lunes, 31 de octubre de 2011

La escritura en la economía

De: Salomón Kalmanovitz[1]

La Facultad de Economía de la Universidad de Stanford reformó recientemente su currículo de pregrado: aumentó los requisitos de matemáticas e introdujo un seminario obligatorio de redacción sobre temas de política económica. “La economía de hoy –reza la sustentación- es inescapablemente matemática, pero aun así estamos convencidos de que la enseñanza de la comunicación por escrito de argumentos técnicos es una de las habilidades más valiosas que podemos transmitir”.
Donald McCloskey tiene un opúsculo que se llama igual al título de esta columna, en el que señala el poco reconocimiento que tiene la escritura en algunas facultades de los Estados Unidos. El argumento con que defienden el desinterés por la comunicación es que es más importante el contenido que la forma. ¡Equivocado!, replica McCloskey: el contenido, por bueno que sea, puede perderse parcial o incluso totalmente cuando se expone con mala sintaxis, errores ortográficos, pautas de citación improvisadas, series estadísticas y gráficos mal organizados o un estilo farragoso que aburre tanto al lector que éste opta por abandonar su lectura.
McCloskey insiste en que claridad de estilo coincide generalmente con claridad mental.  Así como la economía o la matemática son lógicas con sus propias leyes de operación, el lenguaje está basado en una lógica que en sus bases no es tan distinta a las demás. Por ello no debe ser difícil para un matemático, o aun para un economista, expresarse claramente, si tan sólo ganan conciencia de que deben apropiar la lógica del lenguaje y desarrollar un estilo para comunicarse con los demás. A más de claridad es necesario seducir al lector con buena información, ritmo, risas y desenlace interesante.
A veces me encuentro con estudiantes de Economía que vienen de la Ingeniería y de las Ciencias quienes sufren de una especie de dislexia, pues enfrentan el lenguaje escrito como enemigo, acostumbrados como lo están a acortar sus raciocinios con rudimentarios telegramas matemáticos. Les cuesta un enorme trabajo apropiar el buen uso del lenguaje y sobre todo hacerse entender por lo que no comparten su formación disciplinaria. Una vez experimentan con el uso de lógicas más verbales y especulativas, como las que se encuentran en la filosofía y en las ciencias sociales, y que entienden que pueden extrapolar su lógica matemática a la escritura, que además hacerse entender produce mucha satisfacción personal, superan el escollo y desarrollan su estilo con facilidad.
Lo más frecuente es encontrar inconciencia del estudiante que cree que no tiene nada que aportar a la disciplina y no sabe cómo se proyecta cuando escribe, lo cual tiene que ver con la escasez de experiencias con la palabra y con el ensayo que encuentran a lo largo de su carrera. Es deplorable el poco desarrollo verbal que tienen los estudiantes en la primaria y secundaria del promedio de colegios en el país y el problema no se enfrenta siquiera en la inmensa mayoría de las universidades.
Profesores los hay que no leen ni escriben. Ellos son incapaces de comunicar la necesidad de hacerlo y no exigen la escritura como forma de evaluar a sus estudiantes; califican simplemente por medio de exámenes y tests la capacidad de retener información de unos pocos textos o de su sagrada palabra en clase o sea de memorizar, repetir sin avanzar.
El ensayo es, sin embargo, la forma más desarrollada de evaluación posible: obliga a un trabajo más extenso, intenso y creativo que cualquier otra prueba, reproduce las condiciones del profesional como analista o investigador pero a un nivel mucho más complejo (teórico) del que enfrenta en su trabajo. El ensayo desarrolla además un sinnúmero de habilidades, como organizar información teórica y factual, leer eficazmente y presiona al estudiante a crear una obra coherente con la información que absorbió y organizó con la aplicación de la teoría. Pero es sobre todo una prueba de libertad que contribuye a que el estudiante se vaya tornando en adulto y necesite cada vez menos del profesor.


[1] .-El Espectador (Diario) . Santafé de Bogotá,  22 de febrero de1992, p.3A

lunes, 10 de octubre de 2011

Elementos de novela policíaca en El Túnel, de Ernesto Sábato

La denominada ‘novela policiaca’ tiene como fundamento estructural un acontecimiento trascendental, usualmente un crimen, a partir del cual se desenvuelve la trama de la mano de un detective o investigador que por medio de unos indicios –falsos o ciertos-, va develando los hilos recónditos que condujeron a ese hecho –en sentido inverso como se produjeron- hasta dar con el autor del hecho motivo de investigación.
La esencia de la novela policiaca es precisamente ese proceso de investigación. El ensayista mexicano Alfonso Reyes dice al respecto:
 En la policial todo conflicto me deleita porque enriquece la investigación.”[1]
Y más adelante agrega:
En la novela policial, al contrario, una muerte es bienvenida, porque da mayor relieve al problema. Descansa el corazón y trabaja la cabeza como con un enigma lógico o una charada, como con un caso de ajedrez. Pero el trabajo no es tan intenso que fatigue, y además sabemos que, por regla, nos van a dar la solución en el último capítulo; de suerte que podemos ser un tanto pasivos si nos place, y graduar nosotros mismos la atención y la energía mental que deseamos gastar.”[2]
Así, se puede considerar que los criterios estructurales mediante los cuales se organiza y funciona la novela policial tradicional son los siguientes: el crimen, el desconocimiento de la identidad del asesino, el proceso de investigación, la intriga in crescendo.
Sin embargo, existen variables estructurales y una de ellas consiste en invertir el proceso, esto es, en comenzar por el final. En el caso del crimen, se da a conocer de entrada al asesino. Es lo que sucede en El túnel, de Ernesto Sábato. Desde las primeras de cambio el lector es enterado de quién es el asesino.
 Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesita mayores explicaciones sobre mi persona.”[3]
Además, también sabemos de entrada que Juan Pablo Castel está preso y que ya fue procesado y condenado. Así que el proceso de investigación ya se adelantó. Quedan, entonces, descartadas estas posibilidades. Así las cosas, el lector deberá buscar otro camino. Son los detalles, las motivaciones profundas del asesino para llevar a cabo el crimen, y los factores que entraron en juego en la relación entre los personajes que intervienen en el cruento suceso...


[1] .- REYES, Alfonso. Prosa y poesía. Madrid: Ediciones Cátedra, 1984.
[2] .- Ibidem.
[3] .- SÁBATO, Ernesto. El túnel. Bogotá: Casa Editorial El Tiempo, 2002, p. 7.

lunes, 3 de octubre de 2011

La religión: herramienta de explotación en Macario, de Juan Rulfo

Macario es la historia que hila en sus introspecciones un niño huérfano, con deficiencias mentales, mientras vela frente a una alcantarilla con una tabla en la mano para evitar que el canto de las ranas trasnoche a su madrina.
“Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos…”[1]
La condición de Macario se pone en evidencia en sus comportamientos, entre otros, como el de darse “de topes contra el suelo” hasta que la cabeza le suene como un tambor, o la inocencia con que le chupa a Felipa “los bultos esos que ella tiene donde tenemos solamente las costillas” para sacarle a chorros la leche dulce y caliente que le sacia el hambre.
La permanencia de Macario en casa de la madrina pasa por tres condicionantes: la comida, el afecto y la religión. Tanto Felipa como la madrina lo tratan bien y por eso él las quiere. Y lo de la comedera es la gran cosa. “Y mientras encuentre de comer aquí en esta casa, aquí me estaré”. Sin embargo, es el dominio ideológico que se ejerce por medio de la religión lo que condiciona la vida de Macario en casa de ‘su madrina’. En este aspecto es claro la forma en que la sociedad latinoamericana, y en especial el grupo social dominante, utiliza la religión para ejercer dominio ideológico sobre las personas de los estratos bajos y consumar una explotación material del trabajo de estas personas.
Felipa “sólo se está en la cocina arreglando la comida de los tres”, lo demás le toca a Macario. Es evidente que Felipa y Macario viven sometidos y condicionados por sus creencias religiosas, cuyas prédicas son difundidas y utilizadas por el señor cura y por la supuesta madrina de Macario para afianzar el dominio y la explotación que ejercen sobre ellos, que se muestran débiles e indefensos.
Las palabras del señor cura resuenan en la mente de Macario:
 “El camino de las cosas buenas está lleno de luz. El camino de las cosas malas es oscuro”[2]
Por eso Macario le tiene miedo a la oscuridad, porque la oscuridad es propicia para que se aparezcan los pecados con que lo amenazan permanentemente.
 “Pero no prendo el ocote. No vaya a suceder que me encuentren desprevenido los pecados por andar con el ocote prendido buscando todas las cucarachas que se meten por debajo de mi cobija…”[3] 
Ahora bien, para la madrina la presencia de Macario en su casa es un buen negocio. Le cuesta poco mantenerlo y los oficios que le corresponden se extienden desde la madrugada, cuando sale a barrer la calle, hasta avanzada la noche cuando vela frente a la alcantarilla para que su madrina duerma plácidamente sin que la moleste el canto de las ranas, pasando por acarrear leña, lavar los trastes, dar de comer a los puercos flacos y a los puercos gordos. ¿A cambio de qué trabaja Macario? ¡A cambio de un montoncito de comida!
“Luego es mi madrina la que nos reparte la comida. Después de comer ella, hace con sus manos dos montoncitos, uno para Felipa y otro para mí.”[4]
Es por esto que Macario vive hambriento a toda hora. No es para menos con la poca comida que le dan y el duro trabajo que le toca realizar. El hambre lo obliga a comerse todo lo que encuentra y que no representa gasto para su madrina: Se come las flores del obelisco y de los arrayanes, la leche de la chiva y de la puerca recién parida, la leche que le sale de los bultos que tiene Felipa en las costillas cuando quiere acostarse con él, el montoncito de comida de Felipa cuando ella no quiere comer, el garbanzo remojado que le da a los puercos gordos y el maíz seco de los puercos flacos, e incluso, su propia sangre cuando los muchachos de la calle le hacen rajaduras en la cara y en las rodillas con piedras filosas.
A la anterior descripción  de la explotación a que es sometido Macario hay que agregar las condiciones en que duerme:
“Me acuesto sobre mis costales, y cuando siento alguna cucaracha caminar con sus patas rasposas sobre mi pescuezo…También hay alacranes. Cada rato se dejan caer del techo y uno tiene que esperar sin resollar a que ellos hagan su recorrido por encima de uno hasta llegar al suelo”.[5]
Mientras todo eso sucede, la madrina incentiva el temor de Macario con símbolos religiosos. Lo lleva a la misa de los domingos a escuchar el sermón del señor cura y le amarra las manos con su rebozo para que no haga locuras.
“Y mi madrina dice que si en mi cuarto hay chinches y cucarachas y alacranes es porque me voy a ir a arder en el infierno si sigo con mis mañas de pegarle al suelo con mi cabeza”.[6]
Y si se duerme y las ranas cantan, entonces la madrina se llenará de coraje y le pedirá  a alguno de la hilera de santos que tiene en su cuarto que mande a los diablos por él para llevarlo a la condenación eterna.
Además, la misma Felipa  hace otro tanto cuando tiene ganas de acostarse con él, y dice.
“…que ella le contará al Señor todos mis pecados. Que irá al cielo muy pronto y platicará con Él pidiéndole que me perdone toda la mucha maldad que me llena el cuerpo de arriba abajo. Ella le dirá que me perdone, para que yo no me preocupe más. Por eso se confiesa todos los días. No porque ella sea mala, sino porque yo estoy repleto por dentro de demonios, y tiene que sacarme esos chamacos del cuerpo confesándose por mí. Todos los días. Todas las tardes de todos los días. Por toda la vida ella me hará ese favor. Eso dice Felipa.”[7]


[1] .-RULFO, Juan. Pedro Páramo y El llano en llamas. México: Editorial Planeta, 1989, p.109.
[2] .-Ibid, p.111.
[3] .-Ibid, p.112
[4] .-Ibid, p. 109.
[5] .-Ibid, p. 112.
[6] .-Ibid, p-111.
[7] .-Ibidem.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Literatura y realidad: Cien Años de Soledad y la masacre de las bananeras

El año 1928 es una fecha cruenta en la historia de Colombia. Ese año el gobierno conservador de Abadía Méndez perpetró la matanza de los trabajadores de la zona bananera en la plaza de Ciénaga, departamento del Magdalena.
Los trabajadores de la United Fruit Company se encontraban en huelga exigiendo mejores condiciones laborales. Entre sus principales peticiones estaban: un contrato laboral de 8 horas y mejores servicios de salud. El gobierno de Abadía Méndez había nombrado al coronel Carlos Cortés Vargas como Jefe Civil y Militar de la provincia, con plenos poderes, y con el encargo expreso de someter a los huelguistas.
La huelga se mantenía inalterable a pesar de los múltiples intentos del gobierno y de compañía bananera por alterar la voluntad de la población con medidas extremas. A un llamado de Cortés Vargas para que los trabajadores se concentraran en la plaza de Ciénaga con la promesa de interceder a favor de ellos y solucionar el conflicto, éstos abarrotaron la plaza con sus mujeres y sus hijos. Después de varias horas de estar esperando infructuosamente el acuerdo anunciado, el ejército disparó a la muchedumbre indefensa los nidos de ametralladoras que previamente había instalado en las azoteas de las casas que rodeaban la plaza. Los sobrevivientes fueron rematados por los soldados degollándolos con las bayonetas. El entonces Representante a la Cámara, Jorge Eliécer Gaitán, al denunciar el hecho ante el Congreso, dijo sobre la situación que vivían las familias de los trabajadores y la ilusión con que acudieron a la plaza en busca de una solución:
 “Pensando que aquel pueblo se batía inútilmente en los límites del hambre ya que no podía trabajar, pensando que las esposas tenían que atender el sustento de sus pequeños hijos porque sus padres estaban en las montañas atemorizados por el plomo cobarde y homicida”[1]
Se pone de presente la persecución a que eran sometidos los trabajadores de la compañía bananera y “cómo tenían que huir atemorizados por las balas del ejército colombiano al servicio de la compañía extranjera que explotaba a los mismos colombianos”.
Pues bien, estos mismos hechos, la primera matanza de cientos de trabajadores perpetrada de manera pública por un gobierno colombiano para salvaguardar los intereses particulares de una empresa extranjera, los relata el escritor Gabriel García Márquez en Cien años de soledad en los siguientes términos:
 “El nuevo Aureliano había cumplido un año cuando la tensión pública estalló sin ningún anuncio. José Arcadio Segundo y otros dirigentes sindicales que habían permanecido hasta entonces en la clandestinidad aparecieron intempestivamente un fin de semana y promovieron manifestaciones en los pueblos de la zona bananera.”[2]
El conflicto social que denunciaban los trabajadores de la compañía bananera y que se narra con sus características principales en la novela es de grandes consecuencias para la sociedad colombiana del momento y de las décadas siguientes, al punto que todavía se siguen presentando luchas sindicales por los mismos hechos.
 “La inconformidad de los trabajadores se fundaban esta vez en la insalubridad de las viviendas, el engaño de los servicios médicos y la iniquidad de las condiciones de trabajo.”[3]
Es evidente que la novela se recrea en los hechos reales e históricos al trasladar al mundo de la ficción lo que efectivamente sucedió en la zona bananera. Después de varios meses de gestación de la inconformidad social estalló la huelga. “La huelga grande estalló”, cuenta la novela y a partir de ahí se desencadenan los hechos que van a culminar con la masacre en la plaza de Macondo. Tal como sucede en la vida real en Ciénaga, existe una correlación con los hechos que se presentan en la plaza de Macondo, en la novela. El ejército colombiano, al servicio de una empresa extranjera, asesinó cobardemente a los trabajadores, a sus mujeres y niños, a los cuales había citado en esa plaza con el engaño de que la compañía bananera aceptaría las exigencias de los trabajadores.
Esa acción vil y cobarde la denunciará en el Congreso de la República, el representante Jorge Eliécer Gaitán en los siguientes términos:
 “El señor Cortés Vargas ante la tragedia inaudita de la cual es uno de los autores, necesitaba tocar el patriotismo y nos inventó los buques de guerra americanos. Esta afirmación, que él pensó que lo reivindicaba, sin embargo, por sí sola y aun cuando así fuera, lo condena. Por qué puede pensarse de un militar que por temor a unos barcos de guerra que atrevidamente se presentan a amenazar las costas de la república, en vez de dirigir sus cañones y ametralladoras en un gesto solemne de sacrificio contra el invasor extranjero de las aguas colombianas, no encuentra otro recurso que el de volver los fusiles para asesinar a los hijos de su propia patria.”[4]
La novela narra así el momento de la masacre:
 “…y la fila de ametralladoras abrió fuego. Varias voces gritaron al mismo tiempo:
-¡Tírense al suelo! ¡Tírense al suelo!
Ya los de las primeras líneas lo habían hecho, barridos por las ráfagas de metralla. Los sobrevivientes, en vez de tirarse al suelo, trataron de volver a la plazoleta, y el pánico dio entonces un coletazo de dragón, y los mandó en una oleada compacta contra la otra oleada compacta que se movía en sentido contrario, despedida por otro coletazo de dragón de la calle opuesta, donde también las ametralladoras disparaban sin tregua. Estaban acorralados, girando en un torbellino gigantesco que poco a poco se reducía a su epicentro porque sus bordes iban siendo sistemáticamente recortados en redondo, como pelando una cebolla, por las tijeras insaciables y metódicas de la metralla.”[5]
El texto literario da cuenta, efectivamente, de un acontecimiento histórico. Pero, la versión literaria difiere en elementos sustantivos de la realidad en tanto que la ficción se encarga de que, tanto los personajes como el desarrollo de los hechos, adquieran un cariz singular en el relato matizados por elementos fantásticos.


[1] .-GAITAN, Jorge Eliécer. 1928: La masacre de las bananeras. Bogotá. Edición Los Comuneros, s.f., p.23.
[2] .-GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Cien años de soledad. Bogotá: Editorial Oveja Negra. Edición para Círculo de Lectores, 1989, p.236.
[3] .-Ibidem.
[4] .-GAITAN, Jorge Eliécer. Op. cit. ps. 56-57.
[5] .- Ibid, p.241.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Todos morimos dos veces

-Reseña-
por: Rubén Darío Otálvaro Sepúlveda[1]


Leandro Cerro Robles (Buenavista-Sucre) es profesor universitario, ensayista y escritor. Autor de los libros Textos y Pedagogía y Téccnicas de Escritura. Este intelectual sucreño acaba de publicar su primer libro de relatos titulado Todos morimos dos veces. Libro de relatos que es uno más de sus valiosos aportes a la cultura y las letras de la Costa Atlántica y del país.
Siete relatos conforman el citado libro de Cerro Robles: en primer lugar, el titulado El ojo de la pulsera,  luego El canto de la camisola, sigue El Tony, Muñ eco de trapo, Primer viernes, Lucha  y el último, Todos morimos dos veces. En ellos Leandro retoma y recrea las vivencias de la infancia, los cuentos de la tradición oral, las creencias y mitos de su tierra, las experiencias de amor y desamor de la juventud, las historias de pueblo y las anécdotas citadinas.
El primer relato El ojo de la pulsera  es una historia de misterio y suspenso al mejor estilo de Quiroga y Poe. El personaje -que puede ser el mismo autor, pues la historia está contada en primera persona- recibe de un amigo moribundo un obsequio: una cajita de madera, en la que había un cofrecillo lleno de preciosas joyas. Una de ellas, una pulsera de plata con un dije misterioso y maléfico. Objeto mágico que desencadena la historia.
El último relato que da título al libro, Todos morimos dos veces, tiene un epígrafe tomado de La otra muerte de Jorge Luis Borges que inicia y ambienta muy bien la anécdota trágica de la historia. Una historia en la que Andrus, el personaje principal, corre en un automóvil por la autopista de la gran ciudad tentando a la muerte. Mientras conduce discute con su supuesto acompañante y reflexiona acerca del destino y afirma: "Todos tenemos señalado nuestro día" y más adelante asevera: "Comprendí que el temor más grande que abriga el hombre no es a la muerte, sino a vivir más allá de la muerte". Finalmente, sucedió lo que tenía que suceder "en su alocada carrera, desbocados, los carros bordean el andén, saltan, crujen, gimen, vuelan por el aire y en un estruendo enceguecedor van a estrellarse". Lo sorpresivo y cautivante de esta historia no es el accidente en sí -hecho por demás reiterativo en diarios y noticieros- sino lo otro, lo que sigue, el desenlace inesperado, inverosímil para unos, creíble y cierto para otros.
De Cerro Robles conocíamos sus ensayos pedagógicos y su vasta cultura literaria y humanística pero no sus dotes de narrador. Posee la cualidad de saber contar una historia, conoce las técnicas narrativas, las formas de ambientar y crear la atmósfera necesaria, de recrear la realidad, de inventar personajes con rasgos físicos y emocionales creíbles, de relatar la trama desde diferentes narradores, de jugar con el tiempo y el espacio real y ficticio, de embellecer la acción con un lenguaje poético, en fin, estamos ante un gran narrador.
Bienvenido, pues, este libro de relatos y le auguramos a su autor muchos éxitos literarios. A usted, amigo lector, invitarlo amablemente a leer y disfrutar estas historias. Vale la pena leerlo, se lo aseguro.


TODOS MORIMOS DOS VECES. Leandro Cerro. Bogotá: Mundo Novus Relatos, 2000, 95 páginas.




[1] .Escritor, catedrático universitario y colaborador cultural en El Meridiano  de Montería


lunes, 5 de septiembre de 2011

Textos y Pedagogía

Caracterización y metodología de la lectura y la escritura

-Reseña-

De: Miguel Guerrero Borda[1]


La compleja y preocupante situación del estudiante que llega a la universidad y encuentra que sus precarias bases comunicativas están desfasadas en relación con los complejos procesos de aprendizaje y estudio que le plantean los diferentes saberes profesionalizantes, es el punto de reflexión que le sirve al profesor Leandro Cerro Robles para analizar los procesos de lectura y escritura y desarrollar planteamientos teórico-prácticos pertinentes a la formación básica y su proyección al desempeño universitario y profesional.
 El sugestivo libro es un diligente estudio que de entrada practica una implícita y necesaria crítica a la inconsistente preparación lingüística que se ofrece en los diferentes niveles del sistema educativo colombiano en donde no forman ni desarrollan adecuadamente la competencia comunicativa para leer con comprensión y analíticamente los textos que se requieren trabajar a nivel profesional, ni los equipa con herramientas básicas para expresar por escrito de forma coherente y autónoma su forma de pensar.
En consecuencia, libro que aborda en siete ensayos que son unitarios en sí mismos, pero que guardan una secuencialidad en el tratamiento y desarrollo del tema, la problemática de la comprensión y producción de textos científicos, literarios y técnicos en los estudiantes universitarios de cualquier área o profesión, que analiza las condiciones y determinantes del proceso de apropiación del conocimiento mediante la lectura, que focaliza el problema de la escritura como habilidad fundamental y complementaria de la lectura, pues los procesos de interacción intelectual y académica priorizan la utilización de esta habilidad.
Textos y Pedagogía parte de una referencia la mitología griega y sus correlatos cognoscitivos, que se constituyen en elementos de fundamental importancia para entender el desarrollo diacrónico del pensamiento. Lector in fábula, el lúcido ensayo de Humberto Eco sobre este mismo tema general, le sirve a Cerro Robles para reflexionar y enlazar razón e imaginación desde los mismos albores de la escritura hasta nuestros días, pues hace dos mil años no sólo era la única y verdadera fuente de conocimiento, sino que a partir del relato mítico se diferenció el pensamiento racional o logos (científico) del pensamiento imaginario o mithos (artístico).
Con ellos, se diferenciaron desde entonces dos formas de leer y comprender el mundo, aunque ambos estén íntimamente correlacionados en su función central de formar y desarrollar el universo conceptual del hombre. Sin embargo, la ficción no sólo desarrolla los contornos imaginativos del individuo sino también, y en especial, proporciona bases y fundamentos categoriales para el pensamiento objetivo y científico, de ahí que el lector de fábulas se va constituyendo de una manera creciente en un eficiente lector de textos científicos.
Una de las características fundamentales de Textos y Pedagogía es ir desarrollando planteamientos de diversa naturaleza que paulatinamente van configurando la totalidad de la temática textual. Así, en el segundo capítulo trata de los procesos conexos previos y simultáneos al acto de leer, procesos que inciden en la comprensión y descodificación del texto en forma de transformaciones semánticas que tienen que ver con las asociaciones que realiza el lector, con su universo conceptual propio, con las presuposiciones que hace el lector antes de hacer funcionar el texto o con las anticipaciones cognitivas o imaginarias. Estas transformaciones semánticas no sólo inciden en el acto de lectura sino que relativamente enriquecen el texto con adiciones y valoraciones o lo empobrecen con elipsis y supresiones diversas.
El capítulo tercero está dedicado a identificar las condiciones dentro de las cuales se desarrolla el aprendizaje académico de la lectura en la escuela primaria y secundaria: una concepción escalar de la lectura, es decir, gradual, de lo simple a lo complejo, que de ninguna manera logra incrementar el nivel de conocimiento de los estudiantes. Si a ello le agregamos el divorcio que desde la escuela se hace de la lectura con respecto a la escritura, se explica entonces los desfases de nivel de comprensión con que llegan los estudiantes a la universidad, quienes tienen que asimilar vastas cantidades de información y adoptan métodos improvisados para resolver sobre la marcha sus necesidades de apropiación de la información.
La lectura y la escritura son considerados como conceptos y procesos independientes cuando en realidad son uno solo con dos instancias o fases diferentes. Cerro Robles plantea el fenómeno lecto-escritural del siguiente modo:
«La lectura deviene en la escritura independiente de la adecuación cultural previa a la etapa escolar que ofrece elementos de pre-lectura y pre-escritura, cuando el niño aprende a leer está recogiendo simultáneamente las percepciones visuales que luego le permiten graficar los signos que ha podido identificar en su incipiente proceso racional. De esta manera la habilidad escritora se desarrolla en forma paralela a la habilidad lectora».[2]
De ello se deduce que «el acto de escribir involucra necesariamente al acto de leer», lo que para Cerro Robles es distorsionado a través del proceso pedagógico:
«El énfasis que se hace tanto en los estudios como en la práctica pedagógica sobre el carácter independiente de ambos procesos está basado y tiene su origen en la virtualidad que adquiere uno de los dos cuando el otro predomina como realización lingüística».[3]
Así, pues, es «la escuela la que se encarga de distanciar los dos procesos (…) hasta convertirlos en caricaturas tanto de la lectura como de la escritura» sin visos de funcionalidad para los estudiantes, hasta que finalmente quedan limitados a «ejercicios aislados, de poca o nula utilidad en su vida diaria». De ahí que, trabajar con conceptos y procesos diferentes genera consecuencias de grave distorsión en los efectivos y potenciales lectores y escritores que prepara la escuela.
Ya en el capítulo cuarto el autor hace una aproximación sistemática sobre las actividades que debe realizar el lector con los textos de estudio para entender y aprovechar al máximo su contenido. Recurriendo al modelo teórico de la lingüística textual unas veces, y a la semiología otras, el profesor Cerro Robles nos ofrece un espacio teórico-práctico de convergencia donde a partir del excelente ensayo de Jorge Luis Borges sobre el libro nos va analizando a manera de paradigma la estructura semántica (temática) del texto, dilucidando las conexiones, niveles y relaciones hasta explicitarnos todo el corpus conceptual de la conferencia de Borges. En consecuencia, la lectura de este capítulo será eficaz si promueve una propedéutica que tenga como objetivo el «enriquecimiento conceptual del lector».
En la quinta parte del libro, el mito griego de Ifigenia, hija del héroe Agamenón y Clitemnestra, le sirve al autor como alegoría para ilustrar una legendaria concepción del libro y la lectura mediante la cual sólo se accede realmente al libro por medio de la cultura, es decir, de un rito que consiste en iniciar al futuro lector en sus secretos y en sus significados ocultos y hacerlo devoto de él. A la cultura, en este contexto, sólo se llega mediante un proceso cultural en el cual se aprende las claves y los significados de ese acto casi litúrgico. Así el libro abriría posibilidades infinitas para que el lector reconozca la realidad que enriquece la condición humana.
Los dos capítulos finales están dedicados a analizar el fenómeno desde la perspectiva de la producción escrita: en uno establece los presupuestos indispensables para un reencuentro con la escritura resaltando que ésta no es otra cosa que el desarrollo y perfeccionamiento de ciertas cualidades «por medio del trabajo y la dedicación que proporciona el oficio de escritor»; en el otro analiza las condiciones que hacen posible el acto de lectura y escritura. Para esto, caracteriza el texto a nivel estructural: el texto en tanto objeto simbólico susceptible de ser interpretado es una fuente de sentido que debe ser «actualizado» por el lector y como tal tendría las siguientes características: legibilidad, estructuralidad y funcionalidad. Pero más allá de sus rasgos un texto debe valorarse como un espacio sígnico para el análisis, la producción y reelaboración de un saber y en consecuencia se constituye en una herramienta de conocimiento básica del proceso educativo. Sin embargo, dada la tipología de textos (narrativos, argumentativos, expositivos o descriptivos), éstos conjugan diferentes intereses para potenciales lectores y escritores.
La actitud crítica frente a los procesos pedagógicos que de tiempo atrás se implementan en la educación contemporánea y un trabajo investigativo que busca adecuar y aplicar algunos planteamientos teóricos de la lingüística y la literatura al aula de clase, dan como resultado este pequeño volumen que se constituye desde ya en una guía de consulta para investigadores, estudiantes, docentes y todos aquellos interesados en los problemas actuales de la lectura y la escritura.


[1] .Catedrático. Universidad de los Llanos.
[2] .CERRO ROBLES, Leandro (1995). Textos y Pedagogía. Caracterización y metodología de la lectura y la escritura. (Ensayo) 2ªedición. Santa Fe de Bogotá: Universidad Externado de Colombia, p.31
[3] .Ibid, p.32

lunes, 29 de agosto de 2011

De lecturas y exigencias IV

Cuando los elementos constitutivos del texto son planos y superficiales no existen posibilidades de cuestionamiento para el lector. En estos casos no entran en juego elementos complejos en la interacción texto-lector. Y al no encontrar ningún tipo de dificultades el lector chapalea en el texto como lo haría un adulto que se baña en una bañera para niños. El conflicto que genera la confrontación entre dos realidades distintas, entre dos modalidades de pensamiento, y la tensión que de ello se deriva se reemplaza por la placidez y la pantomima de un pseudoconflicto que tiene su resolución a la vista, sin mayor esfuerzo, sin ningún tipo de exigencia.
En su magistral ensayo ‘Sobre la lectura’[1], Estanislao Zuleta se apoya en Nietzsche para rechazar la lectura de “los hombres que se apresuran”, que viven de afán, y pone el acento en “la lectura lenta, cuidadosa y rumiante”, para concluir “que leer es trabajar”.  Y luego expresa de manera contundente:
“No hay textos fáciles; no busquen facilidad por ninguna parte, no busquen la escalera, primero Marta Harneker, después Althusser; eso es lo peor; no hay autores fáciles, lo que hay son lectores fáciles, que leen con facilidad porque no saben que no están entendiendo, por eso les parece más sencillo Descartes que Hegel. Toda lectura es ardua y es un trabajo de interpretación: fundación de un código a partir del texto…”[2]
Cuando Zuleta dice que no hay textos fáciles se está refiriendo a que cada “texto produce su propio código por las relaciones que establece entre sus signos”; pero esa relación no necesariamente en todos los casos entraña complejidad.  Así que si no hay trabajo al leer, no existen posibilidades reales de crecimiento. Y la falacia del pseudoconflicto en los textos usualmente denominados ‘comedias’ tampoco alcanza el grado de caracterización de la gran comedia –una de las realizaciones humanas más complejas y problemáticas- puesto que carece del ingenio, la sátira y la caricatura de los defectos humanos tanto en su dimensión social como en lo individual, de la confrontación de los ritmos narrativos, de la riqueza simbólica del lenguaje figurado y de todos aquellos componentes adicionales en forma y contenido que finalmente se vierten en chispeantes situaciones cómicas.
En fin, el lector, ya sea en plan de estudio, recreación o investigación, debe comprender que el acrecentamiento personal y la producción intelectual no se basan en la gratuidad; el proceso académico-investigativo y las grandes satisfacciones recreativas del intelecto requieren de esfuerzos que trascienden y cualifican los mismos momentos de solaz, de tal manera que las más altas expresiones de culturas se pueden constituir, y de hecho se constituyen, en generadoras de goce, de deleite para quienes están en condiciones de percibir y apreciar los sofisticados hilos de un entramado construido por una mentalidad compleja.
Desde luego, también hay que tener presente que el mismo esfuerzo, tanto en la construcción como en la recepción del texto, genera grandes satisfacciones.  Producir intelecto exige, ante todo, alcanzar un nivel de excelencia y llegar a ella no es tarea fácil. Ese es el producto de esfuerzos y sacrificios incontables. Y ese nivel de excelencia tiene que reflejarse en la producción o en los resultados que emerjan de la mente esclarecida. Por tanto, no podemos pretender que una mentalidad cultivada en el rigor intelectual niegue la configuración de su pensamiento en aras de allanarle el camino al lector. Es a este último a quien corresponde trabajar para acceder al texto con eficiencia, lo que le permitirá, a su vez, la posibilidad del deleite.
Finalmente, bueno es anotar la existencia de otro tipo de placer que también puede vincularse a la lectura y al estudio. El placer que conlleva la ejecución de una actividad vital permite que éste  pueda ser transmitido si esa actividad le proporciona al individuo realizaciones de diverso orden. Cuando la labor profesional alcanza niveles de satisfacción y realización, cada vez se lleva a cabo con entrega total y se perfecciona de manera continua en cada desarrollo. En estos casos se logra transmitir ese mismo goce a los demás. Si el amor sólo lo puede hacer inspirar quien ama o sólo puede florecer en quien es capaz de amar, estimular el gozo y el deleite sólo lo puede hacer quien lo vive y lo siente en las fibras más puras de su ser. No importa cómo, pero de seguro que lo logra


[1] .ZULETA, Estanislao. (1982) “Sobre la lectura”. En: Sobre la idealización en la vida personal y colectiva y otros ensayos. Bogotá: Procultura.
[2] .Ibidem.