la escritura intertextualizada con que Carlos Fuentes interpola historia, religión, ciencia y literatura del Medioevo y Renacimiento para demostrar cómo Cervantes crea en El Quijote una nueva forma de leer e interpretar el mundo. Bien se podría argumentar que a estas diferenciaciones responden las ya viejas y múltiples tipologías con que algunos críticos buscan dar cuenta de este fenómeno al hablar de ensayos eruditos, del ensayo puro, de tipo filosófico, histórico o literario, para no citar sino unos cuantos, ya que el espectro se extiende a más de doce categorías, según el analista de turno. Es innegable que esto ayuda. Seguramente se han podido elaborar tipologías con alto grado de acierto en su dimensión clasificatoria. Pero no es suficiente. Y no lo es en tanto que este tipo de trabajos están circunscritos a un autor, a un país, a una región e inclusive a una época (lo que es improbable) y sus resultados no rompen los estrechos límites que le traza el ocasional investigador, convirtiéndose en un producto teóricamente raquítico e incapaz por lo pronto de penetrar de motu proprio en el campo de la teoría ensayística, a la cual debería pertenecer en el evento que sus tesis sean válidas universalmente. Pero no ha sido así. Más pareciera el ensayo un género espurio, carente de los elementos propios y auténticos que le permitan su caracterización en el mundo de las letras. Y esta pretendida bastardía es una idea que se soslaya tras aquellas generalizaciones a las que antes hacíamos referencia, puesto que por su naturaleza hibrida no aparenta ser más que una degeneración de sus orígenes y elementos primarios.
De frases hechas y clichés están repletas las definiciones sobre el ensayo: “Forma en la que se entrecruzan elementos de otras categorías literarias”; “género mixto de límites imprecisos”; “es una amalgama”; “género ambiguo que está en los límites de los otros géneros”. Pero aunque esto pudiera parecer suficiente, no lo es. Hay un aspecto todavía más preocupante: el olvido a que ha sido sometido por parte de los teóricos de las artes y las letras que a lo sumo le han dedicado notas marginales. Con las muy ilustres excepciones de Theodor Adorno en sus Notas de Literatura y de Georg Lukâcs en El alma y las formas, la teoría ensayística pesa por su ausencia y al no ser el género merecedor del rigor teórico, el análisis del mismo se encauza entonces hacia las particularidades que exhibe en un autor, las diferencias que presente en relación con otros autores de la misma época, en busca de los medidores históricos o la visión cronológica que permita rastrear una evolución en marcos geográficos correspondientes al pensamiento dominante de la época, todo referido a los patrones con que Montaigne elaboró su ensayo en el siglo XVI.
Ahora, también es cierto que esta circunstancia no descarta ni invalida este tipo de trabajo. Sólo pretendo señalar la falta de elementos teóricos sólidos que puedan dirigir la labor del crítico y le permitan rastrear con un criterio más universal las cambiantes formas que toma el ensayo para dar cuenta de una nueva realidad a través de la inserción del pensamiento del escritor dentro de las corrientes del pensamiento universal contemporáneo. Y, de igual manera, de la apropiación que hace como ensayista de los elementos teóricos-filosóficos existentes para su propia concreción y darle así vigencia a su producción crítica con criterios universales.

lunes, 9 de mayo de 2011

Del sentimiento trágico como poética en García Márquez (I)

Lo fantástico, como semiosis narrativa y elemento cohesionante del mundo novelado, ha sido uno de los aspectos más exaltados en la obra de García Márquez, y lo que sin duda se referencia  como la categoría que por excelencia identifica toda su producción literaria. A pesar de ello, nadie pone en tela de juicio la dimensión ‘realista’ que tiene su obra, porque la construcción de sus universos fantásticos parten precisamente de una relación directa con la realidad; fantasea a partir de ella y luego de transgredir sus leyes, vuelve a reafirmar su condición de ficción. Aunque este razonamiento evidencie rasgos tautológicos en la medida en que los elementos aquí relacionados hacen parte de cualquier acción novelada, no lo es tanto por su configuración estructural. Es lo que sucede cuando para poner un ejemplo clásico en Cien años de soledad José Arcadio se suicida de un pistoletazo y a continuación un hilo de sangre se desliza por debajo de la puerta, sale a la calle y atraviesa gran parte de Macondo hasta dar con Úrsula, la madre del suicida, en la cocina de su casa; además, el olor a pólvora que impregna el cadáver sólo se extinguirá “años después cuando los ingenieros de la compañía bananera recubrieron la sepultura con una coraza de hormigón” (García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad. Bogotá: La oveja negra, 1982, p.115).
Dos hechos prosaicos el suicidio por medio de un pistoletazo y la cubierta de una bóveda mortuoria con piedras, mortero de cal y arena son mediados por acontecimientos fantásticos.  Y es precisamente esa combinación de lo real y lo fantástico lo que le proporciona su tinte particular al hecho narrativo, revistiéndolo de un carácter específico. El elemento fantástico reviste de características poéticas al hecho real al hacerlo partícipe de su propia naturaleza. El artificio de lo fantástico deviene del hecho real pero no lo neutraliza ya que al constituirse en una categoría arbitraria e ilusoria debe volver a la realidad de la cual surgió para recontextualizar el universo de ficción del cual hace parte. En este sentido, el desenvolvimiento narrativo se convierte en un ir y venir de lo real a lo fantástico y de lo fantástico a lo real; es un proceso de desdoblamiento continuo que va dándole bandazos al lector para que no se sumerja exclusiva y totalmente en uno u otro componente de ese universo, sino que sean ambos los que proporcionen las normas que lo gobiernan.
Pues bien, a pesar del grado de significación formal que este aspecto pueda ofrecer, no es a mi parecer lo más trascendente y significativo de la obra narrativa de García Márquez. Estas notas pretenden establecer un primer acercamiento a ciertos elementos teóricos y desarrollos críticos que permitan sustentar la propuesta de que lo que cohesiona y permea con mayor intensidad la obra de ficción de Gabriel García Márquez y le da consistencia estética es el sentimiento trágico. La indescifrable muerte de José Arcadio en cumplimiento de su fatum y el halo trágico que envuelve a sus principales personajes, se constituye en el elemento generador del efecto estético. Es la certidumbre que los acompaña sobre un destino cuyo conocimiento e interiorización en un acto de reflexión individual no logra, sin embargo, quebrantar la fuerza vital que los dirige hacia su propia realización. Aunque es bastante evidente que ese sentimiento trágico se nutre en gran  medida de la influencia que en el escritor ejerce la tragedia griega, estos dos elementos no se encuentran en una relación directa de equivalencias, ya que entre una concepción y la otra existen notorias diferencias.

El sentimiento trágico moderno
En su ensayo sobre Antígona, Kierkegaard trata de diferenciar lo esencial entre lo trágico antiguo y lo trágico moderno. En esa búsqueda, reflexiona en torno a cómo la tragedia antigua carece de un alto grado de individualidad debido a que “el individuo se mueve, sin duda, con cierta libertad, pero se apoya en determinaciones sustanciales como el Estado, la familia y el destino. Estas determinaciones sustanciales constituyen la pesadez del destino en la tragedia antigua y hacen de ella lo que es. Por esto, la caída del héroe no es solamente consecutiva a sus actos, sino que es, a la vez, un sufrimiento.” (Kierkegaard, Sören. Antígona. Versión española de J. Gil Albert. México: Ediciones  Séneca, 1942, p.21). Por el contrario, el héroe trágico moderno está reflejado subjetivamente en sí mismo y en cuanto más reflexiva es la subjetividad, más abandonado a sí mismo se encuentra, por lo que la culpabilidad adquiere en él un carácter ético, a la vez que pierde su consistencia estética.
En la tragedia antigua, pues, el héroe no tiene predisposición para el dolor, en tanto que en la moderna el dolor es más grande que el sufrimiento. “El sufrimiento implica el hecho de soportar una pena impuesta al sujeto por la fuerza de las cosas exteriores y en este sentido se opone al dolor, sufrimiento que el sujeto se impone por su propia reflexión” (Ibid, p.21). Esto indica que el hombre moderno se refleja subjetivamente sobre sí mismo y es en esa proyección hacia su interioridad  que diluye la dimensión trágica. En el dolor existe, entonces, una relación directa con la culpabilidad, en tanto que el sufrimiento se encuentra en relación indirecta con la culpabilidad ya que está mediada por factores externos al sujeto. En el héroe antiguo hay más intensidad en el sufrimiento aunque tenga menos conciencia de ello, en tanto que el héroe  moderno asume y sufre su culpabilidad con plena conciencia. Ese dolor se evidencia en el remordimiento.
Sin embargo, continuando con Kierkegaard, el remordimiento tiene una dimensión ética y no estética. La reflexión pone en evidencia su culpabilidad y despoja, por eso mismo, al dolor de todo interés estético. De ahí que el remordimiento como búsqueda estética carece de efecto trágico. En el momento en que la culpabilidad del héroe se convierte en ‘su pecado’ y su dolor en remordimiento, desaparece el interés trágico, porque ya no suscita compasión, siendo que ésta es la expresión específica de lo trágico. En la medida en que el individuo se hace totalmente responsable de sus actos, se distancia del sentimiento trágico. La esencia de lo trágico no se produce cuando el individuo carece de culpabilidad porque no hay colisión trágica y tampoco se produce cuando el individuo tiene la culpabilidad absoluta. En consecuencia, si se le atribuye esa culpabilidad de manera absoluta al destino o a otra determinación sustancial ajena al sujeto, no se presenta la colisión trágica porque el individuo carece de culpabilidad; caso contrario, cuando toda la culpabilidad es del individuo porque su acción de vida lo hace plenamente responsable, esto lo convierte en ‘malo’ y la maldad como pecado carece de interés estético; así, el problema se vuelve ético pues corresponde a cada individuo, a cada persona, decidir dentro de la situación particular en que se encuentre, lo que ha de hacer.
Por tanto, el hombre moderno, inmerso en un mundo reflexivo del cual no puede sustraerse, sólo podrá alcanzar dimensión trágica en la medida en que su culpabilidad sea determinada por elementos sustanciales ajenos al sujeto reflexivo. Ahora bien, como no se puede impedir que la reflexión se presente, considera Kierkegaard que ésta se manifiesta en lo trágico moderno a través de la angustia; la certidumbre precipita al héroe en brazos de la angustia. “La angustia es, en realidad, reflexión, y en esto difiere esencialmente del sufrimiento. La angustia es el órgano por el cual el sujeto se apropia y asimila el sufrimiento” (Ibid, p.54).  Además, hay que tener presente que el objeto de la angustia es la nada. La angustia desaparece una vez el individuo vuelve a la verdad de su realidad. Cuando el individuo se sumerge en la angustia, es determinado por un elemento externo al sujeto reflexivo. Es lo que sucede en la relación que se establece con el destino, entendiendo por destino la unidad de necesidad y casualidad ; o sea, algo necesario en su acaecer, pero que se produce a ciegas, por pura casualidad en relación con el momento siguiente (Kierkegaard, Sören. El concepto de la angustia. Madrid: Guadarrama, 1995, p.183).

Tras el rastro de una concepción trágica
Pues bien, en toda la obra de Gabriel García Márquez se pueden rastrear referencias a la tragedia griega y un desarrollo muy particular de lo que en este documento se ha considerado como el sentimiento trágico moderno. El caso más evidente por la incidencia directa que tiene en el nivel estructural es La hojarasca, que contiene un epígrafe extractado de la Antígona de Sófocles. Mario Vargas Llosa, en su libro García Márquez: historia de un deicidio, elabora una síntesis del estudio realizado por Pedro Lastra (Vargas Llosa, Mario. García Márquez: Historia de un deicidio. Barcelona: Monte Avila Editores, 1971, p.156), sobre el paralelismo existente entre las dos obras, que va de los motivos centrales como la “Formulación de una promesa, cuyo cumplimiento tendrá consecuencias dramáticas o fatales” (el entierro en ambas obras es el cumplimiento de una promesa), pasa por la “Condenación” (Creonte decreta dejar insepulto a Polinices y el pueblo de Macondo hace lo propio con el médico), las “Actitudes de los personajes”, de obra a obra se encuentran ciertas correspondencias que se evidencian de manera especial en “el motivo del entierro”, “la forma del suicidio” y “la presencia de la fatalidad”, presentes tanto en la tragedia del griego como en la novela del colombiano. Agrega Vargas Llosa que “En ninguna otra ficción de García Márquez se puede establecer el aporte de un mito clásico de manera tan próxima como en La hojarasca, pero esto no significa que en el resto de su obra no haya vestigios de este demonio: la concepción ‘fatalista’ de la vida aparece en casi todas las ficciones que transcurren en Macondo” (Ibid, p.159).  
En Cien años de soledad el sino trágico marca la estirpe de los Buendía desde el motivo inicial hasta su destrucción final. Los pronósticos siniestros sobre una descendencia infausta que aterrorizaron a Úrsula y le impidieron en un principio consumar su matrimonio con José Arcadio Buendía y la muerte trágica de Prudencio Aguilar a manos de éste por causa de este mismo insuceso, los tenía “ligados hasta la muerte por un vínculo más sólido que el amor, un común remordimiento de conciencia” (García Márquez, Gabriel. Op. cit. p.21-22)…(Continúa)