lunes, 5 de diciembre de 2011

Cortázar: Esencia y misión del maestro

A través del cuento La escuela de noche (Mundo Docente, Febrero/06), Julio Cortázar (1914-1984) retrató su paso por el Colegio Normal Mariano Acosta, una época de gobiernos infames y fraudulentos. Pero no fue ésta la única oportunidad en que el autor de Rayuela se refirió a la escuela y a la educación. En 1939, Cortázar publicó un artículo en la Revista Argentina, allí dirige a los futuros maestros y profesores una serie de reflexiones sobre el significado de la docencia y su función social. A pesar del tiempo transcurrido, las consideraciones expresadas no han perdido vigencia.
El objetivo principal del escrito consiste en poner a los estudiantes del magisterio y el profesorado frente a frente con aquellos aspectos de la realidad que no habían conocido durante su formación. Precisamente, una de las claves del texto reside en describir las causas del fracaso de un número tan elevado de maestros. Para Cortázar, una de las razones era la falta de cultura de muchos de ellos; entendiendo por cultura no el acopio de conocimientos intelectuales, sino “la actitud integralmente humana, sin mutilaciones, que resulta de un largo estudio y de una amplia visión de la realidad”.
Cortázar se pregunta si cuatro años en el Colegio Normal son suficientes para adquirir esta capacidad; como era de esperar, responde en forma negativa. El aprendizaje, afirma, recién comienza cuando uno egresa de la Escuela Normal, en ese momento en que uno se encontrará solo, “librado a la propia conducta”. Y será en el “debilitamiento de los resortes morales, en el olvido de lo que de sagrado tiene ser maestro”, donde habrá que buscar el motivo principal de tantas decepciones. Pero como él mismo señala, no se trata de hablar del pasado sino del futuro y sus docentes. (Revista Educación y Cultura)

Fragmento*:
De: Julio Cortázar
 
 “...La Escuela Normal no basta para hacer al maestro. Y quien, luego de plegar con gesto orgulloso su diploma, se disponga a cumplir su tarea sin otro esfuerzo, ése es desde ya un maestro condenado al fracaso. Parecerá cruel y acaso falso; pero un hondo buceo en la conciencia de cada uno probará que es harto cierto. La Escuela Normal da elementos, variados y generosos, crea la noción del deber, de la misión; descubre los horizontes. Pero con los horizontes hay que hacer algo más que mirarlos desde lejos: hay que caminar hacia ellos y conquistarlos.
El maestro debe llegar a la cultura mediante un largo estudio. Estudio de lo exterior, y estudio de sí mismo. Aristóteles y Sócrates: he ahí las dos actitudes. Uno, la visión de la realidad a través de sus múltiples ángulos; el otro, la visión de la realidad a través del cultivo de la propia personalidad. Y, esto hay que creerlo, ambas cosas no se logran por separado. Nadie se conoce a sí mismo sin haber bebido la ciencia ajena en inacabables horas de lecturas y de estudio; y nadie conoce el alma de los semejantes sin asistir primero al deslumbramiento de descubrirse a sí mismo. La cultura resulta así una actitud que nace imperceptiblemente; nadie puede despertarse mañana y decir: «Sé muchas cosas y nada más». La mejor prueba de cultura suele darla aquél que habla muy poco de sí mismo; porque la cultura no es una cosa, sino que es una visión; se es culto cuando el mundo se nos ofrece con la máxima amplitud; cuando los problemas menudos dejan de tener consistencia; cuando se descubre que lo cotidiano es lo falso, y que sólo lo más puro, lo más bello, lo más bueno, reside la esencia que el hombre busca. Cuando se comprende lo que verdaderamente quiere decir Dios.
Al salir de la Escuela Normal, puede afirmarse que el estudio recién comienza. Queda lo más difícil, porque entonces se está solo, librado a la propia conducta. En el debilitamiento de los resortes morales, en el olvido de lo que de sagrado tiene es ser maestro, hay que buscar la razón de tantos fracasos. Pero en la voluntad que no reconoce términos, que no sabe de plazos fijos para el estudio, está la razón de muchos triunfos. En la Argentina ha habido y hay maestros: debería preguntárseles a ellos si les bastaron los cuatro años oficiales para adquirir la cultura que poseen. «El genio –dijo Buffon- es una larga paciencia». Nosotros no requerimos maestros geniales; sería absurdo. Pero todo saber supone una larga paciencia.
Alguien afirmó, sencillamente, que nada se conquista sin sacrificio. Y una misión como la del educador exige el mayor sacrificio que puede hacerse por ella. De lo contrario, se permanece en el nivel del «maestro correcto». Aquéllos que hayan estudiado el magisterio y se hayan recibido sin meditar a ciencia cierta qué pretendían o qué esperaban más allá del puesto y la retribución monetaria, ésos son ya fracasados y nada podrá salvarlos sino un gran arrepentimiento . Pero yo he escrito estas líneas para los que han descubierto su tarea y su deber. Para los que abandonan la Escuela Normal con la determinación de cumplir su misión. A ellos he querido mostrarles todo lo que les espera, y se me ocurre que tanto sacrificio ha de alegrarnos. Porque en el fondo de todo verdadero maestro existe un santo, y los santos son aquellos hombres que van dejando todo lo perecedero a lo largo del camino, y mantienen la mirada fija en un horizonte que conquistar con el trabajo, con el sacrificio o con la muerte”.

lunes, 21 de noviembre de 2011

El conocimiento de la ignorancia

Karl   Popper *

DOCE PRINCIPIOS QUE DEBEN REGIR NUESTRA INTEGRIDAD INTELECTUAL.  **


(...) Me gustaría proponerles algunos principios de una nueva ética profesional, principios que están estrechamente relacionados con las ideas éticas de tolerancia y de honestidad intelectual.
Con este fin voy a describir primero la antigua  ética profesional y, quizá, caricaturizarla un poco, para luego compararla y contrastarla con la nueva ética profesional que deseo proponer aquí.
Hay que reconocer que la antigua ética profesional se basó, como también se basa la nueva, en los conceptos de verdad, de racionalidad y de responsabilidad intelectual. Con la diferencia de que la antigua ética se basó en el concepto de conocimiento personal y en la idea de que es posible llegar al conocimiento cierto, o al menos acercarse lo más posible. Por esta razón, el concepto de autoridad personal desempeñó un papel importante en la antigua ética profesional. En contraste, la nueva ética se basa en el concepto de conocimiento objetivo, y de conocimiento incierto. Esto exige un cambio radical en nuestra manera de pensar. Lo que tiene que cambiar es el papel desempeñado por los conceptos de verdad, racionalidad, honestidad intelectual y responsabilidad intelectual. (...)
Mi sugerencia es que la nueva ética profesional que propongo aquí se base en los doce principios siguientes, con los cuales termino mi discurso.
  1. Nuestro conocimiento objetivo conjetural continúa superando con diferencia lo que el individuo puede abarcar. Por consiguiente: no hay autoridades. Esta importante conclusión también se puede aplicar a materias especializadas y a campos específicos de investigación.
  2. Es imposible evitar todos los errores, e incluso todos aquellos que, en sí mismos, son evitables. Todos los científicos cometen equivocaciones continuamente. Hay que revisar la antigua idea de que se pueden   evitar los errores y que, por tanto, existe la obligación de evitarlos: la idea en sí encierra un error.
  3. Por supuesto, sigue siendo nuestro deber hacer todo lo posible para evitar errores. Pero precisamente para evitarlos debemos ser conscientes, sobre todo, de la dificultad que esto encierra y del hecho de que nadie logra evitarlos (...)
  4. Los errores pueden existir ocultos al conocimiento de todos incluso en nuestras teorías mejor comprobadas; así, la tarea específica del científico es buscar tales errores. Descubrir que una teoría bien contrastada, o que una  técnica usual práctica son erróneas,  podría  ser un descubrimiento de máxima importancia.
  5. Por lo tanto, tenemos que cambiar nuestra actitud hacia nuestros errores. Es aquí donde hay que empezar nuestra reforma práctica de la ética. Porque la actitud de la antigua ética profesional nos obliga a tapar nuestros errores, a mantenerlos secretos y a olvidarnos de ellos tan pronto como sea posible.
  6. El nuevo principio  básico  es  que  para  evitar  equivocarnos,   debemos  aprender   de nuestros propios   errores.   Intentar  ocultar  la existencia   de  errores   es el pecado más grande   que existe.
  7. Tenemos que estar continuamente al acecho para detectar errores, especialmente los propios, con la esperanza de ser los primeros en  hacerlo. Una  vez detectados,  debemos estar seguros de  recordarlos,     examinarlos  desde todos  los  puntos  de vista  para  descubrir por qué   se  cometió  el  error.
  8. Es parte  de   nuestra tarea el tener y  ejercer  una  actitud   autocrítica,  franca y      honesta  hacia      a   nosotros  mismos.
  9. Puesto  que   debemos  aprender   de nuestros   errores,     así   mismo  debemos  aprender  a  aceptarlos,  incluso  con  gratitud,  cuando nos  lo señalan  los  demás.  Y cuando   llamamos   la atención  a otros  sobre  sus  errores   deberíamos  siempre  tener   en cuenta   que los científicos más grandes  los  han  cometido  (...).
  10. Tenemos  que  tener  claro en nuestra propia  mente  que   necesitamos  a los demás para   descubrir y  corregir  nuestros errores  (de la  misma  manera  en que  los   demás  nos  necesitan   a  nosotros) y,  sobre   todo,  necesitamos a gente  que se  haya educado  con diferentes  ideas en  un  mundo  cultural   distinto. Así se consigue  la    tolerancia.
  11. Debemos  aprender que  la autocrítica  es  la   mejor crítica,   pero   que    la  crítica   de   los   demás   es  una     necesidad.      Tiene   casi  la  misma  importancia  que  la  autocrítica.
  12. La crítica   racional  y  no   personal  ( u   objetiva),  debería  ser  siempre  específica:   Hay   que  alegar   razones   específicas  cuando  una   afirmación   específica  o   una  hipótesis   específica     o     un   argumento  específico  nos   parece  falso   o  no   vàlido.   Hay   que   guiarse por    la  idea   de acercamiento  a   la   verdad  objetiva.   En este  sentido,   la  crítica   tiene  que   ser  impersonal,    pero   debería  ser  a la  vez benévola(...). 

* .-Karl Popper (1902-1994) filósofo británico de origen austriaco, fue uno de los más grandes filósofos del siglo XX.
** .-Fragmentos del discurso de investidura como doctor “Honoris Causa”, de la Universidad Complutense de Madrid,  que pronunció el 28 de octubre de 1991 con el título: “El conocimiento de la ignorancia. Debemos vigilar constantemente nuestra integridad personal”.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Sobre la vida y el amor

CARTA DE RAINER MARIA RILKE[1]

A  Friedrich  Westhoff[2]
                                                           Roma, Villa Strohl-Fern,
29 de abril de 1904

Mi querido Friedrich:

Hemos tenido noticias de ti muchas veces en este tiempo, a través de madre, y sin saber con más exactitud de ti, sentimos, sin embargo, que pasas una época difícil. Madre no te podrá ayudar nada, pues, en el fondo, nadie puede ayudar en la vida a otro; esto es lo que se vuelve a percibir siempre en todo conflicto y toda confusión: que uno está solo.
Eso no es tan malo como puede parecer a primera vista; incluso, es lo mejor en la vida que cada cual tiene en si mismo: su destino, su porvenir, toda su amplitud y su mundo. Ahora bien, es cierto que hay momentos en que es difícil estar en sí y permanecer dentro del propio yo; ocurre que precisamente en los momentos en que más sólidamente y -casi se diría- más tercamente que nunca, uno debería aferrarse a uno mismo, se liga a algo exterior, mientras un acontecimiento más importante traslada el centro propio desde uno mismo a lo extraño, a otras personas. Esto va contra la más simple ley del equilibrio, y de aquí sólo pueden resultar dificultades.
Clara y yo, querido Friedrich, nos hemos encontrado de acuerdo y nos hemos entendido precisamente en que toda comunidad sólo puede consistir en el fortalecimiento de dos soledades vecinas, pero que todo lo que se suele llamar entrega, es perjudicial a la comunidad, por su esencia: pues si una persona se abandona, ya no es nada, y si dos personas se abandonan a sí mismas para entrar una en otra, ya no hay suelo bajo ellas, y su compañía es una caída constante.
No sin grandes dolores, mi querido Friedrich, nos hemos dado cuenta de esto; hemos experimentado lo que llega a saber de un modo o de otro todo el que quiere una vida propia.
Alguna vez, cuando sea maduro y más viejo, quizá llegue a escribir un libro, un libro para jóvenes; no porque quizá crea haber sabido algo mejor que los demás. Al contrario, porque todo se me ha hecho mucho más difícil que a otros jóvenes, desde la infancia y durante toda mi juventud.
Ahí he notado y he vuelto siempre a notar que apenas hay algo más difícil que quererse. Que el trabajo es ganar el jornal de cada día, Friedrich, el jornal; Dios sabe que no hay otra palabra para ello. Y a eso se añade todavía que los jóvenes no están preparados a tan difícil amor; pues la convención ha intentado hacer algo fácil y frívolo de esta complicada y suprema relación, y le ha dado el aspecto de que todos podrían. Pero no es así. El amor es algo difícil, y es más difícil que lo demás, porque, en otros conflictos, la Naturaleza misma invita al hombre a concentrarse, a reunirse en sí mismo con todas sus fuerzas, mientras que en la crecida del amor está la incitación a disiparse completamente. Pero piensa sólo: ¿puede ser algo hermoso, entregarse no como algo entero y ordenado, sino según el azar, trozo a trozo, como viene a mano? ¿Puede tal entrega, que parece algo tan semejante a un lanzamiento y desgarramiento, ser algo bueno; puede ser dicha, gozo, progreso? No, no lo puede ser... Cuando regalas flores a alguien, las encargas antes, ¿no es verdad? Pero los jóvenes que se quieren, se arrojan uno a otro en la impaciencia y prisa de su pasión, y no observan qué defecto de mutua valoración hay en esa entrega sin despejar; sólo lo notan con asombro y desgana en el desacuerdo que brota entre ellos, de todo ese desorden. Y si al principio hay falta de unidad, luego crece la confusión con cada día; ninguno de los dos tiene ya en torno suyo nada que no esté roto, nada puro y sin corromper, y en medio del desconsuelo de una ruptura, tratan de retener la apariencia de su dicha (pues por causa de la dicha hubo de ser todo eso, sin embargo). ¡Ay! Apenas pueden ya darse cuenta de qué entienden por dicha. En su inseguridad, cada cual se vuelve más injusto contra el otro; los que querían hacerse el bien juntos, ahora chocan de modo tiránico e impaciente, y en el esfuerzo por salir de algún modo de la insostenible e insoportable situación de su enredo, cometen la mayor falta que puede ocurrir en las relaciones humanas: se ponen impacientes. Se empujan a una resolución, a llegar a una decisión que ellos creen definitiva; intentan consolidar de una vez para siempre su relación, cuyas sorprendentes alteraciones les han asustado, para que desde entonces siga siendo la misma eternamente (como dicen). Este es sólo el último error en esta larga cadena de errores que se unen el uno al otro. Ni siquiera lo muerto se deja consolidar definitivamente (pues se corrompe y cambia a su manera); ¡cuánto menos se puede tratar lo vivo decisivamente, de una vez para todas! Pues vivir es transformarse, y las relaciones humanas, que son un extracto de vida, son lo más cambiable de todo, suben y bajan de minuto en minuto; y los que viven son aquellos en cuya relación y contacto ningún momento se parece a otro; personas entre quienes nunca tiene lugar algo usado, algo que ya haya existido alguna vez, sino lo puramente nuevo, lo inesperado, lo inaudito. Hay tales relaciones, que deben de ser una dicha muy grande, casi insoportable, pero sólo pueden entablarse entre personas de gran riqueza, y de tal modo, que cada cual sea para sí, rico, ordenado y concentrado; sólo dos mundos amplios, profundos y propios pueden enlazarse. Las personas jóvenes -es evidente- no pueden obtener semejante relación, pero, si comprenden adecuadamente su vida, pueden crecer despacio hasta tal dicha y prepararse para ella. Deben, si aman, no olvidar que son principiantes, chapuceros de la vida, aprendices del amor; deben aprender el amor, y para eso (como para todo aprendizaje) hace falta paz, paciencia y concentración.
Tomar el amor en serio y padecerlo y aprenderlo como un trabajo, esto es, Friedrich, lo que les hace falta a los jóvenes. La gente también ha malentendido, como tantas otras cosas, la posición del amor en la vida: lo han hecho juego y diversión, porque creían que el juego y la diversión son más felices que el trabajo, pero no hay nada más dichoso que el trabajo; y el amor, precisamente por ser la suprema dicha, no puede ser sino trabajo. Así, pues, quien ama, debe intentar comportarse como si tuviera un gran trabajo: debe estar muy solo y entrar en sí y concentrarse y consolidarse; debe trabajar, debe llegar a ser algo.
Pues, Friedrich, créeme: cuánto más se es, más rico es todo lo que se experimenta. Y quien quiera tener en su vida un amor profundo, debe ahorrar y reunir para ello y juntar miel.
No hay que desesperar nunca, si a uno se le ha perdido algo, una persona o un gozo o una dicha: todo vuelve otra vez más espléndido. Lo que debe caer, cae;  lo que nos pertenece queda con nosotros, pues todo marcha según leyes, que son más grandes que nuestra comprensión y con las que sólo estamos aparentemente en contradicción. Se debe vivir en uno mismo y pensar en toda la vida, en todas sus millones de posibilidades, de amplitudes y de futuros, frente a los cuales no hay nada pasado ni perdido...
Pensamos mucho en ti, querido Friedrich; nuestra convicción es ésta: que en el enredo de los acontecimientos hace mucho tiempo que, por ti mismo habrías encontrado tu única salida propia, la única que te puede servir, si no tuvieras todavía encima toda la carga del año de servicio militar. Recuerdo que después de mi encerrada época de escuela militar, mi impulso de libertad y mi deformado sentido de mí mismo (que primero se tuvo que recobrar de los golpes recibidos), me quisieron llevar a errores y deseos que no son propios de mi vida, y tuve la suerte de que estaba ahí mi trabajo: en él encontré y me encuentro a diario y no busco ya otra cosa. Así hacemos los dos: así es la vida de Clara y la mía. Y tú también llegarás a ello, con toda seguridad. Ten buen ánimo: lo tienes todo por delante, y el tiempo que pasa en dificultades, nunca está perdido. Te saludamos, querido Friedrich, de todo corazón.

Rainer y Clara.


[1].- Poeta checo (1875-1926). Texto tomado de: Cartas a un joven poeta.
[2].- Hermano de la mujer de Rilke.

lunes, 31 de octubre de 2011

La escritura en la economía

De: Salomón Kalmanovitz[1]

La Facultad de Economía de la Universidad de Stanford reformó recientemente su currículo de pregrado: aumentó los requisitos de matemáticas e introdujo un seminario obligatorio de redacción sobre temas de política económica. “La economía de hoy –reza la sustentación- es inescapablemente matemática, pero aun así estamos convencidos de que la enseñanza de la comunicación por escrito de argumentos técnicos es una de las habilidades más valiosas que podemos transmitir”.
Donald McCloskey tiene un opúsculo que se llama igual al título de esta columna, en el que señala el poco reconocimiento que tiene la escritura en algunas facultades de los Estados Unidos. El argumento con que defienden el desinterés por la comunicación es que es más importante el contenido que la forma. ¡Equivocado!, replica McCloskey: el contenido, por bueno que sea, puede perderse parcial o incluso totalmente cuando se expone con mala sintaxis, errores ortográficos, pautas de citación improvisadas, series estadísticas y gráficos mal organizados o un estilo farragoso que aburre tanto al lector que éste opta por abandonar su lectura.
McCloskey insiste en que claridad de estilo coincide generalmente con claridad mental.  Así como la economía o la matemática son lógicas con sus propias leyes de operación, el lenguaje está basado en una lógica que en sus bases no es tan distinta a las demás. Por ello no debe ser difícil para un matemático, o aun para un economista, expresarse claramente, si tan sólo ganan conciencia de que deben apropiar la lógica del lenguaje y desarrollar un estilo para comunicarse con los demás. A más de claridad es necesario seducir al lector con buena información, ritmo, risas y desenlace interesante.
A veces me encuentro con estudiantes de Economía que vienen de la Ingeniería y de las Ciencias quienes sufren de una especie de dislexia, pues enfrentan el lenguaje escrito como enemigo, acostumbrados como lo están a acortar sus raciocinios con rudimentarios telegramas matemáticos. Les cuesta un enorme trabajo apropiar el buen uso del lenguaje y sobre todo hacerse entender por lo que no comparten su formación disciplinaria. Una vez experimentan con el uso de lógicas más verbales y especulativas, como las que se encuentran en la filosofía y en las ciencias sociales, y que entienden que pueden extrapolar su lógica matemática a la escritura, que además hacerse entender produce mucha satisfacción personal, superan el escollo y desarrollan su estilo con facilidad.
Lo más frecuente es encontrar inconciencia del estudiante que cree que no tiene nada que aportar a la disciplina y no sabe cómo se proyecta cuando escribe, lo cual tiene que ver con la escasez de experiencias con la palabra y con el ensayo que encuentran a lo largo de su carrera. Es deplorable el poco desarrollo verbal que tienen los estudiantes en la primaria y secundaria del promedio de colegios en el país y el problema no se enfrenta siquiera en la inmensa mayoría de las universidades.
Profesores los hay que no leen ni escriben. Ellos son incapaces de comunicar la necesidad de hacerlo y no exigen la escritura como forma de evaluar a sus estudiantes; califican simplemente por medio de exámenes y tests la capacidad de retener información de unos pocos textos o de su sagrada palabra en clase o sea de memorizar, repetir sin avanzar.
El ensayo es, sin embargo, la forma más desarrollada de evaluación posible: obliga a un trabajo más extenso, intenso y creativo que cualquier otra prueba, reproduce las condiciones del profesional como analista o investigador pero a un nivel mucho más complejo (teórico) del que enfrenta en su trabajo. El ensayo desarrolla además un sinnúmero de habilidades, como organizar información teórica y factual, leer eficazmente y presiona al estudiante a crear una obra coherente con la información que absorbió y organizó con la aplicación de la teoría. Pero es sobre todo una prueba de libertad que contribuye a que el estudiante se vaya tornando en adulto y necesite cada vez menos del profesor.


[1] .-El Espectador (Diario) . Santafé de Bogotá,  22 de febrero de1992, p.3A

lunes, 10 de octubre de 2011

Elementos de novela policíaca en El Túnel, de Ernesto Sábato

La denominada ‘novela policiaca’ tiene como fundamento estructural un acontecimiento trascendental, usualmente un crimen, a partir del cual se desenvuelve la trama de la mano de un detective o investigador que por medio de unos indicios –falsos o ciertos-, va develando los hilos recónditos que condujeron a ese hecho –en sentido inverso como se produjeron- hasta dar con el autor del hecho motivo de investigación.
La esencia de la novela policiaca es precisamente ese proceso de investigación. El ensayista mexicano Alfonso Reyes dice al respecto:
 En la policial todo conflicto me deleita porque enriquece la investigación.”[1]
Y más adelante agrega:
En la novela policial, al contrario, una muerte es bienvenida, porque da mayor relieve al problema. Descansa el corazón y trabaja la cabeza como con un enigma lógico o una charada, como con un caso de ajedrez. Pero el trabajo no es tan intenso que fatigue, y además sabemos que, por regla, nos van a dar la solución en el último capítulo; de suerte que podemos ser un tanto pasivos si nos place, y graduar nosotros mismos la atención y la energía mental que deseamos gastar.”[2]
Así, se puede considerar que los criterios estructurales mediante los cuales se organiza y funciona la novela policial tradicional son los siguientes: el crimen, el desconocimiento de la identidad del asesino, el proceso de investigación, la intriga in crescendo.
Sin embargo, existen variables estructurales y una de ellas consiste en invertir el proceso, esto es, en comenzar por el final. En el caso del crimen, se da a conocer de entrada al asesino. Es lo que sucede en El túnel, de Ernesto Sábato. Desde las primeras de cambio el lector es enterado de quién es el asesino.
 Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesita mayores explicaciones sobre mi persona.”[3]
Además, también sabemos de entrada que Juan Pablo Castel está preso y que ya fue procesado y condenado. Así que el proceso de investigación ya se adelantó. Quedan, entonces, descartadas estas posibilidades. Así las cosas, el lector deberá buscar otro camino. Son los detalles, las motivaciones profundas del asesino para llevar a cabo el crimen, y los factores que entraron en juego en la relación entre los personajes que intervienen en el cruento suceso...


[1] .- REYES, Alfonso. Prosa y poesía. Madrid: Ediciones Cátedra, 1984.
[2] .- Ibidem.
[3] .- SÁBATO, Ernesto. El túnel. Bogotá: Casa Editorial El Tiempo, 2002, p. 7.

lunes, 3 de octubre de 2011

La religión: herramienta de explotación en Macario, de Juan Rulfo

Macario es la historia que hila en sus introspecciones un niño huérfano, con deficiencias mentales, mientras vela frente a una alcantarilla con una tabla en la mano para evitar que el canto de las ranas trasnoche a su madrina.
“Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos…”[1]
La condición de Macario se pone en evidencia en sus comportamientos, entre otros, como el de darse “de topes contra el suelo” hasta que la cabeza le suene como un tambor, o la inocencia con que le chupa a Felipa “los bultos esos que ella tiene donde tenemos solamente las costillas” para sacarle a chorros la leche dulce y caliente que le sacia el hambre.
La permanencia de Macario en casa de la madrina pasa por tres condicionantes: la comida, el afecto y la religión. Tanto Felipa como la madrina lo tratan bien y por eso él las quiere. Y lo de la comedera es la gran cosa. “Y mientras encuentre de comer aquí en esta casa, aquí me estaré”. Sin embargo, es el dominio ideológico que se ejerce por medio de la religión lo que condiciona la vida de Macario en casa de ‘su madrina’. En este aspecto es claro la forma en que la sociedad latinoamericana, y en especial el grupo social dominante, utiliza la religión para ejercer dominio ideológico sobre las personas de los estratos bajos y consumar una explotación material del trabajo de estas personas.
Felipa “sólo se está en la cocina arreglando la comida de los tres”, lo demás le toca a Macario. Es evidente que Felipa y Macario viven sometidos y condicionados por sus creencias religiosas, cuyas prédicas son difundidas y utilizadas por el señor cura y por la supuesta madrina de Macario para afianzar el dominio y la explotación que ejercen sobre ellos, que se muestran débiles e indefensos.
Las palabras del señor cura resuenan en la mente de Macario:
 “El camino de las cosas buenas está lleno de luz. El camino de las cosas malas es oscuro”[2]
Por eso Macario le tiene miedo a la oscuridad, porque la oscuridad es propicia para que se aparezcan los pecados con que lo amenazan permanentemente.
 “Pero no prendo el ocote. No vaya a suceder que me encuentren desprevenido los pecados por andar con el ocote prendido buscando todas las cucarachas que se meten por debajo de mi cobija…”[3] 
Ahora bien, para la madrina la presencia de Macario en su casa es un buen negocio. Le cuesta poco mantenerlo y los oficios que le corresponden se extienden desde la madrugada, cuando sale a barrer la calle, hasta avanzada la noche cuando vela frente a la alcantarilla para que su madrina duerma plácidamente sin que la moleste el canto de las ranas, pasando por acarrear leña, lavar los trastes, dar de comer a los puercos flacos y a los puercos gordos. ¿A cambio de qué trabaja Macario? ¡A cambio de un montoncito de comida!
“Luego es mi madrina la que nos reparte la comida. Después de comer ella, hace con sus manos dos montoncitos, uno para Felipa y otro para mí.”[4]
Es por esto que Macario vive hambriento a toda hora. No es para menos con la poca comida que le dan y el duro trabajo que le toca realizar. El hambre lo obliga a comerse todo lo que encuentra y que no representa gasto para su madrina: Se come las flores del obelisco y de los arrayanes, la leche de la chiva y de la puerca recién parida, la leche que le sale de los bultos que tiene Felipa en las costillas cuando quiere acostarse con él, el montoncito de comida de Felipa cuando ella no quiere comer, el garbanzo remojado que le da a los puercos gordos y el maíz seco de los puercos flacos, e incluso, su propia sangre cuando los muchachos de la calle le hacen rajaduras en la cara y en las rodillas con piedras filosas.
A la anterior descripción  de la explotación a que es sometido Macario hay que agregar las condiciones en que duerme:
“Me acuesto sobre mis costales, y cuando siento alguna cucaracha caminar con sus patas rasposas sobre mi pescuezo…También hay alacranes. Cada rato se dejan caer del techo y uno tiene que esperar sin resollar a que ellos hagan su recorrido por encima de uno hasta llegar al suelo”.[5]
Mientras todo eso sucede, la madrina incentiva el temor de Macario con símbolos religiosos. Lo lleva a la misa de los domingos a escuchar el sermón del señor cura y le amarra las manos con su rebozo para que no haga locuras.
“Y mi madrina dice que si en mi cuarto hay chinches y cucarachas y alacranes es porque me voy a ir a arder en el infierno si sigo con mis mañas de pegarle al suelo con mi cabeza”.[6]
Y si se duerme y las ranas cantan, entonces la madrina se llenará de coraje y le pedirá  a alguno de la hilera de santos que tiene en su cuarto que mande a los diablos por él para llevarlo a la condenación eterna.
Además, la misma Felipa  hace otro tanto cuando tiene ganas de acostarse con él, y dice.
“…que ella le contará al Señor todos mis pecados. Que irá al cielo muy pronto y platicará con Él pidiéndole que me perdone toda la mucha maldad que me llena el cuerpo de arriba abajo. Ella le dirá que me perdone, para que yo no me preocupe más. Por eso se confiesa todos los días. No porque ella sea mala, sino porque yo estoy repleto por dentro de demonios, y tiene que sacarme esos chamacos del cuerpo confesándose por mí. Todos los días. Todas las tardes de todos los días. Por toda la vida ella me hará ese favor. Eso dice Felipa.”[7]


[1] .-RULFO, Juan. Pedro Páramo y El llano en llamas. México: Editorial Planeta, 1989, p.109.
[2] .-Ibid, p.111.
[3] .-Ibid, p.112
[4] .-Ibid, p. 109.
[5] .-Ibid, p. 112.
[6] .-Ibid, p-111.
[7] .-Ibidem.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Literatura y realidad: Cien Años de Soledad y la masacre de las bananeras

El año 1928 es una fecha cruenta en la historia de Colombia. Ese año el gobierno conservador de Abadía Méndez perpetró la matanza de los trabajadores de la zona bananera en la plaza de Ciénaga, departamento del Magdalena.
Los trabajadores de la United Fruit Company se encontraban en huelga exigiendo mejores condiciones laborales. Entre sus principales peticiones estaban: un contrato laboral de 8 horas y mejores servicios de salud. El gobierno de Abadía Méndez había nombrado al coronel Carlos Cortés Vargas como Jefe Civil y Militar de la provincia, con plenos poderes, y con el encargo expreso de someter a los huelguistas.
La huelga se mantenía inalterable a pesar de los múltiples intentos del gobierno y de compañía bananera por alterar la voluntad de la población con medidas extremas. A un llamado de Cortés Vargas para que los trabajadores se concentraran en la plaza de Ciénaga con la promesa de interceder a favor de ellos y solucionar el conflicto, éstos abarrotaron la plaza con sus mujeres y sus hijos. Después de varias horas de estar esperando infructuosamente el acuerdo anunciado, el ejército disparó a la muchedumbre indefensa los nidos de ametralladoras que previamente había instalado en las azoteas de las casas que rodeaban la plaza. Los sobrevivientes fueron rematados por los soldados degollándolos con las bayonetas. El entonces Representante a la Cámara, Jorge Eliécer Gaitán, al denunciar el hecho ante el Congreso, dijo sobre la situación que vivían las familias de los trabajadores y la ilusión con que acudieron a la plaza en busca de una solución:
 “Pensando que aquel pueblo se batía inútilmente en los límites del hambre ya que no podía trabajar, pensando que las esposas tenían que atender el sustento de sus pequeños hijos porque sus padres estaban en las montañas atemorizados por el plomo cobarde y homicida”[1]
Se pone de presente la persecución a que eran sometidos los trabajadores de la compañía bananera y “cómo tenían que huir atemorizados por las balas del ejército colombiano al servicio de la compañía extranjera que explotaba a los mismos colombianos”.
Pues bien, estos mismos hechos, la primera matanza de cientos de trabajadores perpetrada de manera pública por un gobierno colombiano para salvaguardar los intereses particulares de una empresa extranjera, los relata el escritor Gabriel García Márquez en Cien años de soledad en los siguientes términos:
 “El nuevo Aureliano había cumplido un año cuando la tensión pública estalló sin ningún anuncio. José Arcadio Segundo y otros dirigentes sindicales que habían permanecido hasta entonces en la clandestinidad aparecieron intempestivamente un fin de semana y promovieron manifestaciones en los pueblos de la zona bananera.”[2]
El conflicto social que denunciaban los trabajadores de la compañía bananera y que se narra con sus características principales en la novela es de grandes consecuencias para la sociedad colombiana del momento y de las décadas siguientes, al punto que todavía se siguen presentando luchas sindicales por los mismos hechos.
 “La inconformidad de los trabajadores se fundaban esta vez en la insalubridad de las viviendas, el engaño de los servicios médicos y la iniquidad de las condiciones de trabajo.”[3]
Es evidente que la novela se recrea en los hechos reales e históricos al trasladar al mundo de la ficción lo que efectivamente sucedió en la zona bananera. Después de varios meses de gestación de la inconformidad social estalló la huelga. “La huelga grande estalló”, cuenta la novela y a partir de ahí se desencadenan los hechos que van a culminar con la masacre en la plaza de Macondo. Tal como sucede en la vida real en Ciénaga, existe una correlación con los hechos que se presentan en la plaza de Macondo, en la novela. El ejército colombiano, al servicio de una empresa extranjera, asesinó cobardemente a los trabajadores, a sus mujeres y niños, a los cuales había citado en esa plaza con el engaño de que la compañía bananera aceptaría las exigencias de los trabajadores.
Esa acción vil y cobarde la denunciará en el Congreso de la República, el representante Jorge Eliécer Gaitán en los siguientes términos:
 “El señor Cortés Vargas ante la tragedia inaudita de la cual es uno de los autores, necesitaba tocar el patriotismo y nos inventó los buques de guerra americanos. Esta afirmación, que él pensó que lo reivindicaba, sin embargo, por sí sola y aun cuando así fuera, lo condena. Por qué puede pensarse de un militar que por temor a unos barcos de guerra que atrevidamente se presentan a amenazar las costas de la república, en vez de dirigir sus cañones y ametralladoras en un gesto solemne de sacrificio contra el invasor extranjero de las aguas colombianas, no encuentra otro recurso que el de volver los fusiles para asesinar a los hijos de su propia patria.”[4]
La novela narra así el momento de la masacre:
 “…y la fila de ametralladoras abrió fuego. Varias voces gritaron al mismo tiempo:
-¡Tírense al suelo! ¡Tírense al suelo!
Ya los de las primeras líneas lo habían hecho, barridos por las ráfagas de metralla. Los sobrevivientes, en vez de tirarse al suelo, trataron de volver a la plazoleta, y el pánico dio entonces un coletazo de dragón, y los mandó en una oleada compacta contra la otra oleada compacta que se movía en sentido contrario, despedida por otro coletazo de dragón de la calle opuesta, donde también las ametralladoras disparaban sin tregua. Estaban acorralados, girando en un torbellino gigantesco que poco a poco se reducía a su epicentro porque sus bordes iban siendo sistemáticamente recortados en redondo, como pelando una cebolla, por las tijeras insaciables y metódicas de la metralla.”[5]
El texto literario da cuenta, efectivamente, de un acontecimiento histórico. Pero, la versión literaria difiere en elementos sustantivos de la realidad en tanto que la ficción se encarga de que, tanto los personajes como el desarrollo de los hechos, adquieran un cariz singular en el relato matizados por elementos fantásticos.


[1] .-GAITAN, Jorge Eliécer. 1928: La masacre de las bananeras. Bogotá. Edición Los Comuneros, s.f., p.23.
[2] .-GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Cien años de soledad. Bogotá: Editorial Oveja Negra. Edición para Círculo de Lectores, 1989, p.236.
[3] .-Ibidem.
[4] .-GAITAN, Jorge Eliécer. Op. cit. ps. 56-57.
[5] .- Ibid, p.241.