lunes, 12 de septiembre de 2011

Todos morimos dos veces

-Reseña-
por: Rubén Darío Otálvaro Sepúlveda[1]


Leandro Cerro Robles (Buenavista-Sucre) es profesor universitario, ensayista y escritor. Autor de los libros Textos y Pedagogía y Téccnicas de Escritura. Este intelectual sucreño acaba de publicar su primer libro de relatos titulado Todos morimos dos veces. Libro de relatos que es uno más de sus valiosos aportes a la cultura y las letras de la Costa Atlántica y del país.
Siete relatos conforman el citado libro de Cerro Robles: en primer lugar, el titulado El ojo de la pulsera,  luego El canto de la camisola, sigue El Tony, Muñ eco de trapo, Primer viernes, Lucha  y el último, Todos morimos dos veces. En ellos Leandro retoma y recrea las vivencias de la infancia, los cuentos de la tradición oral, las creencias y mitos de su tierra, las experiencias de amor y desamor de la juventud, las historias de pueblo y las anécdotas citadinas.
El primer relato El ojo de la pulsera  es una historia de misterio y suspenso al mejor estilo de Quiroga y Poe. El personaje -que puede ser el mismo autor, pues la historia está contada en primera persona- recibe de un amigo moribundo un obsequio: una cajita de madera, en la que había un cofrecillo lleno de preciosas joyas. Una de ellas, una pulsera de plata con un dije misterioso y maléfico. Objeto mágico que desencadena la historia.
El último relato que da título al libro, Todos morimos dos veces, tiene un epígrafe tomado de La otra muerte de Jorge Luis Borges que inicia y ambienta muy bien la anécdota trágica de la historia. Una historia en la que Andrus, el personaje principal, corre en un automóvil por la autopista de la gran ciudad tentando a la muerte. Mientras conduce discute con su supuesto acompañante y reflexiona acerca del destino y afirma: "Todos tenemos señalado nuestro día" y más adelante asevera: "Comprendí que el temor más grande que abriga el hombre no es a la muerte, sino a vivir más allá de la muerte". Finalmente, sucedió lo que tenía que suceder "en su alocada carrera, desbocados, los carros bordean el andén, saltan, crujen, gimen, vuelan por el aire y en un estruendo enceguecedor van a estrellarse". Lo sorpresivo y cautivante de esta historia no es el accidente en sí -hecho por demás reiterativo en diarios y noticieros- sino lo otro, lo que sigue, el desenlace inesperado, inverosímil para unos, creíble y cierto para otros.
De Cerro Robles conocíamos sus ensayos pedagógicos y su vasta cultura literaria y humanística pero no sus dotes de narrador. Posee la cualidad de saber contar una historia, conoce las técnicas narrativas, las formas de ambientar y crear la atmósfera necesaria, de recrear la realidad, de inventar personajes con rasgos físicos y emocionales creíbles, de relatar la trama desde diferentes narradores, de jugar con el tiempo y el espacio real y ficticio, de embellecer la acción con un lenguaje poético, en fin, estamos ante un gran narrador.
Bienvenido, pues, este libro de relatos y le auguramos a su autor muchos éxitos literarios. A usted, amigo lector, invitarlo amablemente a leer y disfrutar estas historias. Vale la pena leerlo, se lo aseguro.


TODOS MORIMOS DOS VECES. Leandro Cerro. Bogotá: Mundo Novus Relatos, 2000, 95 páginas.




[1] .Escritor, catedrático universitario y colaborador cultural en El Meridiano  de Montería


lunes, 5 de septiembre de 2011

Textos y Pedagogía

Caracterización y metodología de la lectura y la escritura

-Reseña-

De: Miguel Guerrero Borda[1]


La compleja y preocupante situación del estudiante que llega a la universidad y encuentra que sus precarias bases comunicativas están desfasadas en relación con los complejos procesos de aprendizaje y estudio que le plantean los diferentes saberes profesionalizantes, es el punto de reflexión que le sirve al profesor Leandro Cerro Robles para analizar los procesos de lectura y escritura y desarrollar planteamientos teórico-prácticos pertinentes a la formación básica y su proyección al desempeño universitario y profesional.
 El sugestivo libro es un diligente estudio que de entrada practica una implícita y necesaria crítica a la inconsistente preparación lingüística que se ofrece en los diferentes niveles del sistema educativo colombiano en donde no forman ni desarrollan adecuadamente la competencia comunicativa para leer con comprensión y analíticamente los textos que se requieren trabajar a nivel profesional, ni los equipa con herramientas básicas para expresar por escrito de forma coherente y autónoma su forma de pensar.
En consecuencia, libro que aborda en siete ensayos que son unitarios en sí mismos, pero que guardan una secuencialidad en el tratamiento y desarrollo del tema, la problemática de la comprensión y producción de textos científicos, literarios y técnicos en los estudiantes universitarios de cualquier área o profesión, que analiza las condiciones y determinantes del proceso de apropiación del conocimiento mediante la lectura, que focaliza el problema de la escritura como habilidad fundamental y complementaria de la lectura, pues los procesos de interacción intelectual y académica priorizan la utilización de esta habilidad.
Textos y Pedagogía parte de una referencia la mitología griega y sus correlatos cognoscitivos, que se constituyen en elementos de fundamental importancia para entender el desarrollo diacrónico del pensamiento. Lector in fábula, el lúcido ensayo de Humberto Eco sobre este mismo tema general, le sirve a Cerro Robles para reflexionar y enlazar razón e imaginación desde los mismos albores de la escritura hasta nuestros días, pues hace dos mil años no sólo era la única y verdadera fuente de conocimiento, sino que a partir del relato mítico se diferenció el pensamiento racional o logos (científico) del pensamiento imaginario o mithos (artístico).
Con ellos, se diferenciaron desde entonces dos formas de leer y comprender el mundo, aunque ambos estén íntimamente correlacionados en su función central de formar y desarrollar el universo conceptual del hombre. Sin embargo, la ficción no sólo desarrolla los contornos imaginativos del individuo sino también, y en especial, proporciona bases y fundamentos categoriales para el pensamiento objetivo y científico, de ahí que el lector de fábulas se va constituyendo de una manera creciente en un eficiente lector de textos científicos.
Una de las características fundamentales de Textos y Pedagogía es ir desarrollando planteamientos de diversa naturaleza que paulatinamente van configurando la totalidad de la temática textual. Así, en el segundo capítulo trata de los procesos conexos previos y simultáneos al acto de leer, procesos que inciden en la comprensión y descodificación del texto en forma de transformaciones semánticas que tienen que ver con las asociaciones que realiza el lector, con su universo conceptual propio, con las presuposiciones que hace el lector antes de hacer funcionar el texto o con las anticipaciones cognitivas o imaginarias. Estas transformaciones semánticas no sólo inciden en el acto de lectura sino que relativamente enriquecen el texto con adiciones y valoraciones o lo empobrecen con elipsis y supresiones diversas.
El capítulo tercero está dedicado a identificar las condiciones dentro de las cuales se desarrolla el aprendizaje académico de la lectura en la escuela primaria y secundaria: una concepción escalar de la lectura, es decir, gradual, de lo simple a lo complejo, que de ninguna manera logra incrementar el nivel de conocimiento de los estudiantes. Si a ello le agregamos el divorcio que desde la escuela se hace de la lectura con respecto a la escritura, se explica entonces los desfases de nivel de comprensión con que llegan los estudiantes a la universidad, quienes tienen que asimilar vastas cantidades de información y adoptan métodos improvisados para resolver sobre la marcha sus necesidades de apropiación de la información.
La lectura y la escritura son considerados como conceptos y procesos independientes cuando en realidad son uno solo con dos instancias o fases diferentes. Cerro Robles plantea el fenómeno lecto-escritural del siguiente modo:
«La lectura deviene en la escritura independiente de la adecuación cultural previa a la etapa escolar que ofrece elementos de pre-lectura y pre-escritura, cuando el niño aprende a leer está recogiendo simultáneamente las percepciones visuales que luego le permiten graficar los signos que ha podido identificar en su incipiente proceso racional. De esta manera la habilidad escritora se desarrolla en forma paralela a la habilidad lectora».[2]
De ello se deduce que «el acto de escribir involucra necesariamente al acto de leer», lo que para Cerro Robles es distorsionado a través del proceso pedagógico:
«El énfasis que se hace tanto en los estudios como en la práctica pedagógica sobre el carácter independiente de ambos procesos está basado y tiene su origen en la virtualidad que adquiere uno de los dos cuando el otro predomina como realización lingüística».[3]
Así, pues, es «la escuela la que se encarga de distanciar los dos procesos (…) hasta convertirlos en caricaturas tanto de la lectura como de la escritura» sin visos de funcionalidad para los estudiantes, hasta que finalmente quedan limitados a «ejercicios aislados, de poca o nula utilidad en su vida diaria». De ahí que, trabajar con conceptos y procesos diferentes genera consecuencias de grave distorsión en los efectivos y potenciales lectores y escritores que prepara la escuela.
Ya en el capítulo cuarto el autor hace una aproximación sistemática sobre las actividades que debe realizar el lector con los textos de estudio para entender y aprovechar al máximo su contenido. Recurriendo al modelo teórico de la lingüística textual unas veces, y a la semiología otras, el profesor Cerro Robles nos ofrece un espacio teórico-práctico de convergencia donde a partir del excelente ensayo de Jorge Luis Borges sobre el libro nos va analizando a manera de paradigma la estructura semántica (temática) del texto, dilucidando las conexiones, niveles y relaciones hasta explicitarnos todo el corpus conceptual de la conferencia de Borges. En consecuencia, la lectura de este capítulo será eficaz si promueve una propedéutica que tenga como objetivo el «enriquecimiento conceptual del lector».
En la quinta parte del libro, el mito griego de Ifigenia, hija del héroe Agamenón y Clitemnestra, le sirve al autor como alegoría para ilustrar una legendaria concepción del libro y la lectura mediante la cual sólo se accede realmente al libro por medio de la cultura, es decir, de un rito que consiste en iniciar al futuro lector en sus secretos y en sus significados ocultos y hacerlo devoto de él. A la cultura, en este contexto, sólo se llega mediante un proceso cultural en el cual se aprende las claves y los significados de ese acto casi litúrgico. Así el libro abriría posibilidades infinitas para que el lector reconozca la realidad que enriquece la condición humana.
Los dos capítulos finales están dedicados a analizar el fenómeno desde la perspectiva de la producción escrita: en uno establece los presupuestos indispensables para un reencuentro con la escritura resaltando que ésta no es otra cosa que el desarrollo y perfeccionamiento de ciertas cualidades «por medio del trabajo y la dedicación que proporciona el oficio de escritor»; en el otro analiza las condiciones que hacen posible el acto de lectura y escritura. Para esto, caracteriza el texto a nivel estructural: el texto en tanto objeto simbólico susceptible de ser interpretado es una fuente de sentido que debe ser «actualizado» por el lector y como tal tendría las siguientes características: legibilidad, estructuralidad y funcionalidad. Pero más allá de sus rasgos un texto debe valorarse como un espacio sígnico para el análisis, la producción y reelaboración de un saber y en consecuencia se constituye en una herramienta de conocimiento básica del proceso educativo. Sin embargo, dada la tipología de textos (narrativos, argumentativos, expositivos o descriptivos), éstos conjugan diferentes intereses para potenciales lectores y escritores.
La actitud crítica frente a los procesos pedagógicos que de tiempo atrás se implementan en la educación contemporánea y un trabajo investigativo que busca adecuar y aplicar algunos planteamientos teóricos de la lingüística y la literatura al aula de clase, dan como resultado este pequeño volumen que se constituye desde ya en una guía de consulta para investigadores, estudiantes, docentes y todos aquellos interesados en los problemas actuales de la lectura y la escritura.


[1] .Catedrático. Universidad de los Llanos.
[2] .CERRO ROBLES, Leandro (1995). Textos y Pedagogía. Caracterización y metodología de la lectura y la escritura. (Ensayo) 2ªedición. Santa Fe de Bogotá: Universidad Externado de Colombia, p.31
[3] .Ibid, p.32

lunes, 29 de agosto de 2011

De lecturas y exigencias IV

Cuando los elementos constitutivos del texto son planos y superficiales no existen posibilidades de cuestionamiento para el lector. En estos casos no entran en juego elementos complejos en la interacción texto-lector. Y al no encontrar ningún tipo de dificultades el lector chapalea en el texto como lo haría un adulto que se baña en una bañera para niños. El conflicto que genera la confrontación entre dos realidades distintas, entre dos modalidades de pensamiento, y la tensión que de ello se deriva se reemplaza por la placidez y la pantomima de un pseudoconflicto que tiene su resolución a la vista, sin mayor esfuerzo, sin ningún tipo de exigencia.
En su magistral ensayo ‘Sobre la lectura’[1], Estanislao Zuleta se apoya en Nietzsche para rechazar la lectura de “los hombres que se apresuran”, que viven de afán, y pone el acento en “la lectura lenta, cuidadosa y rumiante”, para concluir “que leer es trabajar”.  Y luego expresa de manera contundente:
“No hay textos fáciles; no busquen facilidad por ninguna parte, no busquen la escalera, primero Marta Harneker, después Althusser; eso es lo peor; no hay autores fáciles, lo que hay son lectores fáciles, que leen con facilidad porque no saben que no están entendiendo, por eso les parece más sencillo Descartes que Hegel. Toda lectura es ardua y es un trabajo de interpretación: fundación de un código a partir del texto…”[2]
Cuando Zuleta dice que no hay textos fáciles se está refiriendo a que cada “texto produce su propio código por las relaciones que establece entre sus signos”; pero esa relación no necesariamente en todos los casos entraña complejidad.  Así que si no hay trabajo al leer, no existen posibilidades reales de crecimiento. Y la falacia del pseudoconflicto en los textos usualmente denominados ‘comedias’ tampoco alcanza el grado de caracterización de la gran comedia –una de las realizaciones humanas más complejas y problemáticas- puesto que carece del ingenio, la sátira y la caricatura de los defectos humanos tanto en su dimensión social como en lo individual, de la confrontación de los ritmos narrativos, de la riqueza simbólica del lenguaje figurado y de todos aquellos componentes adicionales en forma y contenido que finalmente se vierten en chispeantes situaciones cómicas.
En fin, el lector, ya sea en plan de estudio, recreación o investigación, debe comprender que el acrecentamiento personal y la producción intelectual no se basan en la gratuidad; el proceso académico-investigativo y las grandes satisfacciones recreativas del intelecto requieren de esfuerzos que trascienden y cualifican los mismos momentos de solaz, de tal manera que las más altas expresiones de culturas se pueden constituir, y de hecho se constituyen, en generadoras de goce, de deleite para quienes están en condiciones de percibir y apreciar los sofisticados hilos de un entramado construido por una mentalidad compleja.
Desde luego, también hay que tener presente que el mismo esfuerzo, tanto en la construcción como en la recepción del texto, genera grandes satisfacciones.  Producir intelecto exige, ante todo, alcanzar un nivel de excelencia y llegar a ella no es tarea fácil. Ese es el producto de esfuerzos y sacrificios incontables. Y ese nivel de excelencia tiene que reflejarse en la producción o en los resultados que emerjan de la mente esclarecida. Por tanto, no podemos pretender que una mentalidad cultivada en el rigor intelectual niegue la configuración de su pensamiento en aras de allanarle el camino al lector. Es a este último a quien corresponde trabajar para acceder al texto con eficiencia, lo que le permitirá, a su vez, la posibilidad del deleite.
Finalmente, bueno es anotar la existencia de otro tipo de placer que también puede vincularse a la lectura y al estudio. El placer que conlleva la ejecución de una actividad vital permite que éste  pueda ser transmitido si esa actividad le proporciona al individuo realizaciones de diverso orden. Cuando la labor profesional alcanza niveles de satisfacción y realización, cada vez se lleva a cabo con entrega total y se perfecciona de manera continua en cada desarrollo. En estos casos se logra transmitir ese mismo goce a los demás. Si el amor sólo lo puede hacer inspirar quien ama o sólo puede florecer en quien es capaz de amar, estimular el gozo y el deleite sólo lo puede hacer quien lo vive y lo siente en las fibras más puras de su ser. No importa cómo, pero de seguro que lo logra


[1] .ZULETA, Estanislao. (1982) “Sobre la lectura”. En: Sobre la idealización en la vida personal y colectiva y otros ensayos. Bogotá: Procultura.
[2] .Ibidem.

lunes, 22 de agosto de 2011

De lecturas y exigencias III

    Ya se ha establecido que en cualquier evento el grado de dificultad inherente a esa realidad genera una exigencia equivalente. Ahora, la experiencia enseña que la autonomía absoluta sólo surte efecto en espíritus ya consolidados cultural o académicamente. Si bien la academia recurre en algunos casos a la lectura y al estudio impuesto, combinando esa imposición con lecturas libres, por lo general utiliza efectivas herramientas coercitivas, apoyada en los mecanismos de poder que proporciona la estructura académico-administrativa. Y aunque parezca contradictorio el mecanismo funciona. O mejor, funciona y no funciona. Y cuando funciona, la lectura deja huellas.
    ¿Qué es lo que sucede entonces? ¿Qué le otorga a esa exigencia impositiva un rasgo de validez? ¿Por qué funciona la imposición de la lectura y en qué nivel? Pues bien, esa validez relativa la proporciona el conocimiento. Ya habíamos quedado anteriormente en que el goce precisa de un conocimiento previo, pues a nadie le puede gustar algo que no conoce. Por eso, cuando la obligatoriedad deriva en conocimiento, simultáneamente se generan las condiciones para el gusto. Sin embargo, este proceder no será nunca de buen recaudo porque así se renuncia a los encuentros más caros y sugestivos para el espíritu humano, a la búsqueda propia, a la confrontación directa y requerida por la necesidad del espíritu, no mediada por la imposición.
Ahora bien, existen otras imposiciones con relación a la lectura y el estudio. En últimas es la sociedad la que nos impone el estudio. Ser ignorante no es bien visto socialmente y para la familia no representa motivo de orgullo y satisfacción una actividad comercial con el rótulo antepuesto de ‘analfabeta’, por más éxito económico que ella implique El núcleo familiar actúa, entonces, como reproductor de exigencias sociales. Sólo después vienen otras motivaciones: los anhelos personales y la liviandad que genera la carencia de compromisos económicos de toda índole. Por todos es añorada la satisfacción de una vida medio a la bartola, dedicada únicamente al estudio, plena de amistades, rumbas y vivencias de toda clase, de logros y fracasos ocasionales y cotidianos.
Pero, independientemente de esas exigencias externas, las más significativas son las que se presentan en la confrontación texto-lector. ¿Qué sucede cuando el libro no nos acepta o, caso contrario, se convierte en cómplice de nuestra apatía intelectual bajo el pretexto de un goce trivial y efímero? Si bien los textos pueden ser exigentes con sus lectores, también les cabe ser poco exigentes y hasta permisivos, en cuyo caso se excluyen a sí mismos de cualquier tipo de exigencias. En esta última eventualidad la inteligencia se adormece, los conflictos de entendimiento a nivel del pensamiento tienden a desaparecer y en su lugar aparece lo obvio, lo rutinario, lo anecdótico. En ese mar de conjunciones triviales y escapistas se asume un goce superfluo y carente de realizaciones para el individuo.

lunes, 15 de agosto de 2011

De lecturas y exigencias II

Entre otras muchas, tal vez la más significativa de las características intelectuales del nuño, que la edad adulta aletarga en la mayoría por diversos factores, es la necesidad permanente de conocer cosas nuevas. El niño lo evidencia en su máxima expresión, frente al conocimiento de las letras y de la lectura en general. El proceso de aprendizaje le significa esfuerzo y sacrificio, incluso entregar algunas lágrimas como preciosa moneda de cambio en momentos de angustia e impotencia, pero ¿quién no recuerda la alegría y felicidad del nuño que finalmente puede ostentar ante todos que ya sabe leer?
¿Acaso en la mirada de cada uno de nosotros no ha brillada siquiera alguna vez la chispa de la admiración y del orgullo propios cuando descubrimos luego de un proceso arduo y difícil, la luz del entendimiento, el nuevo conocimiento que nos hace sentir más crecidos, algo diferente a los demás y, en suma, algo que lleva a considerarnos, no siempre con objetividad, un poquito más inteligentes. Es esa misma sensación que arde y nos abraza cuando descubrimos un secreto y todo por dentro nos impulsa a contarlo, a decirle a los demás lo que hemos descubierto, porque en ese decir se plantea algo nuevo para nosotros y para los demás y nos convierte en depositarios de saberes exclusivos, en protagonistas del mundo.
¿Recuerdan ustedes la historia del peluquero del rey Midas? No vayan a pensar que eso de que los peluqueros son chismosos son cuentos de ahora. No, esa es una vieja tradición a la que nuestros contemporáneos rinden merecido homenaje diario. Pues bien, la mítica historia cuenta que en todo el reino el único que sabía que el rey Midas tenía orejas de burro era su peluquero. Apolo, iracundo por la escogencia que el rey había hecho de Pan como mejor músico en la competencia de los dos dioses, lo castigó haciendo que le crecieran las orejas como a un burro. Y Midas, avergonzado, ocultaba la deformidad ante sus súbditos con un gorro frígio que sólo se quitaba ante el obligado corte y arreglo de cabello. Tamaña sorpresa para el peluquero y qué pesada responsabilidad. Desde luego, tampoco faltó la consecuente amenaza real de degollarlo si revelaba a alguien el secreto. ¿Qué hacer? La desazón lo carcomía por dentro y la necesidad de de contar el secreto a como diera lugar lo sumía en la desesperación; pero el temor le paralizaba la lengua y lo hacía padecer de calenturas y pesadillas. Finalmente, el peluquero encontró una forma ingeniosa de aliviar su carga y salvar el pellejo. Fue a la orilla del río, donde crecían los juncos, y abrió en la tierra húmeda un hueco profundo; luego hincó las rodillas en tierra,  hizo bocina con sus manos y gritó con voz potente dentro del hueco: “¡El rey Midas tiene orejas de burro!”. Después, tapó el hueco y se fue aliviado para su casa. Y el mito cuenta que al pasar el tiempo la noticia se difundió por todo el reino y de ello no pudo ser culpado el peluquero. La voz de éste, apresada en el hueco, se depositó también en los juncos que allí crecieron y cada vez que la brisa soplaba, de los juncos salía una voz que decía: “¡El rey Midas tiene orejas de burro!”
Así pues, el ingenio del peluquero le permitió superar una dificultad y dejar satisfecha una necesidad. Y es en esos momentos, cuando vemos realizadas nuestras posibilidades luego de grandes esfuerzos y arduos trabajos, que podemos gozar a nuestras anchas y nos llenamos de satisfacción y orgullo. Sentimos que tenemos algo especial. Caminamos de otra manera, un poco más pausados, más serenos. Percibimos que los demás nos miran con otra mirada en la que leemos eso que antes no habíamos visto: Reconocimiento. Entonces sufrimos otras transformaciones. El pecho se expande, el cuerpo toma una verticalidad inusual, la frente se despeja, la mirada se torna lejana y profunda. En fin...
Ahora bien, si frente a los retos y dificultades el ser humano hace acopio de recursos e ingenio, ¿cómo abordar los textos que presentan altos niveles de exigencia para su proceso lector? ¿Es posible acceder a plenitud a las simbologías textuales complejas mediante el estudio obligatorio o, por el contrario, cualquier persona está en capacidad de llegar a estas instancias conceptuales con el mero ejercicio de la plena libertad en sus lecturas?

lunes, 1 de agosto de 2011

De lecturas y exigencias I

En el ilimitado y difuso mundo de las creencias y concepciones, cuando se trata de establecer la capacidad de entretenimiento o de placer que genera la lectura, por lo general se presentan confusiones. Las más de las gentes y algunos editores en especial tienden a pensar que existe una relación directa entre entretenimiento, placer y trivialidad y la mayoría lo asume directamente sin tan siquiera considerarlo como motivo de reflexión. Esta concepción alimenta el estrecho parecer según el cual para gozar de una lectura no se requiere ningún tipo de exigencia intelectual y, antes por el contrario, la ingenuidad total sería la disposición más acertada para generar situaciones placenteras en el lector.
Los grandes escritores y pensadores pueden ser también malentendidos cuando hacen contrastaciones entre exigencias, placer y lectura, si no se distinguen y se decantan los finos matices que hilvanan su pensamiento. Borges, por ejemplo, recrea un concepto de Montaigne sobre la lectura obligatoria y la dificultad que ofrecen algunos libros para su lectura. Dice al respecto:
Sobre el libro han escrito de un modo tan brillante tantos escritores.  Yo quiero referirme a unos pocos.  Primero me referiré a Montaigne, que dedica uno de sus ensayos al libro.  En ese ensayo hay una frase memorable:  No hago nada sin alegría.  Montaigne  apunta a que el concepto de lectura obligatoria es un concepto falso.  Dice que si él encuentra un pasaje difícil en un libro, lo deja; porque ve en la lectura una forma de felicidad.
Recuerdo que hace muchos años se realizó una encuesta sobre qué es la pintura. Le preguntaron a mi hermana Norah y contestó que la pintura es el arte de dar alegría con formas y colores. Yo diría que la literatura es también una forma de alegría. Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado. Por eso considero que un escritor como Joyce ha fracasado esencialmente, porque su obra requiere un esfuerzo.
Un libro no debe requerir un esfuerzo, la felicidad no debe requerir un esfuerzo. Pienso que Montaigne tiene razón.”[1]
 Estas son, sin discusión alguna, grandes verdades pero que no pueden ser tomadas de manera literal y como absolutas. Una cosa es que la gente pueda leer lo que en términos generales entra a conformar su universo conceptual y cultural y otra cosa es que todos sólo puedan entender determinadas construcciones o elaboraciones simples, para alcanzar compensación y goce en la lectura. La literatura, el estudio, la música, el trabajo y todo lo que constituye el universo cotidiano de cada ser humano son formas de alegría si se asumen como tales, realizan al individuo en sus concepciones más profundas y sus estructuras formales se corresponden con las estructuras cognitivas, culturales y emocionales de quien las crea o las enfrenta intelectualmente. El goce que deviene de cualquier actividad implica entendimiento y conocimiento previo de todos los elementos e interrelaciones o urdimbres básicas que lo configuran. En caso contrario, nunca será posible ese tipo de acercamiento.
Al establecer la interrelación entre el goce y las estructuras cognitivas, culturales y emocionales del individuo, queda también establecido que todo ser humano posee una capacidad sensible que le permite gustar los placeres a su modo; son virtuosismos extremos dentro de su universo conceptual y sensible. En su discurso sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, Kant explica cómo las sensaciones de contento o disgusto obedecen menos a la condición de las cosas externas que a la sensibilidad peculiar que posee cada hombre para ser grata o ingratamente impresionado por ella y que, por consiguiente, cada quien sólo se siente feliz en tanto satisface sus inclinaciones, su naturaleza, la sensibilidad que le capacita para disfrutar grandes placeres sin exigir aptitudes especiales.[2] No obstante, sensibilidad e inclinaciones son susceptibles de cultivarse en alto grado, lo que proporciona al individuo elementos de percepción cada vez más sofisticados. Cuando eso sucede, hay que hacer referencia a “aquella inclinación que va unida a las sublimes intuiciones del entendimiento…”.[3]
Así, y en el caso que nos ocupa, la expresión de Joyce, como la de todos los grandes creadores de la cultura y el pensamiento, corresponde, además, a una dimensión de perfeccionamiento conceptual, formal y sensible. Por tanto, para leer y recrearse con esa expresión se requiere, indiscutiblemente, un esfuerzo equivalente al de su construcción por parte de un espíritu de inclinaciones y sensibilidades muy cultivadas, así como para alcanzar un ápice de felicidad en cualquier otra actividad debemos acopiar un esfuerzo proporcional.
¿Quién cree, acaso, que las cosas fáciles y llanas nos proporcionan más felicidad que aquellas en las cuales depositamos nuestras mejores y más vitales energías? La condición humana exige confrontación permanente porque sólo de ella puede nutrirse la posibilidad de hacer efectivo el cambio y la transformación. De lo contrario, nos debatiríamos en el asfixiante marasmo de lo rutinario y lo repetitivo. Estanislao Zuleta recomienda “poner un gran signo de interrogación sobre el valor de lo fácil”, no sólo por sus consecuencias, sino también por la predilección que detentamos hacia “todo aquello que no exige de nosotros ninguna superación, ni nos pone en cuestión, ni nos obliga a desplegar nuestras posibilidades.”[4]
Joyce es exigente y Borges también lo es en grado sumo. Por eso, para seguir el curso de los meandros de la conciencia de Leopold Bloom con deleite, se precisa de ilustración previa sobre la narrativa del monólogo interior o suficiente agudeza mental en el lector, que le permita ‘intuir’, en su práctica lectora, las características estructurales de esa narrativa particular que le facilita el acceso al fluir de la conciencia del personaje. El goce estético en este caso está vedado para quien no asuma la dificultad y la exigencia que plantea la compleja estructura que plantea la mente del constructor literario.
Las dificultades y exigencias son, pues, connaturales a las creaciones humanas y deben asumirse como tales. A propósito, pero referente al teatro, decía Bertolt Brecht que desde que el mundo es mundo, su finalidad, como la de todas las otras artes, consiste en divertir a la gente. Pero que, sin embargo, hay diversiones débiles (simples) y diversiones fuertes (más complejas, más sugestivas, más contradictorias y ricas en efectos).[5]
En el caso específico de la lectura, el problema se presenta cuando los niveles de intelectualidad en cultura lectora de los receptores son bajos debido a que no se ha seguido un proceso continuo de acrecentamiento cualitativo en este campo. El nivel de conceptualización y de cultura literaria en la escuela queda restringido a la muy  elemental formación que se adquiere durante el aprendizaje de las primeras letras, circunscrito a la lectura de fabulas, de los cuentos de hadas y de unas cuantas historias que parecen construidas para niños con limitaciones cognitivas. De ahí en adelante el avance en la gradación escolar no se corresponde con una apropiación conceptual, técnica y estructural de las obras mayores de la literatura universal.
De otra parte, en el orden social, la gran producción libresca y los novelones o ‘culebrones’ televisivos no sólo tienden a satisfacer a esa inmensa masa de población de bajo perfil intelectual cuya única posibilidad de goce y satisfacción en la lectura y en el video se concentra alrededor de lo anecdótico y lo truculento, sino que se cultiva para que sea así. De esta manera la cruda realidad socio educativa conduce a que lo insustancial se imponga sobre los desarrollos conceptuales de relativa complejidad.
Y si bien esta literatura es suficiente para posibilitarle a sus usuarios factores de encuentro con ámbitos desconocidos y de recreación imaginativa dentro de su limitado universo conceptual, y es suficiente también para suscitar en sus lectores la emoción que genera la expectativa sobre lo que va a suceder con su dramatismo ramplón, permitiéndole así un escape a la angustia y a la frustración cotidiana, no podemos aceptar que el ser humano esté condenado irremisiblemente a sus limitaciones por el temor de enfrentarlo al esfuerzo que debe pagar como coste para alcanzar un grado superior de goce y felicidad.


[1] .-BORGES, Jorge Luis (1985). “El libro”. En: Borges Oral.. Madrid: Bruguera, p.12.
[2] .-KANT, Inmanuel (1978). Prolegómenos a toda metafísica del porvenir. Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime. Crítica del juicio. México: Porrúa, p.133.
[3] .-Ibidem.
[4] .-ZULETA, Estanislao (1980). “Elogio de la dificultad.” En: Sobre la idealización en la vida personal y colectiva y otros ensayos. Bogotá: Procultura, p.14.
[5].-BRECHT,  Bertolt (1986). “El arte como diversión”. En: Estética y Marxismo. Tomo I. Compilación de Adolfo Sánchez Vásquez. México: Ediciones Era, p.205-206.

lunes, 25 de julio de 2011

Apertura y límites de la novela moderna en Tres Tristes Tigres II

Los personajes de Tres tristes tigres van apareciendo en el entarimado de la gran noche habanera. Son los personajes del espectáculo, de la música, de la cultura, del cine, de la televisión, de la bohemia... Emergen de la nada, sin ningún tipo de presentación, porque no la necesitan y porque en cada acción, en cada palabra y en cada gesto, condensan su verdadera razón de ser, su condición de vida, ajena a cualquier significación vinculada a su pasado. Son seres del presente, única temporalidad posible para ellos.
Portadores de su propia voz, van mostrando, uno tras otro, en un desfile multicolor de voces sobre voces, sus componentes particulares; construyen su propia dimensión y develan la fuerza con la que se destruye un mundo desmesurado del cual hacen parte. Cada uno se presenta a sí mismo como protagonista de una historia propia que se enlaza por medio de hilos invisibles con las otras historias. El innominado animador del cabaret Tropicana con su retahila biligüe; Códac, el fotógrafo de moda, el fotógrafo de las estrellas, que debería llamarse Kódac; Riné Leal, el de las traducciones leales al original;  Arsenio Cué, actor de T.V.;  Silvestre, el escritor de la escritura invisible; el bongó hecho hombre en Ribot y Bustrófedon, el rey de la parodia. Son los tigres habaneros, los magos del medio farandulero que hablan una lengua extraña para los demás y que aunque vivos y reales, pertenecen a un mundo fantasmal de confusos límites. Alrededor de ellos giran los personajes femeninos, incluso La Estrella. Todos, con la rutilante fosforescencia que expelen las estrellas del espectáculo, desarrollan en su ritual cotidiano un culto capaz de atraer a las mariposas que revolotean a su alrededor. En su conjunto, personifican los mitos alusivos al mundo nocturno de la farándula, entre los cuales alcanzan preeminencia la fama, el placer, el dinero y el sexo.
Son, además, distinguibles porque están signados por la tristeza. Son tigres tristes. A pesar del jolgorio en que viven y la multitud de la que buscan rodearse permanentemente, resalta su soledad interior, su devenir acelerado y solitario por su propia agenda cargada de acontecimientos fútiles; su necesidad de otro y de otros dentro de lo momentáneo y fugaz de la vida que transitan.

Los recursos técnicos
La claridad en torno al elemento estructural remite a los recursos técnicos utilizados y de manera específica a la combinación de distintos planos cronológicos, a la multiplicidad de voces narrativas y al uso de la parodia, de la traducción y del lenguaje en busca de determinados efectos estéticos. En especial, la fragmentación del tiempo y del espacio tiene implicaciones estructurales que son presentadas por medio de procedimientos tradicionales de composición narrativa.
Las posibilidades para recrear la ficción son múltiples. Pertenecen en gran medida tanto al constructor literario como al lector. Para ello son las memorias de Bustrófedon (grabadas en una cinta) y la lectura en un libro una página a la inversa, como vista a través de un espejo, las parodias de Silvestre a la traducción que Riné Leal hace de un relato del escritor Campbell y “algunas revelaciones” que se presentan en unas páginas en blanco. Igual cosa sucede con el tratamiento técnico del lenguaje. La geografía lingüística de La Habana (y también de la provincia cubana en menor grado) adquiere preeminencia en la novela debido al uso temático que se instaura a partir de los diversos niveles de lenguaje que se logran materializar en sus personajes por medio de figuras y juegos lingüísticos. Este es el fundamento que sustenta la aparición del multilingüismo, de anagramas y palíndromes, de asociaciones fónicas y deformaciones de grafías, así como el rompimiento que se hace del sistema semántico por medio de un lenguaje multívoco correspondiente a situaciones ambiguas y de muchos más recursos y figuras que proporcionan a los usuarios un aura que se asocia con el dominio cultural y científico en el medio analfabeto en el cual se desenvuelven.
Porque muchos de los personajes son efectivamente analfabetos. Y sus monólogos poseen la virtud de recordarnos que existe un lenguaje en los analfabetos. Lenguaje y grafía que se rescata en la obra, pues corresponde la literatura recuperar eso que aparentemente no es literatura y que se sitúa en el trasfondo de lo cotidiano como una vivencia no formalizada en la gramática y que se encuentra, por tanto, por fuera de la normatividad estilística, para incorporarlo al mundo literario, dándole plena vigencia estética.

Apertura y límites
Pues bien, se ha resaltado con suficiencia a través de tantos años, que Tres tristes tigres es un universo narrativo disímil. El acercamiento que aquí intento realizar parte de demostrar como en la obra se combinan elementos de narrativa tradicional -me estoy refiriendo de manera específica a la combinación de historias o al engaste de una historia dentro de otra- con recursos técnicos novedosos propios de la narrativa moderna. Esta combinación -de por sí compleja- determina una línea estructural (también compleja) que establece y caracteriza de manera simultánea aperturas y límites en cuanto a la plasmación del fenómeno estético.
Uno de los puntos de contacto y de discusión sobre las obras mencionadas al comienzo de esta exposición es la reflexión que se hace sobre ellas en términos contradictorios (lo que para algunos crítico referencia su condición de obras posmodernas) al poner en contacto al lector con la realidad que está fuera de sus páginas y por constituirse en un modelo que posibilita tanto la herencia literaria como la proyección de apertura con que se asume la construcción literaria que, en últimas, es el planteamiento que aquí nos orienta.
La apertura está dada en gran medida por los aspectos señalados; postura y procedimiento que hacen parte de la narrativa moderna en cuanto son buscados y asumidos conscientemente para crear un efecto determinado. No se puede decir que la apertura se presente exclusivamente por la técnica; tqmpoco, que mediante este procedimiento se elimine la trama argumental tradicional para sustituirla por un enfoque narrativo disperso, en apariencia reflejo del caos propio de la vida moderna.
En las líneas anteriores se ha tratado de demostrar la existencia de una línea estructural definida -si bien compleja- que se correspondería con las necesidades del universo que se pretendía plasmar. Al asumir la existencia de esa estructura hay que contemplar, a su vez, como ella se reviste de significación mediante la oposición convencional de orden/caos.
Desde el mismo Cervantes, se ha señalado como elementos constitutivos de la literatura moderna, la parodia  y  la  autoreflexión. En la parodia hay un rompimiento, una diferencia con el texto que se referencia. Ese rompimiento se hace a través de la ironía. Es una acción devastadora en donde se citan textos e imágenes (relación intertextual) existentes e inexistentes para cuestionar, sobre todo, su validez u originalidad. Es el juego preferido de los personajes de Cabrera Infante, quienes llegan, incluso, hasta los límites del absurdo al parodiarse a sí mismos. En Tres tristes tigres también se hace evidente su condición autoreflexiva ( histórica, política y literaria). Bustrofedón es quien más se asoma a un nivel de autoconciencia para reflejar un texto discursivo.
Ya para concluir, quiero referirme a ese decir general según el cual los pensadores de los años sesenta le pusieron una marca diferente a lo que hasta entonces se consideraba como arte. En la literatura de Latinoamérica, por lo menos, sí hubo una elaboración estética que si bien heredó elementos culturales, también abrió nuevas perspectivas.  Tres tristes tigres es una muestra de ello.

Murcia, abril 29 de 1999

Texto tomado de:
¨      Diálogos Cervantinos: Encuentros con Cabrera Infante. CERRO, Leandro; DE ANHALT, Nedda G.; ALONSO GÓMEZ, Antonia y otros. (Ensayo). Murcia, España: Cajamurcia, 2001.