lunes, 18 de julio de 2011

El Pibe, al banco

Todo aquel que mire con objetividad el relativo éxito que tuvo la selección colombiana de fútbol hace ya unos cuantos años, cuando participó en tres mundiales consecutivos (Italia 90, USA 94 y Francia 98) y su posterior fracaso, tendrá que relacionar este ciclo, entre muchas otras cosas, con  la plenitud y ocaso de la carrera deportiva de su capitán, Carlos ‘El Pibe’ Valderrama y de un grupo de excelentes jugadores que batallaban a su lado con el corazón en la mano.
La razón de esta presencia consecutiva en el concierto mundial del balompié es de conocimiento general. La presencia del ‘Mono’ en el campo de juego era condición y garantía para que entrara en acción una dinámica que cubría áreas y niveles distintos y que, al parecer, hacía posible que el andamiaje colectivo alcanzara plena realización.
Su cualidad más alabada, la de organizador del juego del equipo, se prodigaba al máximo en beneficio del colectivo debido a esa habilidad extraordinaria que le permitía poner a sus compañeros en posición de gol con pases de gran precisión que hacían explotar de emoción a los hinchas. Se piensa que, al manejar los hilos del equipo, podía sacar mejor provecho de las condiciones físicas y técnicas de sus compañeros cambiando a voluntad el ritmo de juego de la selección como si estuviera en un plano astral superior desde donde comandaba y enviaba al ataque a sus jugadores según las circunstancias del momento, para que su cuerpo físico hiciera efectivo el pase decisivo.
No es pues de extrañar que, ante su ausencia, el equipo nacional se haya venido a menos a pesar de contar con excelentes jugadores que desempeñan la misma labor. Si en todas las posiciones del combinado patrio hay jugadores de alto nivel que se desempeñan con éxito en el fútbol internacional, entonces, ¿por qué no funciona el equipo? ¿Hay que cambiar al armador? ¿Es el constante cambio de jugadores lo que no permite continuidad y alto rendimiento? Ante estos interrogantes los entrenadores deciden, entonces, darle toda la confianza a su número diez y mantenerlo de titular, pero la cosa tampoco funciona.
Razones van, razones vienen y nadie sabe con certeza qué hacer para solucionar el problema. Unos tras otros, los técnicos vienen y se van y los pobres resultados son la constante. En cada competencia, llámese Copa América o Copa de las Naciones el equipo es eliminado en las primeras de cambio. Y en las eliminatorias a los Campeonatos Mundiales se sumerge en los últimos lugares de la tabla sin posibilidades reales de clasificación, aunque con la ilusión viva de los hinchas que le rezan al Divino Niño, al Señor de Monserrate y a los más poderosos miembros del santoral que, cosa curiosa, también se hacen los de los oídos sordos, ya sea porque saben mucho de fútbol o porque no entienden ni jota, pero lo cierto es que siempre se equivocan de camiseta.
Desde la eliminatoria del 2006, cuando bajo el mando de Maturana se perdió con Venezuela como local, sólo podemos aspirar a triunfar en casa frente a Bolivia. Los otros contendores ante los que todavía sacamos pecho son los centroamericanos con excepción de México. La actual Copa América que todavía se está jugando en Argentina, confirma este aserto: Con la dirección de ‘Bolillo’ Gómez, triunfamos ante Costa Rica y Bolivia y seguimos acumulando experiencias, ‘para lo importante, que es la eliminatoria.’ Los mismos entrenadores que dirigieron a la selección de Valderrama han fracasado una y otra vez con la selección Colombia y con todos los otros equipos que han dirigido desde entonces. Así que pensar en ellos como solución es entregar por anticipado la bandera de la ilusión.
La sombra del otrora capitán y su combativa hueste pesa sobre la selección. Incapaces de asimilar y reemplazar su talento, nos lamentamos de su ausencia. Pero lo que en realidad pone de presente el continuo fracaso deportivo son las deficiencias de nuestra organización deportiva que reflejan, a su vez, las profundas limitaciones sociales que padecemos.
Algo explicable por ser uno de los comportamientos más usuales dentro de la estructura social colombiana. Tan poco acostumbrados como estamos al éxito, no somos capaces de visualizar la esencia que caracteriza a estos personajes singulares de proyección mundial y por eso los procesos que ellos inician se quedan truncos ante la falta de continuidad. Las habilidades y destrezas físicas se confunden con las potencias mentales y espirituales y se menosprecian las construcciones de orden social para darle paso a los mezquinos intereses personales y de pequeños grupos. Ante la dificultad que conlleva una estructura con cierto grado de complejidad y abocados a la necesidad de explicar el fenómeno social, se elabora, mediante un acto de llaneza y simplificación, un esquema que dé cuenta del fenómeno en cuestión. Y luego, como en la moderna antiepopeya de Saramago, la ceguera se va generalizando hasta convertirse en epidemia; pues una vez esquematizada la nueva forma simple que ofrece la supuesta explicación al fenómeno social, ésta se difunde por los medios de comunicación hasta alcanzar plena posesión de la conciencia colectiva. Y así, en lugar de trabajar para asimilar la estructura compleja y generar dialécticamente sus equivalentes, nos dedicamos a reproducirla en forma mecánica y luego nos lamentamos y resignamos por lo infructuoso del intento. Somos una sociedad que se niega a sí misma.
Medir al Pibe sólo con el rasero de sus extraordinarias cualidades físicotécnicas –incluida su rapidez mental para ubicar los pases como característica sobresaliente- es limitar y empobrecer la dimensión que tuvo en el engranaje del equipo nacional por más de una década. De ser así, el problema ya estaría resuelto pues no es difícil conseguir otros jugadores tan bien dotados como él en este aspecto. Lo grave está en la ceguera general que impide ver la faceta compleja y el papel determinante que éste cumplía en el desempeño colectivo.
Esa otra faceta que pone en movimiento su condición de jugador y establece la diferencia con los otros buenos jugadores está en el corazón del Pibe. Un corazón que palpita a ritmo de patria, de identidad dentro de la cancha y fuera de ella. Es un lugar común oír hablar de pundonor, compromiso, ganas, entrega, carácter o temple a la hora de valorar su desempeño. Pero se olvida que esas cualidades no son parte del equipaje con que nacemos. Al menos no, en grado sumo. Además, es muy cierto que las fortalezas del corazón no son distribuidas en igual proporción a todos. Corresponde, entonces, a la sociedad proporcionarle a sus miembros aquellas que le faltaron para que puedan equilibrar el desbalance y procurar poner a su servicio a quienes han sido favorecidos en este aspecto por la fortuna.
Trabajo y sacrificio, ambición y humildad, constancia y honestidad generan el equilibrio en la personalidad de estos deportistas, siempre y cuando la estructura social sea lo suficientemente sólida para generar y sostener esta fuerza creativa, contrario al ego individualista en el que se consumen, con un brillo efímero, otros grandes dotados. En el caso del Pibe siempre estuvo presente la orientación su padre Jaricho, –un modesto y humilde educador-  y la identidad que logró con los ideales del pueblo colombiano
De ahí que analizar al jugador implica contextualizarlo. Y una vez en su contexto se puede visualizar la solidez de su entrega y manera de ser. Para ilustrar los resultados del proceso de formación del Pibe se pueden recoger los ejemplos del anecdotario de quienes cruzaron con él los hilos de su destino. Para el caso, uno basta. Cuenta el mismo ‘Bolillo’ Gómez, que a la hora del entrenamiento, en más de una ocasión le tocó apremiar a Maturana con estas palabras: “Pacho, vamos, que ya el Pibe debe estar en el bus esperándonos”.

Hombre y símbolo
Es la faceta que habla por sí sola del hombre que necesita el equipo. No es la posición que ocupe en el campo de juego, ni sus cualidades futbolíticas –pues todos los integrantes de la selección deben tenerlas en grado sumo-. Es el hombre que tiene la capacidad para mover el engranaje. Como la Alemania de Beckenbauer, la Argentina de Maradona o la Colombia del Pibe.
En ese entonces, cuando el ‘Mono’ estaba en el campo de juego comandando a los acorazados vestidos de tricolor se ponía en funcionamiento un andamiaje colectivo de gran efectividad. Al organizar el juego del equipo, se cualificaba al máximo el beneficio del colectivo al sacar el mejor provecho de las condiciones físicas, técnicas y tácticas de cada uno de los jugadores según las circunstancias del momento.
Incluso, ese hombre-símbolo puede estar fuera del campo de juego. Así aconteció cuando a la Alemania campeona de Beckenbauer, jugador en el 74, le sucedió la Alemania de Beckenbauer-técnico, también campeona del mundo en Italia 90.
Ojalá algún día veamos al Pibe dirigiendo desde el banco a la Selección Colombia. Debió ser su destino natural como tantos otros grandes lo hicieron con la selección de su país. Como Beckenbauer o como el mismo Maradona. Y a lo mejor así, de nuevo, desde un plano astral superior, dirija a sus once corazones hacia la dinámica perdida, no solo vestidos de tricolor sino también respaldados por una estructura social que les posibilite la ilusión, pues sólo así se podrá recuperar la sinergia perdida. En caso contrario el ego individualista y las maquinarias corruptas de las organizaciones deportivas y de los medios de comunicación consumirán, con su brillo efímero, a estos grandes deportistas.

lunes, 11 de julio de 2011

Apertura y límites de la novela moderna en Tres Tristes Tigres I

Resumen

La ponencia trata de demostrar el planteamiento según el cual en Tres tristes tigres interactúan elementos propios de la narrativa tradicional con otros que hacen parte del legado de la novelística del siglo xx, clasificados bajo la categoría de lo que Umberto Eco llamó la “obra abierta”, y que la combinación de esos elementos en la estructura diseñada por Cabrera Infante preconfigura los límites de la novela moderna.
El análisis parte de la búsqueda de un eje estructurante que permita una explicación valedera de la obra como conjunto a pesar de las diferencias aparentes que puedan presentar algunos de los elementos que la integran. Esta dimensión estructural emerge de la identificación de las distintas épocas y los mundos que se disputan el plano central de la obra, dando configuración al cosmos novelesco.
Son tres las épocas que transcurren en el universo narrativo de Tres tristes tigres: la de los infantes pueblerinos, la del tránsito a la vida citadina y la que desarrolla la vida adulta de los personajes. De igual manera, la arquitectura de la obra busca reflejar el predominio de un mundo floreciente y en expansión, en contraposición a otro desgastado y anacrónico.
La claridad en torno al elemento estructural remite a los recursos técnicos utilizados para su configuración y de manera específica a la combinación de distintos planos cronológicos, la multiplicidad de voces narrativas y al uso de la parodia, de la traducción y del lenguaje en busca de determinados efectos estéticos. En especial, la fragmentación del tiempo y del espacio tiene implicaciones estructurales que son presentadas por medio de procedimientos tradicionales de composición narrativa.
Pues bien, este universo narrativo disímil en donde se combinan elementos de composición narrativa tradicional y formas arcaicas con recursos técnicos novedosos propios de la narrativa moderna que determinan una línea estructural compleja está caracterizando y estableciendo simultáneamente aperturas y límites a las posibilidades técnicas que asume la literatura en cuanto a la plasmación del fenómeno estético moderno.


Una mirada retrospectiva a la literatura latinoamericana de reciente data permite  observar grosso modo un hecho significativo entre muchos otros.  Es la aparición casi simultánea en el lapso de unos pocos años, en la década del 60, de varias obras hoy consideradas como clásicas en el concierto universal: en el 63, Rayuela y La ciudad y los perros; en el 64, Tres tristes tigres; en el 67, Cien años de soledad. La lista se podría incrementar, pero con lo mencionado es más que suficiente para el interés que aquí nos convoca.
Estas obras, que se distancian entre sí en la porción de realidad que relatan, en la manera como estructuran su universo y en las características inherentes al mismo hecho narrativo, conservan, sin embargo, un elemento común de gran significancia: cada una de ellas, desde su enfoque particular, plasma las características de la misma corriente de pensamiento de la que todas hacen parte y, a la vez preconfiguran los límites de esa plasmación estética. Pues bien, esta reflexión pretende esbozar algunos de los elementos que enmarcan a Tres tristes tigres en la concepción y estructuración de la novela moderna en Latinoamérica y el señalamiento de algunos aspectos que se constituyan en límites para esa concepción.
Desde su aparición, en 1964, la crítica literaria ha resaltado lo relativo a las innovaciones técnicas utilizadas por el autor para la construcción del universo de ficción, de tal manera que con el correr de los años, esto de ha convertido en un lugar común, y hoy nos tocaría intentar lo mismo que hizo Savater al reflexionar sobre el Quijote: hacer un manual de instrucciones para olvidar todo lo que se ha dicho sobre Tres tristes tigres y Cabrera Infante. Dentro de ese torrente de crítica, tuvo gran impacto aquella aseveración relativa su condición de obra abierta –según las categorías enunciadas y condensadas por Umberto Eco-, a la par que se ponía de presente la amplia gama de experimentaciones que en torno al lenguaje se evidenciaba en la novela. Estos señalamientos se volvieron tan reiterativos que su fuerza significativa pareció perder consistencia para dar paso a la simple esquematización.

La dimensión estructural
Pues bien, un primer paso, útil para acercarnos al planteamiento esbozado, consiste en la búsqueda de un eje estructural que permita una explicación valedera de la obra como conjunto a pesar de las diferencias y aparentes disparidades que puedan presentar los elementos que la integran. Esta dimensión estructural emerge de la manera como se hilvanan o se deshacen, en un juego de simultaneidad y oposiciones, algunos hilos narrativos en los que se plasman las distintas épocas y los mundos que se disputan el plano central de la obra, dando origen al cosmos novelesco.
Para cualquier  escritor, la pretensión de crear un universo exige tener en cuenta la necesaria interacción de vastos y heterogéneos elementos, de cuyos enlaces emergerá seguramente una estructura compleja. En Tres tristes tigres la trama narrativa se desenvuelve en un periodo de tiempo aproximado de veinte años, aunque sólo se fechen los que van de 1953 a 1958. Durante este largo tránsito vital, tres épocas y dos mundos se disputan el plano central. No aparecen ordenados cronológicamente sino diseminados en secciones y subsecciones o apartados, bloques éstos que guardan cierta unidad, sin que se puedan considerar ni alcanzar equivalencias semejantes a la tradicional división por capítulos.
En la intrincada trama se puede reconocer una primera época o instancia espacio-temporal que corresponde al desenvolvimiento de varios personajes en sus vivencias de infantes pueblerinos.
“- Pero entonces Ciana Cabrera y su hija Petra se mudaron para Pueblo Nuevo, que no es en realidad otro pueblo ni es nuevo, sino un barrio que hay al otro extremo del pueblo mucho más pobre todavía, donde la gente vive en casas con piso de tierra y techo de guano y eso, y...”.[1]
También es perceptible una época posterior (este “posterior” es ficticio en el orden del relato) en la cual algunos de estos mismos personajes y otros nuevos aparecen en su tránsito a la gran ciudad en busca de oportunidades para triunfar (Códac, Cuba Venegas, etc.).
 “- Quizá sí- dije, tímidamente, soy del campo. Se puso de pie. Algo lo molestaba.
- Bueno, vamos acabar. Qué es lo que tú quieres.
- Una ayuda en la vida -creo que me puse dramático-. Estoy cerrado. En el pueblo no puedo seguir. Aquí estoy sin dinero, llevo días enteros a café con leche nada más. Si no me ayudan no me queda más que el suicidio, porque a mi pueblo yo no vuelvo”.[2]
Finalmente, una tercera etapa desarrolla la vida adulta de los personajes en su accionar ritualizado por el medio farandulero de La Habana.
Contrario a lo que generalmente se ha predicado de un supuesto mundo abierto y discontinuo, la novela presenta, con sus aparentes elementos inconexos, una estructura bien cohesionada en la que subyacen dos mundos en un profundo conflicto. La acción agonística se presenta entre una especie de mundo del orden organizado a través de un sistema de valores sociales y de coordenadas bien delimitadas que, no obstante, se hunde en el vacío por el desgaste de sus estructuras globales, y un mundo caótico que rompe con la normalidad y con toda clase de valores sociales, en el que confluye una variada gama de manifestaciones humanas y sociales en consonancia con los más altos refinamientos técnicos, propios de una sociedad de consumo que se devora a sí misma y tiende a su disolución.
Así, de acuerdo con esta dimensión estructural, se puede decir que la arquitectura de Tres tristes tigres evidencia el predominio de un mundo floreciente y en explosión, en contraposición a otro desgastado y anacrónico. Ahora bien, como el relato no respeta el orden cronológico de la historia, no se puede vislumbrar un estadio intermedio o de transición que permita graduar el nivel de destrucción del mundo del orden y a la vez plasme el universo dominante o mundo caótico, a pesar de que existen momentos de rompimiento claramente delimitables en la obra.

              Las ambivalencias planteadas las podemos condensar en el siguiente paradigma:
                    Orden viejo                                         Orden nuevo
                    Pobreza / miseria                                 Riqueza / derroche
                    Campo                                                Ciudad
                    Día                                                      Noche
                    Valores tradicionales                            Negación de valores
                    Niñez / juventud                                   Juventud / edad adulta
                    Trabajo                                                Placer / diversión
                    Orden / normalidad                               Desorden / caos
                    Anonimato                                            Fama
                    Violencia / represión                             Sexo / prostitución / libertinaje
                    Lucha política /Revolucionaria               Locura

[1] . Cabrera Infante, Guillermo. TTT. Seix Barral, Barcelona, 1970, p.27
[2] . Ibid, p.59

Al mundo del orden pertenecen los relatos de la primera época; los de la segunda corresponden a la etapa de rompimiento y el gran volumen narrativo está encauzado hacia el mundo dominante con textos que se encuentran diseminados desde la primera hasta la última página del libro, con un predominio espacial también significativo.

lunes, 27 de junio de 2011

Cuando el maestro y la escuela transitan por la dimensión de Sísifo

Las verdades suelen ser opresivas cuando son impuestas. Ese es el dilema y la tentación que enfrentan muchos maestros cuando la estructura de la organización educativa es demasiado limitada y no le permite desarrollar su labor en condiciones de eficiencia.
Es verdad sabida que la escuela no posee una estructura horizontal, democrática, sino autocrática y vertical, en donde el maestro está investido de un poder de facto sobre el estudiante. Es un poder formal, legítimo, cuya autoridad emana de la institucionalidad y cumple una función necesaria y fundamental en la educación formal. Ya sea directamente por la comunidad o por medio de autoridades representativas constituidas en institución– se le otorga poder formal al maestro, casi siempre por medio de nombramiento, para que proceda en nombre de la organización que representa, como escuela, en pos de alcanzar los objetivos educacionales que requiere la sociedad. Este poder, por provenir de un nivel institucional, se basa en el principio de legalidad propio del derecho positivo y como tal está revestido de una autoridad legal, esto es, de la facultad para poder imponer obediencia e influir en el comportamiento de quienes quedan bajo su tutoría con apoyo específico en la norma.  
En consecuencia, el maestro está investido de una capacidad represiva y también de recompensa inherentes a la legalidad, con las que puede, por ejemplo, imponer disciplina ya sea sobre la base de un castigo, la amenaza de tal o entregar retribuciones frente a un comportamiento específico. Es esa capacidad coercitiva lo que conlleva al acatamiento de quienes están bajo su mando. Y cuando ejecuta este tipo de acciones el maestro puede pasar de maestro cuya función es educadora en esencia– a policía o verdugo si actúa en función de vigilante o castigador. En muchos casos la diferencia puede ser muy sutil o de simple percepción.
Pero además de la imposición de la disciplina como comportamiento u observancia de las normas institucionales, el desempeño del maestro en su ejercicio pedagógico disciplinar también puede sustentarse en el poder formal y coercitivo que emana de la institucionalidad. Y en esta eventualidad su desempeño adquiere connotaciones casi siempre cuestionables. Al constituirse desde la imposición, la lección o acción académica del maestro se convierte en una verdad acabada e irrefutable y la principal función que cumple como autoridad legal, es la de limitar y contraer el espíritu. Bajo esta perspectiva la labor del maestro se vuelve avasalladora porque le niega al otro la posibilidad de crecer por cuenta propia y recrear la realidad. Como conocimiento no pasa de ser una verdad limitada, empobrecida por la carencia total de cuestionamiento propia de la obediencia debida y los mecanismos de la repetición y la fragilidad de la memoria en los que necesariamente tiene que apoyarse. No es de extrañar, pues, que para un adolescente en estas condiciones el estudio pierda sentido frente a la realidad y el conocimiento sea algo poco deseable. Sin contar con que el tiempo que al final le dedica al estudio, para medio cumplir en algo, se convierte en un verdadero martirio al tener que reducir al mínimo, por esta causa obligada, los agradables momentos de la convivencia estudiantil.
El proceso de asimilación y acomodación de que habla Piaget lo realiza el muchacho, pero no los maestros ni los directivos. Al menos no, en el mismo sentido. El chico confronta su realidad, la asimila, y elabora un comportamiento coherente con las características de esa realidad, acomodándose a ella. Su adaptación al medio escolar es plena, con una visión dinámica de la realidad. A contrario sensu, maestros y directivos tienden a ser estáticos. Asumen su conocimiento como un hecho ya cumplido. No leen, no investigan, lo que quiere decir que no necesitan de ello para desarrollar su labor en la escuela. El medio tampoco les exige porque no existe comunidad académica profesional.
Pero aparte del poder legítimo que emana de la institucionalidad y que incluye los poderes coercitivo y de recompensa, el maestro tiene otro poder más significativo de su realidad: el poder del saber, llamado por algunos teóricos ‘poder de expertos’, esto es, “la influencia que se tiene como resultado de la pericia, las habilidades especiales o el conocimiento” (Robbins, Stephen P. Comportamiento Organizacional. 8ª edición. México: Prentice Hall, 1999, p. 398). Es un poder independiente, que se reconoce sin ningún tipo de vínculo con la autoridad legal. Su acción trasciende la institucionalidad misma y es aceptado, e incluso solicitado, sobre la base del saber y la enseñanza. Cuando el maestro actúa en función de este poder orientador redireccionando el camino del estudiante, se produce un matiz diferenciador que todos los estudiantes sean niños, adolescentes o adultos– alcanzan a discernir en su esencia y que hace que mientras ese matiz se mantenga el alumno nunca alce su voz ni su mano contra el maestro que orienta su proceso de formación.
En consecuencia, tanto el poder legítimo institucional como el que emana de su saber hacen parte de la investidura del maestro y tiene que hacer gala de ambos, con discernimiento,  en el desempeño de su función educadora. Cuando maestros y directivos docentes utilizan de manera indiscriminada su autoridad legítima emanada de la institucionalidad y actúan en forma represiva física o psicológicamente–, pierden credibilidad como maestros y dan inicio a un conflicto permanente ya que por lo general el estudiante tratará de violentar con acciones desestabilizadoras la institución que lo reprime.  
A partir de ese momento será irrelevante que el maestro se considere investido de autoridad o poseedor de la verdad. Mucho más en cuanto a que su verdad no pasa de ser mezquina y parcial. La elaboración conceptual que se haga de la realidad a partir del conflicto no permitirá que vuelva a reinar la armonía entre maestro y alumno, ni en cada uno de ellos de manera independiente, pues ahora son contendientes y como tal ya han roto la posibilidad de una vivencia basada en el entendimiento y la comprensión. En lo atinente a la autoridad, es evidente que un maestro o directivo que sustente su accionar exclusivamente en su investidura legal cada vez tendrá que hacer gala de mayor poder represor con lo que crecerá en igual proporción la actitud de rechazo entre sus educandos. Así las cosas, se multiplicarán los candidatos que irán a engrosar las estadísticas de deserción escolar.
Y aunque es evidente que en los estratos bajos existen problemas graves de pobreza extrema que alejan a infantes y jóvenes de las aulas, al auscultar la realidad social de la escuela se puede demostrar sin mayor esfuerzo que una vez captados dentro del sistema educativo, tanto padres como hijos prefieren una escuela con hambre antes que la deserción. Por tanto, la verdadera causa del crecimiento de la población que de manera inexplicable es expulsada anualmente de las instituciones de educación pública se encuentra en la estructura que tiene montada el propio sistema educativo.
Cada vez que un estudiante sale del sistema escolar fracasa el sistema como tal en el cumplimiento de sus propósitos. Significa que la escuela no tiene capacidad para leer la realidad específica de su entorno y modificar la estructura anquilosada que la carcome, única posibilidad para hacer efectiva su misión.
Si la calidad de la educación que se ofrece en las instituciones públicas es de por sí limitada, con cada estudiante que sale del sistema cualquier proyección del trabajo realizado queda definitivamente trunco. Es un esfuerzo que no alcanza medianamente su objetivo pues la persona vuelve a rodar por la fuerza de sus limitaciones hacia las profundidades del abismo social como la roca de Sísifo. De esta manera la labor del maestro y de la escuela quedan equiparadas a la del mítico héroe del absurdo realizando esfuerzos que no acaban en nada.
Si como dice Camus, el suplicio de Sísifo condenado a hacer rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde volvía a caer al abismo por su propio peso– “es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra” (Camus, Albert. Obras Completas. Tomo II: Ensayos. “El mito de Sísifo”. México: Aguilar. Biblioteca Premios Nobel, Primera reimpresión, 1973, p.212), en el caso de la escuela la condición pasional y el suplicio mismo le corresponden a la sociedad en pleno por su indolencia en la formación del maestro y la persistencia en mantener una organización educativa con unas estructuras anómalas.
Las estadísticas son indicativas de que la anomalía persiste. La deserción y la mortalidad académica son abrumadoras. Un vistazo al abismo… la piedra… ¿Acaso el mundo de Sísifo?

lunes, 20 de junio de 2011

Del sentimiento trágico como poética en García Márquez II

El remordimiento de conciencia que atormenta tanto a Úrsula como a José Arcadio Buendía por la muerte de Prudencio Aguilar es la evidencia del dolor que consume al personaje. Su nivel de reflexión será determinado por un elemento externo al sujeto como es el destino, con lo que se encarna la concepción fatalista. Y es eso, en realidad, lo que el último de los Buendía (Aureliano Babilonia) lee absorto en los manuscritos de Melquíades cuando descubre “que Amaranta Úrsula no era su hermana, sino su tía, y que Francis Drake había asaltado a Riohacha solamente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos más intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitológico que había de poner término a la especie” (Ibid, pág. 347).
Destruido Macondo por la fuerza ciclónica “del huracán bíblico”, el espíritu trágico trasiega por otros contornos y reencarna en otros personajes. Así, en Crónica de una muerte anunciada es también el sentimiento trágico el elemento que le da cohesión estética a la novela. En esta obra se encuentra de igual manera un alto punto de afinidad con la tragedia griega pues refleja el conflicto entre el imperio del destino por superponerse a la voluntad del hombre.
En el orden formal, crónica, novela y drama se conjugan de manera simultánea en la obra, para contar y representar un suceso recogido de la vida real como muchos de los que saturan la historia policial de los pueblos del trópico: el asesinato a cuchilladas de un joven, heredero de una gran fortuna (Santiago Nasar), víctima, en un confuso lance de honor, de los hermanos de una joven desposada (Angela Vicario), quien lo acusa ante su familia de ser el causante de su desfloración prematrimonial, lo que le originó la deshonra pública al ser devuelta a su casa por su marido (Bayardo San Román), la misma noche de la boda.
La conjunción de estos diversos modelos formales permite delimitar los espacios pertenecientes a la realidad y a la ficción. Como crónica, tiende a establecer una distancia con relación al mundo de ficción; de esta manera, constituye de entrada un espacio independiente desde el cual actúa permanentemente el narrador en su condición de cronista. Como novela se vale recursos de carácter épico, lo que pone en evidencia la articulación episódica de los elementos contrastados: las actitudes, las formas de pensar y de actuar de cada uno de los personajes que intervienen en la acción novelada y la necesidad de desentrañar la compleja red de interrelaciones tejidas entre los aconteceres individuales.
La estructura dramática de la novela generalmente se presenta por medio de la utilización del diálogo como forma de acercamiento deliberado a lo teatral. Sin embargo, como bien lo establece Baquero Goyanes, ‘novela dramática’ no equivale a ‘novela dialogada’ (Baquero Goyanes, Mariano. Estructuras de la novela actual. Barcelona, Planeta, 1975, p.55), a pesar de ser ésta la forma que por lo general la caracteriza. Tampoco la estructura dialogada proporciona per se  la condición dramática. Se considera como esencia del drama la representación de una totalidad de vida por medio de acciones humanas en conflicto. El mejor acercamiento al carácter dramático se da en la medida en que las obras asuman una entonación tendiente a otorgarle a su estructura narrativa elementos de lo específicamente dramático. Los elementos que proporcionan este carácter a Crónica...  son: un conflicto que alcanza dimensión trágica y el grado de presencialidad creciente que adquieren los personajes hasta convertir al pueblo entero, y al lector, en espectador de su desenlace trágico: el crimen cometido en la persona de Santiago Nasar
Los planteamientos teóricos de peripecia y reconocimiento utilizados por Aristóteles (Arte poética) para explicar Edipo Rey son de gran utilidad al pretender desentrañar el efecto estético que se alcanza en Crónica de una muerte anunciada. Hay peripecia cuando se produce la aparición repentina de hechos que le dan a la historia un giro totalmente distinto al que traían, concentrando de esta manera un mayor interés por parte del espectador (lector). Es lo que sucede cuando Bayardo San Román devuelve a Angela Vicario a su casa paterna apenas dos horas después de desposarla, con la acusación de que no es virgen. Esto desencadena los acontecimientos en un sentido inverso a como se venían desarrollando y comienza, a partir de ese momento, a sentirse un aire de tragedia en el pueblo. Igual cosa acontece cuando se pretende desviar a los hermanos Vicario de su empeño homicida al quitarle los cuchillos, con lo cual se acelera el proceso ya que la pasividad de ellos se convierte en acción.
El reconocimiento está ligado al carácter trágico y todos los actos de reconocimiento se condensan en el momento del crimen. Sin embargo, también los augurios implican reconocimientos; los sueños y sus interpretaciones hacen parte de las múltiples develaciones implícitas, la mayor de las cuales es, indiscutiblemente, el conocimiento público y anticipado que se tenía de la muerte de Santiago Nasar a raiz del reiterado anuncio que de ella habían hecho quienes debían ser considerados como sus potenciales y seguros ejecutores, por estar cargados de motivos suficientes para hacerlo.
La peripecia y el reconocimiento tienen un vínculo estrecho con el suspenso y la tensión de la obra. Como en Edipo Rey, de entrada sabemos lo que va a suceder. El aciago destino de Edipo lo dice el coro, Tiresias y el oráculo; en Crónica..., los sueños y el narrador. El narrador anuncia desde la primera frase: “El día que lo iban a matar…”, la muerte de Santiago Nasar, quien muere insistentemente hasta que “vuelve a morir, definitivamente, en la última línea de la novela, luego de haber muerto tantas veces antes” (Rama, Ángel. “La caza literaria es una altanera fatalidad”. Prólogo a la edición de Crónica de una muerte anunciada, 1982). Queda, pues, eliminado el misterio y las nuevas expectativas se generan, entonces, a partir de los recursos técnicos expuestos.

El sentimiento trágico en Crónica...
Quedamos en que para el hombre moderno la culpabilidad trágica debe participar tanto de culpabilidad como de inocencia. De esta manera se posibilita un nivel de conciencia que se genera en la reflexión que realiza el hombre al desarrollar su subjetividad, pero que, además de esa culpabilidad, participa también en cierta proporción de una determinación originada en factores externos al sujeto. El componente reflexivo pertenece a la interioridad del sujeto y es lo que le permite cierto margen de indeterminación en relación con el condicionamiento que proporcionan los factores externos. Esta dualidad es lo que hace que el sujeto asuma el sufrimiento (originado en ese ‘sufrir’ que imponen los factores externos) y, a la vez, transite en un proceso de transformación hacia el dolor (que le proporciona el grado de ‘reflexión’ propia de su subjetividad).
En Crónica de una muerte anunciada se presentan dos tiempos claramente delimitados y con unas funciones específicas en cuanto a la culpabilidad trágica. El tiempo de la historia y el tiempo del relato. El primero está demarcado con énfasis por el factor cronológico de los hechos que desembocan en el crimen, en tanto que el segundo corresponde a la dinámica de la convocatoria de testimonios centrados en el cronista-narrador. En el tiempo de la historia se presentan las pocas horas que transcurren mientras se desarrollan los hechos y son registrados en varias secuencias temporales que interpolan pasado, presente y futuro en un constante paralelismo de acontecimientos. El tiempo del relato es la enunciación que hace el cronista-narrador, “persiguiendo con la escrupulosidad de un cronista vecinal sus meandros, esguinces, señales, agüeros, trazándolos delicadamente como un encaje” (Rama, Ángel. Op. Cit.). Entre uno y otro tiempo hay una diferencia de 27 años, y lo que finalmente los une es la culpabilidad. Así lo justifica el propio narrador: “Durante años no pudimos hablar de otra cosa. Nuestra conducta diaria, dominada hasta entonces por tantos hábitos lineales, había empezado a girar de golpe en torno de una misma ansiedad común. Nos sorprendían los gallos del amanecer tratando de ordenar las numerosas casualidades encadenadas que habían hecho posible el absurdo, y era evidente que no lo hacíamos por un anhelo de esclarecer misterios, sino porque ninguno de nosotros podía seguir viviendo sin saber con exactitud cuál era el sitio y la misión que le había asignado la fatalidad” (García Márquez, Gabriel. Crónica de una muerte anunciada, p.126).
Plácida Linero, madre de Santiago Nasar, es intérprete certera de sueños y tiene frente a sí la posibilidad de analizar los de su hijo, pero no advierte “ningún augurio aciago en esos dos sueños” a pesar de que efectivamente en ellos es claro el presagio. A diferencia de Tiresias en Edipo Rey, que conoce con precisión el porvenir y los inequívocos anuncios del oráculo, aquí la intérprete del futuro desestima la lectura del presagio por circunstancias fortuitas. Tampoco Santiago Nasar lo advierte. Esta determinación del destino es ajena a los personajes y los hace inocentes. El desenlace trágico está marcado por el destino. Plácida Linero transita serena por la cocina y pasillos de su casa, mientras Santiago Nasar deambula orondo por el pueblo, despreocupados los dos y ajenos a la inminencia de la tragedia que ya se ha desencadenado.
Pero hay otras circunstancias que marcan un criterio de voluntad y hace a los personajes responsables directos de sus actos. Es el conocimiento anticipado suficiente para evitar el crimen que tuvieron todos de ‘viva voz’ sobre el peligro que se cernía contra Santiago Nasar ; incluido él mismo y su madre. Plácida Linero tuvo, pues,  a su alcance la posibilidad de actuar de una u otra manera. Al escoger un tipo de comportamiento, motivado por su despreocupación o falta de cuidado en evaluar los hechos, esa fue su decisión; y en esa decisión comienza la culpabilidad trágica su trascendencia del sufrimiento al dolor. De Santiago Nasar tampoco se excluye el conocimiento y la culpa. De igual manera, es ese mismo conocimiento el que involucra a todos los habitantes del pueblo y en particular los que conocieron por anticipado lo que iba a suceder, lo que les confiere ese sentimiento de culpabilidad. Esa presencialidad creciente del pueblo (y del lector) en torno al desenlace trágico, los convierte en espectadores y de esta manera la obra adquiere gran parte de su entonación dramática.
Precisamente, es esa carga de angustia que se soporta durante tantos años, lo que genera la reflexión en torno a la participación que les corresponde en los hechos, lo que desencadena la exploración 27 años después y da cuerpo al relato. Una forma de expiar y liberar la angustia originada en el remordimiento de conciencia que ha oprimido el corazón de todos cuantos participaron en los infaustos sucesos.
Pues bien, este breve pero puntual recorrido por tres de las principales obras del creador de Macondo La hojarasca, Cien años de soledad y Crónica de una muerte anunciada pretende visualizar cómo, a través del sentimiento trágico, se configura la concepción poética en la obra de García Márquez, dándole sentido y consistencia estética

lunes, 13 de junio de 2011

De la viveza como cultura dominante III

Todas las estructuras sociales están diseñadas para reproducir la mediocridad


Es indiscutible que para ser un vivo hay que creerse capaz de serlo. Quien se considera un vivo, ya asume su rol y  anda a la caza de cada oportunidad para demostrarlo. Se cree más listo que los demás en oposición abierta al torpe y tonto, asimila a los demás a esta condición y esto es lo que lo hace lesivo para los demás.  Dígase bien, el vivo aprovecha la situación por lo general el estado de indefensión, reposo o descuido de los otros para sacar provecho.  Puede darse el caso de una persona inteligente en funciones de vivo pero esto no es usual, ya que la inteligencia no necesita de esas ventajas que son más bien limitadas, y por tanto despreciadas por quien tiene en alta estima sus propias aptitudes y capacidades y puede sacar mejor provecho en buen uso de ellas.
Pues bien, la imposición y vigencia de este personaje dice a las claras que somos una sociedad facilista. Que amamos el éxito fácil. Le tenemos miedo a las dificultades, al sacrificio, al rechazo que ocasiona el primer fracaso y el que sigue. No nos interesa el trabajo sino la ‘chamba’. La constancia y la tenacidad no significan nada dentro de nuestra concepción de vida y por eso nos derrumbamos ante el primer obstáculo y buscamos ‘la oportunidad de nuestra vida’ dentro de la ‘legalidad’ que proporciona el mismo esguince a la ley que no puede ser llamada ilegalidad hasta que no se demuestre luego de un arduo y largo proceso, con las ventajas que ofrecen las fisuras jurídicas que proporciona la misma ley.  
Y como sociedad facilista que somos, desde los cargos de dirección nos hemos dado mañas para erradicar aquello que controvierte ese facilismo: la crítica. Le tenemos pavor a la crítica. La estigmatizamos con el cuento de ser destructiva, habida cuenta que es lesiva y quienes critican son la personificación de ese daño para las inconsistentes estructuras de poder en las que se han posesionado los mediocres. El embeleco de la crítica constructiva y la crítica destructiva no es más que una falacia con la que los mediocres salen al paso de las críticas. Al atribuir a la crítica un significado negativo, de censura, de reprobación y con la exclusiva intención de destruir, se le niega el espacio a quien osa posar de crítico. Y a esta concepción se le ha contrapuesto un sentido contrario positivo, de aprobación y aceptación la crítica constructiva que no es otra cosa que el halago empalagoso, la adulación que en el argot popular se conoce como lambonería: posar de rodillas ante la ineptitud para conservar el puesto o ganar una prebenda. Hasta hace pocos años todos los muros de las ciudades colombianas estaban pintados con letreros que decían. “No critique, actúe”.
La verdad es que la crítica es crítica y nada más. Y, por supuesto, quienes critican son personas inconformes, reformistas, de aspiraciones y de superación. Es la dinámica propia de un ser y de una sociedad en transformación.
Atendiendo a su origen etimológico, la palabra proviene del griego krynein krinein  que significa discernir, juzgar, formular un juicio, valorar. Por tanto, es la descripción objetiva de una realidad o circunstancia, de sus características, componentes, estructura, técnica, y, desde luego, la respectiva valoración, pues quien conoce está en condiciones de emitir juicios de valor, aunque estos juicios sean ya de carácter subjetivo.
Y otro embeleco más. Supuestamente, quien critica, debe dar soluciones. Es otra manera de reprimir a quien critica. Se pretende desconocer que la crítica es análisis de una realidad; es discernimiento, disección de los elementos constitutivos de esa realidad. Consiste en la identificación y señalamiento de un problema y ese es su gran aporte. Las soluciones deberán venir como consecuencia de la acción posterior y, como tal, son posteriores a la crítica misma. Si criticar es señalar un problema, corresponde al estudio y acción posterior encontrar las alternativas o posibles soluciones, pero ese es un proceso diferente, generalmente dispendioso. Otra cosa es que quien critica, por ser versado en la materia, esté en condiciones de ofrecer ideas que sirvan para orientar el proceso de reelaboración de esa realidad. En el mundo de la ciencia, la más de las veces se identifica un problema y por décadas y hasta siglos no es posible dar con la solución. 
Vamos ya para dos décadas que el filósofo inglés de origen austriaco, Karl Popper, le recordaba al mundo académico sobre la necesidad de la crítica, sobre la necesidad de aprender de nuestros errores, y sobre todo de aprender a aceptarlos. Decía que la autocrítica es la mejor de las críticas  y que debemos abrigar un sentimiento de gratitud cuando los demás nos señalan esos errores pues “necesitamos a los demás para descubrir y corregir nuestros errores”, de la misma manera que los demás nos necesitan a nosotros.  Y resaltaba lo bueno que significaba para una sociedad que exista la crítica, que exista gente de ideas distintas, pues sólo así se consigue la tolerancia. (Popper, Karl. Discurso de investidura como doctor Honoris Causa de la Universidad Complutense de Madrid, 1991).
Pero esto no es fácil conseguirlo. La ausencia de crítica en la sociedad  es consecuencia de la carencia de un pensamiento racionalizado. El espíritu crítico no puede surgir ni expandirse en un ambiente de irracionalidad en el que los principales conflictos son generados por un arribismo individualista amparado en dogmatismos de diverso cuño (académico, político, clerical, militar, etc.) que imponen diversas clases de censura como mecanismos de exclusión. La más rampante de estas exclusiones la proporciona una estructura educativa montada para generar una sociedad de analfabetos plenos o funcionales. Además, no puede generarse crítica en un medio social al que se le ofrece diariamente una lectura facilista de la realidad por parte de unos medios de comunicación que compiten por la captación de una audiencia mediante el limitado argumento de la reiteración de lo truculento, las simplezas y el espectáculo de mal gusto.
La crítica, como actitud vital, es producto de la reflexión y del pensamiento. Sólo una sociedad que produce, respeta y valora el trabajo intelectual podrá alcanzar su desarrollo como sociedad a través de la superación de sus individuos. El sistema social, político-administrativo y académico nuestro no solo ignora la crítica sino que la persigue y la estigmatiza. Esta labor de erradicación del pensamiento crítico en la convivencia social, en la moral pública, en la vida política,  empresarial y académica no sólo ha impedido la construcción de una sociedad de empuje y desarrollo sino que ha destruido de manera sistemática los pocos mojones que hombres señeros erigieron en épocas pasadas a costa de su propio sacrificio. Aquí el trabajo intelectual está sometido, a lo mucho, a un sueldo miserable y eso significa que ese individuo no vale nada, que puede ser marginado y desechado a voluntad por quien se sienta afectado por su expresión. El ejercicio intelectual y académico sólo vale para el ocio de algunos magistrados que por lo general cumplen esas funciones ad honorem.
Es tal el grado de sometimiento de la sociedad ante el imperio de los vivos que hasta aceptamos con complacencia y beneplácito la desfachatez con que estos personajes cometen sus acciones dolosas para luego declararse puros, impolutos. La prédica a favor de la viveza es parte del adoctrinamiento social. Veamos algo al respecto.
En el ámbito administrativo, la viveza tiene un tinte muy particular. Al punto que se han consolidado unas normas de comportamiento de incuestionable aceptación y aplicación. Es un trabajo de creación colectiva dentro de la estructura administrativa que ha llegado a ser considerado como el ‘Decálogo del funcionario’, perfeccionado durante décadas y décadas de aplicación continua. Su espíritu pertenece al derecho consuetudinario y son normas de tanta aceptación que circulan inclusive hasta en formatos piratas. Para ilustración de los lectores, extraigo algunas de ellas, respetando las prioridades establecidas, pues en las varias versiones de los decálogos consultados, todos las incluyen en el mismo orden aquí reseñado.  Primero. Derecho de pernada (léase: favores de cama que acredita puesto o ascenso. Nota: ‘Sólo para mujeres inteligentes’). Segundo. Genuflexión diaria. También llamada ‘sentido de pertenencia’. Tercero. (Coincidencialmente hay un borrón en todos los documentos consultados, pues al parecer el cuarto renglón en la lista ha adquirido mayor prestancia en los últimos lustros). Cuarto. ‘Miti-miti’ (indispensable para ministros, alcaldes, gerentes y funcionarios que valoran subastas públicas o de proponentes, licitaciones y concursos de méritos). Noveno. Testaferrato...

lunes, 6 de junio de 2011

De la viveza como cultura dominante II

Todas las estructuras sociales están diseñadas para reproducir la mediocridad

No es fácil, hablando de la viveza, condensar en unas pocas líneas el amplio espectro de matices que la práctica social ha construido durante varias generaciones hasta llegar a darle un sesgo ideológico y convertirla en cultura dominante. De aquellos pocos individuos que de manera aislada, pero cargados de ideas, emociones e ingenio, comenzaron a transgredir el comportamiento social y estatal convencional haciéndole un esguince a lo legal, se ha pasado a una conciencia colectiva en cosa de unos de sesenta o setenta años.
Cuando en los años 50 ya Alberto Lleras nos catalogaba como “¡País de avivatos!” y hablaba de este espécimen social como “picarillo inocente”, seguramente no vislumbraba que unos cuantos lustros más adelante se convertiría el azote de la sociedad y, mucho menos, que su propio invento —el Frente Nacional que él mismo ayudó a crear– sería la herramienta propicia para que la clase política la convirtiera en el nido de donde saldrían los personajes más corruptos de la historia reciente del país y quienes irradiarían desde los más altos estrados del poder, a todos los ámbitos, la cultura de la viveza.
Así que, en la actualidad, el panorama es muy diverso. Unos cuantos ejemplos pueden servir para ilustrar un poco las dimensiones que ha alcanzado el fenómeno: La democracia colombiana se sustenta en unas elecciones que no pasan de ser ferias de compra-venta de votos a cambio de favores o dinero / Los ganadores de las licitaciones de obras públicas pactan previamente con los funcionarios que otorgan esos contratos entregarles el 15% del valor neto de las obras como contraprestación / Un ministro de Estado regala a los terratenientes más ricos del país miles de millones de pesos del presupuesto nacional como supuesto estímulo agrícola, que posteriormente éstos le compensan con votos para su campaña presidencial / Decenas de jóvenes humildes son asesinados cobardemente y luego presentados como guerrilleros muertos en combate, para cobrar estímulos económicos y gestionar ascensos / Al menos la mitad de los congresistas colombianos son elegidos con dineros del narcotráfico / Los hijos del presidente de la república compran terrenos a bajo costo que luego se convierten en Zonas Francas, incrementando en miles de millones su precio comercial / Uno de los grupos financieros más poderosos del país exige a sus funcionarios rendimientos altos “no importan lo que tengan que hacer para alcanzarlos”, y así el engaño se vuelve cultura institucional.
Estas acciones las han adelantado sus gestores en el ejercicio de los más altos cargos de dirección del país. Y no son hechos aislados, más bien permanentes. La firma de cientos de contratos y asignación de licitaciones en las últimas horas de todas las administraciones públicas no tiene otra finalidad que aprovechar la coima que le corresponde a quien firma. Son, además, personajes aclamados y reelegidos por amplios sectores de población que entregan su apoyo incondicional, unos porque derivan la estabilidad laboral y el sustento de sus familias del padrinazgo que ejercen estos líderes con su influencia política y administrativa, y otros porque también ejercen un liderazgo menor en vivezas, a la sombra del mayorazgo, que les genera ganancias pingües. La lengua de las gentes dice que esta sombra es la que protege al contrabando, la piratería y el robo de autos, instalados de tiempo atrás como rubros significativos para la economía nacional. No de otra forma se justifica que la venta de los productos de estas acciones ilícitas haya derivado hacia un mercado formal con alta generación de modalidades de empleo acogidas como alternativas sociales y económicas en las estadísticas oficiales bajo la denominación de ‘economía informal’.
Es, pues, evidente, que frente a la incapacidad para generar riqueza por los medios convencionales, se opta por el atajo que proporciona la viveza. Se deja de lado la legitimidad y se aprovecha la ventaja que proporciona el poder para cometer el acto artero en beneficio propio, creando de paso una deslegitimación del poder. Sin embargo, el prestigio simbólico adquirido por la acumulación de capital, que permite un nivel de vida alto y un derroche en eventos públicos, supera con creces cualquier referencia ocasional a la forma fraudulenta como fue adquirido ese capital y sirve para instaurar y legitimar un espacio de dominación social.
Hay varios hechos que sobresalen y caracterizan este comportamiento social: 1. Que es ejecutado y promovido desde las altas esferas del poder; 2. Que sus ejecutores son miembros de la clase política dominante (grupos conservadores-liberales tradicionales); 3. Que la intencionalidad primaria es la apropiación, directa o por interpuesta persona, de millonarias sumas de dinero o de beneficios equivalentes, por medio de mecanismos no convencionales; 4. Que con este dominio económico se procuran los medios para mantenerse en la cúspide del ejercicio político.
Pues bien, estos elementos hacen parte sustancial de lo que para Bourdieu constituye un campo estructurante de la vida social: “la existencia de un capital común y la lucha por su apropiación”. (Bourdieu, Pierre. Cuestiones de sociología. Edit. Akal, 2008). Pero en este caso, el capital común acumulado de conocimientos, habilidades y creencias se deja de lado y se opta por “la estrategia de la subversión, de la herejía”, que proporciona la riqueza adquirida por medio de la viveza. Al luchar por el poder político con estos medios ilegítimos se pretende el mantenimiento de las cuotas de poder, la perpetuación de la imposición y de la hegemonía sobre los otros grupos dominantes previamente constituidos.
En esta lucha entre miembros de la clase dirigente por el poder político se pone en  evidencia el menosprecio consciente hacia los valores que sirven de sustento a la sociedad. Aquellas acciones dolosas que en un principio eran propias de personajes de baja condición social son ahora patrimonio de la aristocracia criolla pero en defraudaciones multimillonarias. Los 'niños de bien' dejan de lado la hipocresía tradicional y optan abiertamente, sin recato alguno, por el bochornoso camino de soslayar la norma ética y legal con tal de alcanzar “el interés y la bajeza de las satisfacciones materiales” que eran atribuidos de manera arbitraria como patrimonio exclusivo de las clases populares.
Hay que tener en cuenta que este comportamiento no es gratuito pues tiene su cuna en el habitus. El término hace referencia a la categoría elaborada por Bourdieu para explicar "cómo los individuos interiorizan formas de pensar que posteriormente se transforman en comportamientos a partir de un sistema de hábitos sociales configurados a su alrededor desde la infancia". Esto es, son formas de pensar alimentadas en el seno de la familia, de la clase social y de la sociedad en general.
Por tanto, es una forma de pensar que viene de tiempo atrás, tras un largo proceso de gestación. La construcción del pensamiento social encarna en las acciones de los líderes de la sociedad, quienes lo legitiman con su práctica, lo que hace posible que sea percibido, valorado y aceptado por el conglomerado social, que lo reproduce en sus nuevos comportamientos.
Ahora, como la construcción y legitimación del pensamiento social es un proceso continuado durante generaciones, que es llevado a la práctica por la clase dirigente, en esa misma secuencia necesariamente se va modificando el orden jurídico para adecuarlo a las nuevas necesidades de los grupos dominantes. Así, con la imposición de la cultura de la viveza se ha ido configurando de manera paulatina una tendencia hacia un nuevo tipo de Estado, paralelo al Estado de Derecho, lo que le ocasiona a este último permanentes crisis de legitimidad. Eso, sencillamente, porque si el dominio social y el dominio del Estado queda en manos de los vivos, es claro que no puede haber ni equidad ni ley, lo que no puede ser aceptado en un Estado de Derecho. Porque, de ser así, la ley y la justicia se convierten en algo formal, que si bien está formulada en los códigos, sólo se aplica según las conveniencias. Por lo tanto, una sociedad con esta impronta, en donde impera la voluntad del más vivo, la ley queda relegada para los tontos, para los indefensos, para ‘los de ruana’.
Si hacemos un ejercicio sencillo y le preguntamos a cualquier ciudadano colombiano que para quién considera que es la ley en nuestro medio, la inmensa mayoría de los encuestados, poniéndose la mano en el corazón, deberá responder que para los tontos, para los indefensos, para ‘los de ruana’. Y sin entrar en honduras legales, los más versados hablarán de un sistema penal especial montado sobre una serie de sofismas para engañar a la sociedad como ‘vencimiento de términos’, ‘casa por cárcel’, ‘detención en casas fiscales’ y ‘rebaja de penas’, todas, figuras legales al servicio de la viveza.
De otra parte, en nuestro medio no existe un liderazgo social de probidad. Los hombres probos de gran reconocimiento social fueron avasallados y están al margen de la sociedad. En las nuevas generaciones no hay ningún tipo de oportunidad —ni social ni profesional– para quien opte por una posición ética, sin que tenga que claudicar con el acostumbrado silencio cómplice. Y una sociedad sin oportunidades para sus nuevas generaciones es una sociedad fracasada. Queda a expensas de los vivos, de los mediocres.
Queda claro con lo ya expuesto que la estructura política ha sido la punta de lanza para el imperio de los vivos y la mediocridad. Partamos de ese sentir profusamente difundido en nuestro medio según el cual para ser político y triunfar en la política hay que ser falso, pícaro y corrupto. Esto es una aberración como concepción estructural de la política dentro de cualquier sociedad y la desfachatez con que se difunde como motivo de orgullo de la clase política, muestra su degradación e iniquidad. Es una verdad de Perogrullo que aquí no existen partidos políticos sino  grandes camarillas que se reparten el país, lo ferian y desbarajustan a su acomodo. Sin excepción, todos los que han ostentado la dirección del Estado desde el llamado Frente Nacional hasta el presente montaron su gestión pública de éxito político, social y económico sobre esta perniciosa concepción, ya sea por acción directa o por medio de su séquito. La ratificación de ese actuar delictivo soterrado queda plasmado en esas frases lapidarias que terminan enmarcando toda una gestión de gobierno: “fue a mis espaldas”,  “yo no sabía”, “no me corresponde vigilar”...
El carpe diem latino, acuñado por Horacio en una de sus odas inmortales, es una exhortación a no dejar pasar el tiempo ni las oportunidades que ofrece el momento presente. Una concepción generalizada de esta idea plantea de una manera llana que hay que aprovechar las oportunidades que ofrece la vida. Y otro matiz predica que cada quien tiene su cuarto de hora. Desde luego, la vida no está para ir por ahí a la bartola dejando tiradas las escasas oportunidades que se nos presentan. Indudablemente, hay que aprovecharlas. Sin embargo, el ser racional está en capacidad de sopesar la validez que tienen como tal. La cultura de la viveza ha consignado también su versión al respecto y desde los mismos peldaños del poder se ha generado una visión pragmática de las oportunidades en coyunda con el beneficio personal. Para eso se busca el poder. Para eso tenemos una democracia sui géneris sustentada en la compra de los que eligen, en la compra de los elegidos y en la compra de quienes supervisan a los elegidos. El círculo perfecto. “¡Poderosa razón es don Dinero!”, decía Quevedo. A ese marco de referencia quedan sujetas todas las oportunidades.
Ahora bien, en una estructura social dominada por los vivos la razón de mayor validez es el dinero. Sí, de acuerdo, “¡poderosa razón es don Dinero!” El dinero es tal vez la fuerza más avasalladora de la criatura humana, pero también la más destructora. He ahí la diferencia entre el fin y el medio. ¿Cuáles son acaso las razones de quienes hacen uso de ‘su oportunidad’ saqueando las arcas del Estado? La corrupción es la abierta imposición de la cultura del vivo, y no es otra cosa que la carencia de un fundamento ético en el individuo y en el colectivo social que lo estimula. En nuestro caso está estrechamente ligado a una mentalidad utilitarista sin ningún tipo de diques morales. La secuencia causal se origina en la violencia política y administrativa ejercida desde la dirección del Estado, germen, principio y fin de la descomposición social que presenta actualmente el país. La expoliación de las clases medias y humildes por parte del sistema como la captación de crédito forzado oneroso tipo Upac o la pauperización de los salarios– que genera lucro en gran cantidad para sectores privilegiados, termina por arrasar cualquier conducta moral y aniquila cualquier tipo de escrúpulos tanto en el expoliador como en el humilde ciudadano expoliado. Porque la viveza como elemento estructural– surge y se nutre de la injusticia de una sociedad que le niega sistemáticamente oportunidades verdaderas a sus ciudadanos y obliga a sobrevivir recurriendo al acto artero que genera inmediata y efectiva retribución.