lunes, 18 de abril de 2011

De la viveza como cultura dominante (I)

Todas las estructuras sociales están diseñadas para reproducir la mediocridad



Sin duda, en más de una ocasión le han regalado ustedes una sonrisa festiva a esas ocurrencias como la de una señora en Barranquilla que con una barriga de trapos simuló un embarazo séptuple por varios meses o la del opita que se hizo pasar por embajador de la India para vivir a cuerpo de rey a costa del erario público y de la estulticia de unos cuantos incautos. Estos hechos son sólo dos de los más extravagantes de entre los incontables que suceden a diario en todos los ámbitos de nuestro país y que han difundido e impuesto la creencia de que vivimos en un 'país de vivos'. Los ejemplos son abundancia.
La cultura de la viveza se ha impuesto irremediablemente. Desde la más tierna edad, le vamos inculcando a nuestro hijo el ‘no dejarse’ del compañero en el preescolar y lo entrenamos para que pueda sacarle ventaja a cualquier situación. De toda la prole, el vivo es nuestro preferido. Y, ¡ay de aquél!, que por tempranos rasgos de temperamento no sea ventajoso en el juego o en las relaciones con sus propios hermanos. De inmediato lo increpamos para que no sea bobo y cuando el hecho persiste nos lamentamos a mares —la familia en coro– de la desgracia de tener un hijo que “en nada se parece a su padre”. En la escuela sucede otro tanto. Es el de éxito, elogiado por compañeros y por los mismos maestros sotto voce; a su alrededor se va configurando un halo de héroe: es quien trampea en los exámenes sin que lo pillen y maneja  variedad de facetas que oscilan entre la cándida inocencia y lo malévolo, para ensayar y aplicar según la situación. En fin, es como quien dice: ¡Toda una ficha!
Pero ya que hemos dado algunos trazos en pos de su caracterización, avancemos en claridad sobre lo que significa ser un vivo. Ante la necesidad de hacer ciertas precisiones de significado que permitan digresiones posteriores, acudimos a la ayuda de la Real Academia Española de la Lengua para establecer que además del adjetivo que designa la cualidad de quien tiene vida y su uso sustantivado, la palabra tiene también un sentido de sutil e ingenioso, lo que nos conduce a la concepción genérica del  vivo como de alguien despierto, de mente ágil, que aprende con facilidad y de paso carga semánticamente a la expresión ‘viveza’ como un acto determinado de perspicacia, agudeza e ingenio.  Hasta ahí el registro lexical académico.
Sin embargo, este uso corriente y loado por ser propio de alguien con una inteligencia despierta, ya no es tan sólo eso. La dinámica social con su acción cotidiana y continua ha generado variantes semánticas que han nutrido el habla popular hasta llegar a convertir a este personaje en un transgresor social de profesión. Y es así como éste pasa a ser alguien que destruye los fundamentos de la misma estructura social a la que pertenece, para poder imponer su ley particular hasta convertirla en costumbre.
Según esto, es quien está atento al desenvolvimiento de los acontecimientos para sacarle mejor provecho a la situación, generalmente a expensas de los demás. Su filosofía implica sacar ventaja a costa de lo que sea y eso lo lleva a la transgresión de lo establecido en todos los órdenes. En consecuencia, a la acción de viveza se le denomina en nuestro medio popularmente ‘avivatada’, que no es otra cosa que lesionar los intereses de los demás para alcanzar un beneficio personal. Así, el más ‘avivato’ o ‘avión’ de la familia es el que cultiva el afecto paterno con una cercanía melosa e interesada para quedarse con los bienes de la familia y dejar a los demás viendo un chispero o el socio que lleva doble contabilidad para lucrar más de la empresa, evadir gravámenes y compromisos comerciales o el constructor que inventa situaciones ficticias o las lleva a extremos inusuales para evadir compromisos contractuales.
Desde mediados del siglo pasado ya Alberto Lleras había advertido sobre la existencia del 'avivato' como líder social y su arrollador paso hacia el pleno dominio de la sociedad. “Los debe haber, de seguro, en otras civilizaciones. Pero entre nosotros son una inmensa, populosa institución que, curiosamente no parece molestar a nadie. ¡País de avivatos!” (Lleras, Alberto. “El avivato”). Y, en efecto, con el paso del tiempo se ha convertido en paradigma de la sociedad. Su éxito rápido y fácil es lo que lo hace admirado y reconocido socialmente. Nuestra sociedad cegatona y complaciente lo ha aceptado como un prototipo casi ideal; lo exalta por su éxito social y pretendido ingenio y lo reproduce en todos sus estamentos, al punto que para triunfar en cualquier campo de nuestra sociedad es condición sine qua non ser un vivo: políticos, abogados, comerciantes, ingenieros contratistas, gerentes, y aquí vale un larguísimo, larguísimo, etc., etc., sin excepciones conocidas.
 Así, lo que en un principio fue un simple ‘lagarto’, metiche en cuanto agasajo y evento público acaeciese, pasó de buenas a primeras, por conveniencia de quienes detentaban el ejercicio del poder, a ser gestor de beneficios en todas las esferas de una administración pública paquidérmica e inoperante, e incluso, a ejercer funciones sin tener responsabilidades para ello. Si bien el objetivo primordial del vivo es el Estado de derecho, está claro que su acción ha corrompido a toda la sociedad, condescendiente con el soborno, los subterfugios y malabares dolosos con que, de un solo impulso, salta las barreras de la burocracia, de la decencia y de la ley.
A papaya ponida, papaya partida, dice la cultura de la viveza en lenguaje también transgresor, corrosivo y burlón, que no es otra cosa que un canto de victoria para pregonar la imposición social de una forma de vida. Como necesita reconocimiento social, este tipo de expresiones lo fortalecen mientras hace ostentación de su supuesto ingenio sobre la pretendida estulticia del otro.
Aceptemos en pro de discusión y acogiéndonos a la definición académica, que en los vivos se manifiesta cierta aptitud: perspicacia o agudeza e ingenio. Sin embargo, bien puede decirse sin temor a equívocos que ésta es una cualidad corriente en todo ser inteligente. Cuando se cultiva la inteligencia y se confronta de manera permanente con otras inteligencias es natural que el espíritu alcance mayor agudeza. También es verdad que de manera natural y espontánea hay espíritus más inquietos y locuaces que otros, lo que los hace ver despiertos, curiosos y recursivos, condiciones éstas nada despreciables. No obstante, por lo general ésta es una curiosidad y una locuacidad limitadas, más bien asomos de curiosidad a flor de piel y verborrea, sin mayor cultivo de inteligencia que no resiste un análisis ni una prueba de confrontación rigurosa y que se impone simplemente porque colinda y se soslaya en terrenos de lo ilegal o hace uso de ciertos rangos de poder por medio de la palabra y acción falaz tanto en costumbres como en ley.
Ahora bien, si el vivo es un transgresor, ese esguince transgresor no lo hace —así en apariencia aparezca como ingenioso–, no lo hace, repito, con recurso a sus aptitudes sino más bien a la negación de ellas. Es precisamente por ser incapaz de superar las dificultades que le ocasiona la competencia leal que busca el esguince evasor; huye de la confrontación y del esfuerzo y se contenta con lo fácil así tenga que trampear para lograrlo. Es el deportista dopado, el marrullero que simula una falta o lesiona al rival habilidoso para allanar su camino o negocia en rútilas monedas su real desempeño o el del contrario. Es un ganador fácil, ficticio, sin méritos ni esfuerzo. Cuando los demás se someten a la norma social y a la competencia leal, él las evade. Es, en últimas, un mediocre. Él y sus seguidores —que lo exaltan porque también necesitan un medio acomodaticio para sus limitadas capacidades– disfrazan en un pretendido y falso ingenio su mediocridad. Son los mismos personajes de quien José Ingenieros dice: “Trocan su honor por una prebenda y echan llave a su dignidad por evitarse un peligro”.
Convendrán ustedes, entonces, que las acciones del vivo no son en sí un rasgo de inteligencia superior ni de capacidad sino más bien todo lo contrario: una demostración de incapacidad para competir en igualdad de condiciones, por lo que se ve impelido, para poder salir avante, a hacer trizas uno de los valores fundamentales de la convivencia humana: la confianza. Y de esta manera termina asumiendo con propiedad los atributos de su nueva condición: falaz, taimado y pícaro.
Se le ha atribuido al espíritu latino y español una especial propensión hacia la viveza. La literatura parece contribuir a esta creencia con obras maestras del siglo de oro: Lazarillo de Tormes —de autor anónimo– y, un poco más tarde, El Buscón, de Quevedo, cuyos personajes centrales son, en esencia, unos pícaros consumados. También Boccaccio en el Decamerón hace detallada relación de las manifestaciones de la viveza florentina de su época, dos siglos antes del Lazarillo, con mayor énfasis en cuestiones eróticas. Pues bien, sí, es verdad que estas obras pueden considerarse a simple vista como una exaltación del ingenio de sus personajes, con el que sacan algún provecho a las situaciones adversas. Sin embargo, una lectura más profunda permite visualizar que la viveza, como condición de vida, es propia de conglomerados humanos limitados, en los que, la mayoría de las veces, se requiere acopiar recursos poco ortodoxos para sobrevivir y, sobre todo, para hacer gala de una superioridad ilusoria entre personajes de bajo perfil humano e intelectual. Corresponden todas estas expresiones literarias a pueblos latinos en los albores del modernismo —cuando apenas salían de las limitaciones del medioevo– y son precisamente una crítica acerba al predominio de la viveza en sociedades que ya exigían estructuras más complejas para abordar a plenitud su convivencia y desarrollo.

lunes, 11 de abril de 2011

Padre Rico, Padre Pobre o del embaucamiento a los pobres... de espíritu

-Versión deformada de Tío Rico y Pato Donald-

Es indiscutible que los expertos en escribir best-sellers manejan unos patrones genéricos, en cuya fórmula son indispensables, entre otros, los siguientes aspectos: unas verdades a medias para darle al escrito visos de realidad, muchas fantasías que estimulen falsas expectativas en los lectores y una prosa liviana con la que llegarle sin mayores reparos a lectores poco exigentes. Son estos los elementos básicos para trabajar la técnica del embaucamiento libresco. Eso, al menos, es lo que se deduce de la lectura del libro Padre Rico, Padre Pobre, de gran impacto editorial en los últimos años.
El texto parece debatirse entre la realidad y la ficción sin lograr configurase en ninguno de los dos campos, aunque con pretensiones de impactar por la pretendida realidad de los hechos que presenta. En ambos casos requeriría de la persuasión de un buen escritor y de la credulidad de sus lectores para darle configuración de verdad o verosimilitud a lo que dice. Lo primero definitivamente no lo logra, pero sus ventas como best sellers  avalan la segunda condición.
No es ficción en tanto que su desarrollo temático contiene  hechos reales de un anecdotario personal combinado con un cúmulo de reflexiones que lo ubican formalmente en el rango del ensayo. Por su tema es uno de esos libros considerados como de ‘autorrealización personal’ o de ‘superación’, dudosa categoría de género, al parecer destinada a ofrecer estímulos a quienes presentan carencias de orden espiritual. Son diez capítulos con un poco más de 200 páginas en las que se exalta la necesidad de educar a los jóvenes hacia la búsqueda de la riqueza mediante una formación escolar centrada en la especialización financiera a partir de la experiencia que tuvo el autor bajo la orientación de un Padre Rico (en realidad el papá de un amigo, pero a quien él considera su verdadero padre), en oposición a la enseñanza que le proporcionaba su verdadero padre, un maestro de escuela, el Padre Pobre.
Pues bien, el libro está concebido bajo el prototipo de los best sellers —los más vendidos— y una de las estrategias que utiliza para lograr este propósito es apoyarse en medias verdades o verdades a medias que le permitan dar a sus planteamientos visos de realidad. Los detalles son ilustrativos.
Tal vez la más notoria de estas verdades a medias sea la disyunción falaz que se establece entre riqueza y trabajo. La pobreza conceptual con que se aborda el tema y la visión ahistórica del autor lo llevan a limitar la posibilidad de adquirir riqueza a la especulación financiera y a su exclusión como producto del trabajo. Bien que sea la más agresiva y rápida forma de producción de riqueza para fines de la vigésima centuria y comienzos del tercer milenio, pero es torpe considerarla como la única valedera y mucho más excluirla de su causa primaria y básica, “pues ningún proceso productivo puede llevarse a cabo sin la intervención del trabajo humano” (Banco de la República. Introducción al análisis económico. El caso colombiano. Bogotá: Banco de la República, 1990, p. 56).  
Si aceptamos que Adam Smith tiene razón cuando afirma que “todo hombre es rico o pobre según el grado en que pueda gozar de las cosas necesarias, convenientes y gratas de la vida” (Smith, Adam. La riqueza de las naciones. México: Fondo de Cultura Económica. 1993, p. 31), estaremos de acuerdo en que este grado de goce o satisfacción no es igual en todos los hombres, pero que hay un cierto nivel básico de riqueza al que todos aspiran llegar y a partir del cual el grado de abundancia determinará que se sea menos o más rico.
Explica Ricardo que hay dos maneras para incrementar la riqueza: “empleando una porción mayor del ingreso en mantener el trabajo productivo —lo que no sólo aumentará la cantidad sino el valor de la masa de mercancías; o sin emplear ninguna cantidad adicional de trabajo, haciendo más productiva la misma cantidad lo cual aumentará la abundancia” (Ricardo, David. Principios de economía política y tributación. Santafé de Bogotá, D.C.: Fondo de Cultura Económica, 1993, ps. 208-209). Significa que si usted limita sus gastos en bienes suntuarios y emplea esos recursos en mayor producción de trabajo, terminará haciéndose más rico al aumentar sus bienes. Y de igual manera, si con su mismo trabajo produce más —al mejorar la técnica, etc.— la abundancia de sus bienes le significará mayor riqueza. En cualesquiera de las dos maneras es su trabajo —independiente de cual sea su modalidad— lo que determinará el nivel de riqueza que alcance.
Una simple mirada a nuestro alrededor permite observar que cada cual puede producir riqueza con su saber y su trabajo. No sólo en inversiones de bolsa o negocios similares. Lo hace el que produce zapatos, al igual que el arquitecto, el pintor o el diseñador de modas. Del problema de negocios se encargan los expertos en negocios, lo importante es que haya talento y oportunidades en su campo profesional. Bien por el señor Kiyosaki, quien —según él mismo lo asegura— hizo riqueza y fortuna con su talento para los negocios. De ser así, significa que además de su talento tuvo los espacios adecuados para desarrollarlo y supo aprovechar las oportunidades que se le presentaron.
Si en algo fallan padres y maestros (la familia y la escuela como instituciones) no es ni mucho menos en la formación que dan —a pesar de los muchos errores que puedan cometer— sino en la poca percepción para captar talentos y estimularlos apropiadamente. La otra deficiencia pertenece a la estructura social no siempre propensa a ofrecer oportunidades reales a los talentosos. No sólo existe ceguera hacia lo que nos rodea, sino sobre todo limitaciones estructurales —el analfabetismo en sus variantes y la aguda estratificación social, por ejemplo— de una sociedad plagada de inequidades en donde unos pocos, por lo general los menos capaces, tratan de conservar a toda costa ciertos privilegios estigmatizando a los espíritus diferentes, lo que impide el reconocimiento y oportunidades al talento. Es la razón principal de lo que dice Kiyosaki con gran acierto: “La triste realidad es que un gran talento no basta. Siempre me sorprende el bajo monto que ganan algunas personas muy talentosas” (Kiyosaki, Robert T., and Lechter, Sharon L. Padre Rico, Padre Pobre. Bs Aires: Time & Network Editions, 2001, pág. 139).
Cosa distinta es el empleo como fuente de trabajo y el hecho de que todas las carreras profesionales tengan un perfil ocupacional. No se necesita ser muy avisado o tener conocimientos especiales para saber que nadie se ha hecho rico trabajando por un salario, aunque de hecho existan profesiones y ciertas modalidades laborales —como las consultorías de alto nivel, por ejemplo— que posibilitan la riqueza desde el empleo. El problema para la mayoría estriba en que los salarios por lo general son tan bajos que no permiten la adquisición en abundancia de artículos necesarios y de lujo. Pues, si bien “el nivel del salario depende de la utilidad que cada clase de trabajo ofrece a la sociedad” (Banco de la República. Op. cit, p. 43.), la creciente polarización económica conduce cada vez más a salarios de hambre que están incrementando los índices de pobreza, sobre todo, en los países en vía de desarrollo.
La lectura del libro deja la impresión que hay especial cuidado en no contraponer riqueza a empleo o salario, aunque sin excluirla del todo. En algunos apartes se hace mención al empleo, aunque por lo general se habla del trabajo cuando se quiere dar a entender el concepto de empleo.
“Nuestro actual sistema de educación se enfoca en preparar a la juventud de hoy en día para obtener buenos empleos” (Kiyosaki, Robert T., and Lechter, Sharon L. Op. cit, p.91).
“Sólo recuerda que es el miedo lo que mantiene a la gente en sus trabajos. El miedo de no pagar sus cuentas. El miedo a ser despedido” (p.37).
Es evidente que es una decisión estratégica destinada a captar lectores, puesto que la gran franja poblacional del mundo está en este rango.
Otro concepto de dudosa veracidad en el que se recrea el texto, plantea que la especialización genera pobreza. Esto se colige de sus propias palabras: “cuanto más especializado sea usted, más atrapado estará y más dependiente será de esa especialización” (p.147). Michael Jordan, “un lanzador de baseball que gana más de 4 millones de dólares al año aunque su coeficiente mental ha sido etiquetado como ‘dudoso’ ”, y Madona, son sus ejemplos favoritos de cómo no se requiere ir a la escuela para hacerse rico, a menos que vaya a una escuela que le desarrolle sus capacidades financieras. ¿Qué decir? Son magníficos ejemplos de personajes excepcionales. Cabe, entonces, ampliar los interrogantes. ¿Cuántas personas tienen las cualidades extraordinarias de Jordan, del estelar lanzador de béisbol de las Grandes Ligas o de Madona? Y en dado caso que las tengan, ¿tendrán la oportunidad de desarrollarlas? ¿Cuántos cupos anuales hay en la NBA o en las Grandes Ligas para ingreso de nuevos jugadores? ¿A cuántos artistas, como a Madona, le invierten las casas disqueras los millones de dólares que se necesitan para convertirlos en las nuevas estrellas de la canción mundial? Y una última pregunta para no alargar más el cuento: ¿A quiénes acuden, por ventura, Jordan, el lanzador de béisbol o Madona cuando se enferman, cuando necesitan vestirse a la moda, construir una casa, invertir su dinero o requieren de un entrenamiento especial? La respuesta es elemental: A profesionales especializados que les cobran miles de dólares por su trabajo. Y esos miles de dólares que ganan los profesionales especializados, al acumularse, se convierten en millones que pueden ser utilizados para ‘gozar de las cosas necesarias, convenientes y gratas de la vida’. De hecho, el mismo autor se contradice cuando expone su caso como de “alta especialización en hacer dinero”.
Pero, sin lugar a dudas, el elemento de mayor realce con el que se construye este best sellers —paquete chileno, made in USA— es la venta descarada de falsas expectativas:
“Si usted cuenta con la educación acerca de cómo funciona el dinero, gana poder sobre él y puede comenzar a generar riqueza” (p.19).
“Si quieres ser rico, tienes que aprender a hacer dinero” (p.24).
“¿Cómo hago yo para ganar millones?” (p.58)
“Le ofrezco los diez pasos que he seguido personalmente” (p.173).
Padre Rico, Padre Pobre lo ayudará... a derribar el mito de que usted necesita tener un ingreso elevado para hacerse rico” (Contracarátula).
Palabra tras palabra, página tras página se le va vendiendo al lector la idea de que si sigue las instrucciones del libro se va a volver rico. Por supuesto, se incluye la inefable fórmula: correr riesgos, desarrollar su coeficiente de inteligencia financiera, bla, bla, bla. Y no es difícil suponer que es perfectamente factible hacerse rico en las condiciones que plantea el autor puesto que de entrada ya usted como lector tiene una parte — la mitad de la fórmula–: el Padre Pobre que tiene o que tuvo. Y Kiyosaki, ¡oh ventura!, aporta la otra mitad: él es el padre rico, su nuevo Padre Rico.
Tal vez no sea descabellado pensar que el verdadero éxito financiero de Kiyosaki sólo se haya presentado a partir de la compra de sus libros por parte de los miles de pobres que aspiran a hacerse ricos con sus consejos. Bien por él, que alimentando ilusiones de pobres se haya convertido en rico o al menos en un rico más rico. Dicen que alimentar ilusiones no hace daño, como también que ‘soñar no cuesta nada’. Bueno, en este caso sólo los cuarenta y cinco mil pesos que vale el libro de Kiyosaki. Un sueño barato, de pobre, apenas para los que tienen espíritu de pobre.
Y de contera, esta venta de falsas expectativas trae un valor agregado: el despojo de la valoración de la condición humana:
“Él sabía que el alma de cada ser humano tiene un punto débil y lleno de necesidades, que puede ser comprado” (p.42)
“Bien, dijo padre rico suavemente. Casi todas las personas tienen un precio” (p.42)
“Podía ver cómo sería el futuro si seguía el consejo de mi padre académico” (p.106).
“Una parte de mí es un capitalista acérrimo que adora el juego del dinero ganando más dinero” (p.149)  
Es deprimente la exaltación a priori que se hace del dinero estimulando a los jóvenes hacia una búsqueda obsesiva y desenfrenada, despojándolos de cualquier valoración de la condición humana. Es el llamado capitalismo salvaje que destroza cualquier atisbo de humanidad en un niño de 9 años para convertirlo en una máquina de hacer dinero a costa de lo que sea. Se le enseña a ‘comprar’ a la gente por una suma de dinero. Se le enseña a menospreciar los valores que encarna su propio padre y su proceso de formación. Se le enseña que no hay más dios que el dinero. ¿Hay, acaso, alguna diferencia marcada con quienes utilizan otros medios menos ortodoxos para conseguir dinero como la corrupción, el narcotráfico o las diferentes modalidades de crimen y terrorismo? ¿No son estos, por coincidencia, los medios más expeditos para quienes no tienen las mismas ‘capacidades financieras’ del autor (léase, por ejemplo, las ‘clases dirigentes’ de América Latina), pero sí igual ambición porque “(el dinero) es atrapante. Es impresionante y es divertido” y —sobre todo— porque “el dinero es poder”.
Es imposible, pues, no sorprenderse, ya a mediados del libro, al saber que el autor es maestro. Ni más ni menos que maestro. ¡Válame Dios!, como diría Sancho ante los despropósitos de quienes como su amo, no ven e ignoran los molinos de viento “por llevar otros tales en la cabeza”.
La familia que popularizó Walt Disney compuesta por el millonario avaro Rico Mc Pato —el tío rico—, por el pato Donald —el tío pobre— y los sobrinos Hugo, Paco y Luis que viven todos en función de su familiar poderoso es replicada sin variantes significativas por Padre Rico, Padre Pobre. No obstante, a pesar de ser una copia empobrecida al carecer del encanto con que revistió Disney sus personajes, sí conserva la evidente carga de desnaturalización social que implica el desprestigio a los ojos del hijo de la autoridad del padre, la exclusión del amor para darle paso al odio social —desde su familia natural—, la relación comercial sin limitantes de ninguna especie y la tiranía del dinero. La relación paternal suplantada se copia incluso en sus mínimos detalles y así el supuesto nuevo rico debe aprender a realizar las obras de caridad con que los ricos maquillan su imagen y de paso obtienen nuevos beneficios (El Club de mujeres de Patolandia siempre realiza obras sociales). Kiyosaki, en sus consejos, no pasa por alto este importante aditamento del rico: “Mi padre rico daba dinero, así como también educación. Él creía firmemente en esto. ‘Si quieres algo, primero necesitas dar’, decía siempre. Si se hallaba corto de dinero, él simplemente donaba a su iglesia o a su organización de caridad favorita” (p.194).
Ya para terminar, vale la pena resaltar que no son de poca monta las limitaciones estructurales que presenta este discurso que pretende revestirse de sencillez para acceder a un público de masas. Sólo que la sencillez en materia de escritura como en todas las actividades complejas del ser humano es una consecuencia natural que proviene del dominio que se tiene del arte, no de las limitaciones. Este texto es un ejemplo patético de cómo la forma se adecua al contenido. Una prosa vana e insulsa, con inconsistencias de forma — (“Un cobrador lo llama y usted paga por que si no...” –sic-), supuestamente de ‘superación personal’ para quienes a diario necesitan que se les diga qué hacer, en qué creer y hasta cómo hacerle el amor a su pareja. Son fantasías sólo válidas para espíritus poco aterrizados en su realidad. Y para el caso nos viene a la memoria la anécdota que contaba el Nobel español Juan Goytisolo de un anciano conde que gustaba dar vuelo a su fantasía sexual enamorando a las jovencitas de la corte. Y quienes crean que Padre Rico, Padre Pobre en verdad los ayudará... a hacerse ricos, más pronto que tarde se darán de bruces, como el conde de marras, con una marquesita que con franqueza y donaire, los aterrizará en su cruda realidad:
“¿Y qué importa señor Conde
que yo tenga por dónde
si usted no tiene con qué?”

lunes, 4 de abril de 2011

Consejos a escritores jóvenes de boca de Goethe

El genio alemán le confió a Eckermann los secretos de escribir bien. Quedaron registrados en Conversaciones con Goethe. La experiencia de una vida entregada a la belleza en fórmulas claras y prácticas.

Desechar trabajos muy extensos que pretenden ser grandiosos, no someterse a exigencias de los demás y emplear toda la fuerza para sacar adelante una idea, son algunos de los consejos que dio Goethe a los escritores jóvenes, por boca de su confidente Johann Peter Eckermann.
Goethe considera que por falta de guía y acatamiento a consejos de los viejos, muchos poetas han desperdiciado sus energías. “A nosotros los viejos -dice- puede perdonársenos los errores, porque no encontramos los caminos desbrozados. Por eso debe exigírsele mucho más a quien ha llegado después al mundo. No podemos admitir que vaya tanteando y errando, sino que está en la obligación de aprovechar el consejo de los viejos y, por lo tanto, a tomar derechamente el buen camino”.
Del texto de Eckermann hemos extractado la sustancia del pensamiento de Goethe, transcribiendo sus apreciaciones sobre su obra y experiencia.
“El poeta debe luchar por procurarse la mayor diversidad de conocimientos, pues el mundo entero es la materia prima que él ha de saber tratar y expresar (…) Pero una cosa es el concepto y otra la actividad vital.”

Concentrarse
Goethe insiste en la conveniencia de adquirir formación sólida; para ello acoge el decir según el cual  “es deseable la educación conjunta de todas las facultades humanas”. Aclara que es necesario tener en cuenta que todo oficio requiere para la consecución de obras maestras, el sacrificio de toda una existencia, resaltando la diferencia entre la formación (educación) y la actividad vital.
Eckermann ejemplifica este pensamiento con la vida del poeta y enfatiza que Goethe “procuró adquirir los conocimientos más variados; pero se limitó a una sola actividad: se ocupó de un arte y lo trató como maestro consumado: el de escribir bien en alemán”.
Sin embargo, el propio Goethe reconocía sus errores: “he perdido demasiado tiempo -me dijo una vez- en cosas que no pertenecían a mi oficio”. Y se reprochaba el no haberse dedicado a su verdadera profesión, único medio para adquirir calidad y grandeza en una actividad.
A propósito de los vastísimos límites de las ciencias, el tiempo que requieren y la imposibilidad de abarcarlas, dice: “quien es discreto, rechaza todas estas seducciones de dispersión, y limitándose a un solo sector, procura trabajar en él como bueno”.
 “Emprenda temas buenos y sencillos, siempre de primera mano, recientes, lo que se le presente a diario, y no dude que obtendrá un resultado excelente, y cada día le traerá un nuevo gozo”.
Asegura  que la captación diaria del presente le permitirá elaborar con frescura las emociones que se presentan al espíritu y de seguro se producirán cosas excelentes y si algún día no resulta nada, ello no irá en desmedro de los demás escritos.
 “Guárdese de trabajos demasiado largos”.
Este -nos dice- es el enemigo que acecha permanentemente a los mejores talentos. Las obras monumentales usualmente son defectuosas porque el poeta no domina todos los elementos y por lo tanto el conjunto parecerá defectuoso, destruyendo así las partes buenas y los grandes logros que posea en algunos pasajes.
Una obra extensa requiere de una visión múltiple y en cambio los motivos pequeños pueden llegar a conocerse más y a dominarse.
 “Desearía ponerle especialmente en guardia contra el prurito de hacer sensacionales descubrimientos por sí y ante sí”.

Propio y ajeno
En estas obras se pretende dar una visión personal del mundo, la cual raras veces está madura en la juventud. Además, agota el espíritu para producciones ulteriores por la exigencia prematura, sin dejar de lado el desperdicio de tiempo aun en el supuesto de que se culmine el trabajo. Es conveniente desechar la preocupación de lo grandioso.
 “Aconsejo temas que han sido tratados ya”.
Cada autor los expone a su manera según su visión y su temperamento. Y enfatiza: “Cuántas veces no se ha tratado el de Ifigenia, y, no obstante, todas son diferentes”.
 “Se habla constantemente de originalidad (…) Nuestro verdaderamente sólo tenemos la energía, la fuerza y la voluntad. Si yo enumerara cuánto debo a mis grandes antecesores y a mis contemporáneos, quedaría muy poco que anotar en mi cuenta”.
El mundo actúa sobre nosotros desde el momento de nacer hasta que terminamos la vida. Esto es universal. Nuestras grandes ventajas emergen precisamente de la influencia en nuestro espíritu de una ilustre personalidad.
Hay que aceptar que esta influencia y la inclinación a aprender sólo la aceptamos de aquellos a quienes queremos y que están de acuerdo con nuestra manera de ser.
El talento se debe utilizar para crearse un público propio, ajeno al de los maestros de quienes hemos recibido influencia. Y sentencia: “Quien no cuente con tener un millón de lectores, no debe escribir ni una sola línea”.

No divagar
El mundo es tan rico y la realidad tan diversa que de seguro existirá profusión de temas. Pero deben ser temas dados por las circunstancias, por una realidad determinada y no cazados al vacío. “Todas mis composiciones son poesías de circunstancias: fueron inspiradas por la realidad y en ella tienen su fundamento y su raíz”.
La realidad, pues, debe dar el motivo y la misión del artista consiste en convertirlo en algo lleno de belleza y de vida por muy falta de interés poético que parezca.
 “Existen pocos hombres que posean fantasía para imaginar lo real”.
Sin embargo, muchos escritores “se complacen en divagar por extrañas regiones y situaciones” adornadas por su visión fantasiosa, y otros se aferran a lo real contemplando así una visión limitada.
Para lograr el efecto poético se requiere talento y amor para trasladar la emoción que ha podido inspirarnos esa realidad.
Para aquellos que poseen cualidades, pero les falta el amor, Goethe les recuerda las palabras del apóstol: “Y aunque yo hablase con lengua de hombre o con lengua de ángel, si no poseyese el amor, no sería más que metal vibrando, o una campanilla tintineando”.
Hay que persistir en la observación para captar los detalles: reunir los detalles y en especial “sorprender la parte característica”.
No hay que temer al esfuerzo. Es preciso investigar sin descanso la experiencia propia.
En este sentido hay que tener en cuenta que “la propia vida del arte” lo constituye la captación y expresión de lo particular, de lo individual. Quien logra esta representación individual ha alcanzado el grado más alto. “Mire: mientras nos mantenemos en lo general, podemos ser imitados, pero en lo particular y personal nadie logrará remedarnos. ¿Por qué? Porque nadie puede haberlo vivido como lo hemos hecho nosotros”.

Lo propio
Lo particular siempre implica un elemento general. Además, si este elemento particular es sano y rico de contenido, necesariamente revela lo general.
 “La verdadera fuerza y eficacia de una poesía radica en el asunto, en el argumento”
 “El conocimiento del mundo es innato en el verdadero poeta y para descubrirlo no hace falta mucha experiencia ni gran observación”.
Si no lleváramos internamente ese mundo, toda investigación y afanes serían vanos, pues no podríamos observar lo que está fuera de nosotros por mucho que permanezcamos con los ojos abiertos.
Esta observación la hace a propósito de aquellos talentos inferiores que sólo procuran el beneficio económico como propósito, lo que les impide crear obras realmente grandes y no encuentran placer en el trabajo. A diferencia del verdadero talento que alcanza plena realización durante su labor creadora.
 “Cuanto más se acercan los escritores a ciertas escuelas filosóficas, tanto peor escriben”.
Plantea que la especulación filosófica perjudica en general a los escritores porque se penetran de elementos ininteligibles que “ahogan toda galanura de expresión”. Por el contrario, aquellos que enfocan el lado práctico suelen escribir con habilidad y perfección.
 “Por lo general el estilo de un escritor es fiel trasunto de su mundo interior; si alguien quiere escribir con claridad, que vea antes claras las cosas en su espíritu, y si quiere tener grandeza en el estilo, ha de procurar primero tener grandeza en el alma”.
El estilo literario plantea una manera de ser. Los ingleses suelen escribir muy bien porque son y dan preferencia a las cosas reales. Los franceses confirman en su estilo el carácter social y la permanente atención al público, al cual se dirigen con claridad y se esfuerzan por seducir con la gracia de su dicción.
Sobre los trabajos terminados,  Goethe conceptúa “por lo general, una obra terminada ya me deja bastante indiferente. No me ocupo más de ella y sólo pienso en algo nuevo”. (Técnicas de Escritura, 2ª edición).

lunes, 28 de marzo de 2011

Épica fantástica americana con patas de venado

      El venado fue el animal que escogió la escritora argentina Liliana Bodoc para simbolizar a la tierra y al hombre del nuevo mundo en su lucha por la libertad y la conservación de su cultura en La saga de Los Confines —una historia en tres volúmenes: Los días del venado, Los días de la sombra y Los días del fuego— que introduce en las letras americanas la épica fantástica. La variante de género que tanto reconocimiento ha tenido primero en Europa y luego en todo el mundo con El señor de los anillos de J.R.R.Tolkien, también puede ya incluir entre sus obras significativas una historia americana sobre los tiempos primitivos cuando el mundo se regía por los designios de la magia.
      En el campo del arte y de la literatura pocas veces se tiene la oportunidad de realizar innovaciones plenas. Cuando eso sucede por lo general estamos frente a transformaciones de gran envergadura que involucran la ciencia y las mismas costumbres para dar cabida a una nueva época en la historia de la humanidad, lo que, a su vez, implica nuevas concepciones en la visión del hombre mismo. Esos momentos escasos son, por sus mismas características, invisibles para la generalidad de los hombres y solo unos pocos visionarios pueden percatarse de ellos y desarrollar su creación en función de los nuevos tiempos que se avecinan. Tal parece que al menos la segunda mitad del siglo XX hace parte de una etapa de tránsito hacia una nueva época que algunos pensadores han dado en llamar posmodernismo, pero cuyas características apenas comienzan a vislumbrarse y seguramente pasarán todavía muchos decenios más, antes que alcance perfiles más definidos. La conjunción de signos da a entender que esa ventana de transformación radical se abrió desde mediados del siglo pasado y continúa abierta. Y que los creadores literarios transitan ya por esos nuevos rumbos. Precisamente, uno de los puntos altos de innovación en la creación literaria —la expresión máxima de esta variante de género lo produjo el irlandés J.R.R. Tolkien en la década del 60 con la trilogía El señor de los anillos, popularizada hoy en día por su adaptación cinematográfica.
      Pues bien, la épica fantástica además de ser un tema atractivo para los narradores es uno de esos campos hasta hace poco no explorados en la literatura en América. Ese vacío lo comienza a cubrir La saga de Los Confines, con las variantes indispensables que se requieren para aclimatar el género en un territorio con un imaginario ancestral muy singular y diferente del que derivó Tolkien sus referencias. Y aunque puede ser paradigmática la existencia de un punto común que encarna la lucha tradicional del Bien contra un Mal que detenta los máximos poderes existentes por medio de la magia (Sauron en Tolkien y Misáianes en Bodoc), la obra de la argentina se engalana con un toque poético de alta factura que le da a su obra gran vitalidad y belleza con lo que logra superar los esquemas en los que está superpuesta la historia.
      Con el nacimiento de Misáianes —concebido en un acto de desobediencia de La Muerte a las leyes que rigen su propia naturaleza— se da inicio al cumplimiento de una profecía enunciada por “los Primeros Viejos” que hablaba del funesto acontecer de cuando la magia se dividió en dos. En las Tierras Antiguas permanecieron los magos de la Cofradía del Recinto adeptos a Misáianes, en tanto que los magos del Aire Libre o Supremos Astrónomos, emigraron a las Tierras Fértiles, allende el Yentru, el tormentoso mar. Luego de dominar totalmente las Tierras Antiguas, Misáianes, el Odio Eterno, envía una expedición de sideresios al mando de su emisario, el mago Drimus,  con la compañía adicional de su madre, La Muerte, para conquistar a sangre, fuego y terror las Tierras Fértiles.
      Los magos del Aire Libre leen las señales que hablan de la expedición y convocan a todos los pueblos para decidir qué hacer. En la Casa de las Estrellas de Beleram, ciudad de los zitzahay, se reúnen a deliberar husiuilkes, lulus, zitzahay, pastores, los buhos y los hijos del País del Sol. A su llegada, el ejército invasor de sideresios encuentra la oposición de las fuerzas de las Tierras Fértiles al mando del huisuilke Dulkancellín. Sin embargo, ante la traición de Molitzmós, príncipe del País del Sol, muere Dulkancellín y el territorio de las Tierras Fértiles —con excepción de Los Confines, la tierra de los husihuilkes, y el desierto de los pastores—, cae bajo el poder de los sideresios, quienes también pierden a su jefe Drimus.
      El segundo tomo de la serie narra el dominio que los sideresios ejercen en el nuevo mundo y los preparativos de los husiuilkes, bajo el mando de Thungür y los Brujos de la Tierra —Kupuka, Tres Rostros, El Masticador, el Padrecito del Paso y el Brujo Halcón—, para resistir una segunda expedición de Misáianes. Finalmente, en Los días del fuego, se presenta la confrontación esperada con el triunfo de los husihuilkes, quienes cuentan con la ayuda de un foco de resistencia del País del Sol. Este triunfo alienta una vieja resistencia soterrada en las Tierras Antiguas por parte Zorás, uno de los magos de la Cofradía del Recinto, resistencia que se levanta en armas y aísla a Misáianes en su monte. La historia termina con el regreso de los guerreros husihuilkes a la tierra del venado —Los Confines— y el restablecimiento de sus lazos familiares y comunitarios.
      Sin embargo, a pesar de ser éste el hilo del relato subyacente, el acierto de la Bodoc estriba en no contar la historia de esta manera, lo que la encasillaría sin variantes en el esquema ramplón y repetitivo de la lucha del Bien contra el Mal.
      Con una prosa poética que le da un colorido singular, el narrador entreteje una urdimbre que ubica de entrada al lector en el calor de la casa de madera de Vieja Kush que huele siempre a pan caliente y adonde van los lulus con sus colas blancas, amarillas y rojas en cada atardecer de la buena estación “en busca de tortas de miel y calabazas”; y sin previo aviso lo sumerge en los artilugios de la palabra de Cucub y los pequeños zitzhay; cuando no sigue tras las huellas de patas de cabra de Kupuka, el Brujo de la Tierra, para compartir a la par de los huisuilkes sus secretos sobre la tierra, la mayor fortaleza con que cuenta su pueblo para la vida e incluso para la guerra; o de personajes como las nuberas, Lengua Demorada o la jauría de Drimus y en historias como la del halcón ahijador y el proceso de gestación de un nuevo brujo de la tierra, el Brujo Halcón. En fin, dotada con un singular sentido poético de la realidad la escritora argentina pone su sello en el estilo narrativo con lo que da origen a un mundo lleno de colorido y calor humano. Es el toque distintivo.
      En otros aspectos la influencia de Tolkien parece marcar el paso. En principio, tal como en la obra del irlandés, el armazón estructural gira en torno a un invisible e inasible mago o ser superpoderoso representante del mal al que se le oponen indefensos seres fortalecidos con las más caras virtudes humanas que paulatinamente van creciendo en posibilidades hasta alcanzar la victoria final. Otra huella que sirve de guía es la configuración de la guerra, que contada desde el lado de los buenos, va ampliando su espacio de acción hasta cubrir los más mínimos detalles de la vida humana. Y si bien todos los personajes se alinderan entre uno y otro bando con sus respectivos esquemas de comportamiento primario, también el tratamiento dado en este caso se aleja del maniqueísmo ramplón, del impacto amarillista basado en  la exposición cruda de la sangre o de la fantasía que sólo sirve para la evasión.
      Sin embargo, a pesar de ser una gesta épica, pocos episodios están dedicados a la guerra como tal, muchos a prepararla. Las dos confrontaciones armadas, una al final del primer volumen y la otra al final del tercer libro son pasajes inevitables y contundentes en sus consecuencias, pero de poco tiraje en su desarrollo narrativo si las comparamos con la descripción de los hechos que las anteceden y el periodo de entreguerras en los que se explayan los tres volúmenes. Este hecho —también presente en Tolkien— puede apuntar a un tópico del género, en el que las potencialidades narrativas se encauzan hacia el realce de las características humanas que posibilitan al final el dominio de las fuerzas del Bien contra los poderes oscuros y el retorno de la magia a los caminos del buen orden, al servicio de los hombres.
      Pues bien, con La Saga de Los Confines parece perfilarse un nuevo aire narrativo en las letras americanas. Y aunque en ningún momento puede considerarse como un sustituto de la literatura de Borges, Cortázar o García Márquez, sí es una opción nueva y diferente que abre un espacio en el universo de la historia de la literatura latinoamericana. Vinculada inicialmente con la cultura y tradiciones  de los pueblos indígenas aborígenes, también puede decirse que tiene posibilidades de conectarse con lo maravilloso americano contado por Carpentier y sus contemporáneos. De hecho, al estar apoyada en sus patas de venado “puede saltar fácilmente de uno a otro lado”.

lunes, 21 de marzo de 2011

Bajo el síndrome de Casandra


Desde siempre el hombre ha mantenido una relación contradictoria con el saber y con quienes en uso de ese saber los intelectuales pretenden corregir el rumbo del grupo social. El viejo mito griego de Casandra refleja a plenitud esa dinámica contradictoria.
En el devenir social existe un dilema: O se acoge el saber de los mejores exponentes de la colectividad los sabios, en la antigüedad generalmente los ancianos de la tribu o se somete a los grupos de poder. O se transgreden los intereses particulares en aras de salvaguardar el interés colectivo, o se imponen los grupos de poder, sacrificando el saber de los mejores hombres y el bienestar de la colectividad.
Casandra, hija del rey de Troya, Príamo, y de su esposa, la reina Hécuba, exacerba con su extraordinaria belleza el amor de Apolo. El dios corteja la hermosa mortal y para congraciarse con ella le concede el don de la profecía. Sin embargo, la princesa troyana se niega a corresponder el amor del dios, por lo que Apolo, imposibilitado por las leyes eternas del destino para quitarle lo que ya ha entregado, vuelve inútil el don haciendo que nadie crea en sus predicciones. Durante los intensos años de la guerra, Casandra hace uso de su saber y advierte a los troyanos de muchos peligros desde la llegada de Paris a la familia real hasta el caballo de madera con el que los griegos entraron en la ciudad, pero siempre es desestimada y considerada como una loca. Acosada por su propia gente, finalmente la profetisa encuentra refugio en el templo de Atenea. Durante el saqueo a la ciudad, Áyax, hijo de Oileo, violenta el santuario del templo,  ultraja a la profetisa y la lleva arrastrada, tomada de los cabellos, desde el altar de la diosa hasta el campamento aqueo. La diosa acudiría después al dios del mar, Poseidón, para vengar este sacrilegio y Áyax termina siendo absorbido por el mar, después del naufragio de la mayor parte de las naves griegas. Al repartirse el botín de guerra, Casandra es entregada al rey Agamenón como esclava y amante, quien la lleva consigo a Micenas. Pero tampoco en tierras griegas sus anuncios son atendidos. «Digo que vas a ver la muerte de Agamenón» dice la propia Casandra en palabras de Sófocles, pero ella misma es consciente de la incredulidad que genera su predicción: «Y si no me creéis, me es igual. ¿Qué importa? Lo que ha de ser, llegará.» También ve su propia muerte, pero tiene consciencia plena de su destino. «Y ahora el profeta que me hizo profetisa me ha conducido a este destino de muerte: en vez del altar patrio me espera un tajo, ensangrentado con la sangre caliente de mi degüello.» Y, en efecto, al entrar al palacio de Micenas, tanto ella como Agamenón son asesinados por la esposa de éste, Clitemnestra, y su amante Egisto. 
La escritora alemana Christa Wolf publicó hace 20 años una reconstrucción novelesca del mito de Casandra en la que rescata lo que bien podría llamarse el intelectual bajo la dimensión del mito’. La trama novelesca prioriza el papel del personaje central como sacerdotisa y profeta, lo que le proporciona un saber significativo que le permite desenvolverse como intelectual al interior de la sociedad troyana, advirtiendo sobre la inminencia de la caída de la ciudad ante los embates del ejército griego.
Tal como en principio lo cuentan los escritores del ciclo troyano, Casandra no fue escuchada y su lucha contra la guerra fue inútil. Troya cayó y fue destruida por la ceguera y la obstinación de sus dirigentes políticos y militares que se negaron a escuchar a quien en su momento ostentaba el saber. Así pues, el mito de Casandra ha quedado como símbolo de la lucha vana del saber intelectual frente a los imperativos sociales y políticos que lo marginan y lo ignoran.
La razón y vigencia del mito está en el hecho de que este comportamiento social no es gratuito puesto que no pertenece a las contingencias propias del azar. Lo sucedido a Casandra es coherente con la respuesta que da una sociedad guerrera que descree del saber de quien lucha contra la guerra. Un saber que no es aceptado al interior de la sociedad porque está en contra  de los intereses de quienes ostentan el poder.
Además, las mismas condiciones que se presentan al interior de la guerra dan argumentos a quienes defienden ese estado de cosas. Para que una guerra se mantenga en el tiempo debe haber equilibrio de fuerzas y triunfos parciales de lado y lado, pues son esos triunfos fugaces lo que le permite a los actores alimentar su continuidad con la ilusión de la victoria final. Luego de diez años de asalto infructuoso por parte de los griegos ante las inexpugnables murallas, los jefes guerreros troyanos tenían que sentirse vencedores a pesar de las pérdidas sufridas; mucho más cuando las bajas enemigas eran más significativas que las propias, al punto de haber dejado en el campo de batalla al guerrero superior a todos, al Pelida Aquiles, hijo de la diosa Tetis. Era indudable que el ejército griego ya estaba ad portas de la retirada y los troyanos se sentían triunfadores. ¿Podría alguien sensato aceptar en esas condiciones que la ciudad estaba en peligro de ser tomada?
A pesar de eso, el saber de Casandra saber humano con rasgos de origen divino; con la impronta del visionario divino, y las flaquezas humanas que le proporcionan la dificultad de probarlo ante una realidad apabullante, se orienta hacia el interés de la colectividad y en contra de la guerra. Pero los jefes troyanos imponen el dominio de la guerra y del espíritu guerrero lo mismo que en su momento sucederá más adelante con Agamenón. Y Casandra, en vez de ser escuchada, es ignorada; en vez de ser atendida es vituperada y agredida.
Es el comportamiento propio de una sociedad guerrera. Las analogías con otros contextos en los que predomina el espíritu guerrero saltan a la vista. En el caso colombiano existen suficientes elementos de juicio para considerar la vigencia de una sociedad guerrera y no la existencia de una sociedad violenta, como algunos aseguran. Es la historia contada en Cien años de soledad y no asimilada todavía. Quien no lo crea, que mire a su alrededor. Más de 12 ejércitos o agrupaciones armadas cada una con miles de militantes en sus filas marcan a diario a su antojo, con sus acciones y símbolos de guerra, el territorio nacional: Ejército Nacional, Armada y Fuerza Aérea; Policía Nacional; empresas de vigilancia privada y escoltas; delincuencia común y pandillas juveniles; paramilitares; Farc; Eln; y al menos dos o tres carteles de la droga. Todos, armados hasta los dientes, viven y medran de la guerra. E imponen a los demás la cultura de la guerra.
Esta imposición es evidente en todas las actividades del conglomerado social. Se accede al poder con programas de guerra y su contraparte retórica, la paz. ¿Acaso alguien recuerda algún gobernante que no haya esgrimido la bandera de la paz como estandarte de campaña? El gran porcentaje del presupuesto nacional se dispone año tras año para la guerra y los círculos exclusivos que se lucran de ese presupuesto son abanderados acérrimos del statu quo. Desde los grandes grupos de poder soplan vientos a favor de la guerra. La economía, la política y la estructura social del país están diseñadas desde siempre para épocas de guerra y por eso el país mantiene un cierto grado de estabilidad a pesar de los desajustes que ocasiona el conflicto. Prensa, radio y TV promocionan y venden la guerra. Y ante la carencia de imaginación algunos escritores se regodean con una literatura truculenta y barata pero de fácil mercado, producto de la guerra. No tienen ni influencia moral ni literaria; ni estilo, ni conciencia; no son más que bodrios, una amalgama de testimonio y panfleto que lo único que pretende eso sí, con éxito relativo es una forzosa notoriedad.
Y en esta sociedad guerrera el saber de quienes advierten sobre el creciente desastre que ocasiona la guerra es desoído. Es un saber inoficioso, porque los espíritus guerreros dominantes se burlan de sus pregoneros catalogándolos como enemigos de la sociedad y «aves de mal agüero». Por eso también aquí, como en el caso troyano, las acciones de guerra dominan el ambiente. Y la retórica triunfalista de políticos y militares exaltando sus ocasionales logros tiene la finalidad de servir de paliativo frente al dolor de una sociedad largamente sitiada, mientras se ignora y se oprime a las voces intelectuales que advierten sobre el desastre social.
«Parlotean como la Casandra de la mitología griega, que vaticinaba desastres», dicen los defensores del régimen guerrerista tratando de esquematizar el mito, en un uso por demás ramplón y pauperizante de la edificante historia griega.
Ya es una constante el hecho que la sociedad colombiana se engañe a sí misma. Falsea su realidad  todos los estamentos del Estado presentan informes maquillados y las autoridades legítimamente constituidas plantean a diario sofismas para mantener el engaño para sobrellevar la carga que le impone las mismas estructuras anómalas que se persiste en mantener. Y entonces, la mayoría opta por la venda en los ojos, que si bien impide ver la realidad en su plenitud, tiene el tenue y cálido placer que proporciona la penumbra y, sobre todo, la posibilidad de ofrecer una excusa que permita aliviar el peso de ese incómodo fardo que es una responsabilidad compartida.
De ahí que la crítica que cae como gota de limón en el ojo enfermizo es estigmatizada socialmente y cuando alguien la esgrime los demás la asumen como algo negativo. No es, pues, de extrañar que el intelectual corra el peligro permanente no sólo de ser ignorado sino, sobre todo, de ser perseguido y agredido. Su labor es en esencia la del crítico que tiene la facultad de visualizar la realidad en su proyección mediata y trascendente. Cuando la sociedad carece de esos faros que orientan el proceso común, deriva hacia situaciones caóticas que terminan resquebrajando las estructuras básicas de la misma colectividad. Por eso, cuando las señales son claras y categóricas y se desatienden, las consecuencias suelen ser desastrosas. ¡Ahí fue Troya!