martes, 21 de febrero de 2012

La escritura de la ciencia II

Las notas anteriores ponen en evidencia que gran parte del desenvolvimiento que adelanta el investigador científico en su labor profesional consiste en desarrollar acciones de lenguaje.
Dentro de su proyección investigativa, el uso que hace del lenguaje consiste en la confrontación y verificación de teorías (lectura y análisis de textos escritos), en la elaboración de inferencias (nuevos juicios) y en la escritura de esas inferencias. Estas múltiples actividades ponen de presente que  para el conocimiento, el lenguaje se constituye en esa herramienta del cual no se puede prescindir, pero que de todas maneras se circunscribe a las esferas técnicas. Y es precisamente en este aspecto que juega papel fundamental el lenguaje, pues para alcanzar ese uso técnico se requiere de una apropiación suficiente tanto de las normatividades como de sus elementos básicos constitutivos. Ya está establecido que la forma más elevada de la actividad intelectual del hombre es el pensamiento discursivo que le sirve -mediante la utilización de los códigos del lenguaje- para “rebasar los marcos de la percepción sensorial directa del mundo exterior, reflejar nexos y relaciones complejas, formar conceptos, elaborar conclusiones y resolver problemas teóricos complicados”.[1]
De otra parte, esa alta capacidad inferencial del científico que le permite elaborar hipótesis, no es otra cosa que la cualificación en alto grado de una habilidad de pensamiento que gracias al lenguaje logra establecer categorías y distinciones y descubrir en los fenómenos inaccesibles a la percepción sensorial directa, las leyes imperceptibles que los rigen. Para ello, se hace indispensable una apropiación racional de las estructuras lingüísticas que se utilizan en  el proceso de pensamiento, lo que permitirá una más eficiente enunciación de juicios y sistemas lógicos requeridos en la instancia operativa propia de la deducción. En su Analítica de los conceptos, Kant explica cómo al ejercitar la  facultad de conocer frente a la realidad, aparte del conocimiento que pueda proporcionar la intuición, el hombre elabora conceptos cuyo uso no es otro que el de juzgar esa realidad, y es por esto que los conceptos se denominan juicios. Así, “el juicio es, pues, el conocimiento mediato de un objeto”[2]. Y en su configuración estructural un juicio se constituye como una unidad lingüística compuesta por un sujeto y un predicado que contiene el elemento conceptual
Ahora bien, al ampliar un poco más el espectro de los factores que intervienen en la labor del científico, es posible que se identifiquen otros elementos de influencia determinante en el resultado final. Podríamos comenzar por preguntarnos, por ejemplo, ¿qué características posee, por lo general, ese sujeto investigador? Y sin mayores dificultades llegaríamos a la conclusión que un científico es, por antonomasia, un individuo imaginativo y disciplinado, con una alta capacidad de inferencia, que trabaja con hipótesis alternativas para afrontar los problemas de su campo de estudio; que, además, es un ser autocrítico y se pasa todo el tiempo comprobando sus ideas pues se considera alguien que está permanentemente sujeto al error; y como tal, desconfía de la autoridad, pues considera que las autoridades deben demostrar sus opiniones como todos los demás. 
A lo anterior podemos agregarle que es un ser espiritual en alto grado, teniendo en cuenta que la ciencia es una fuente permanente de espiritualidad pues genera igual emoción que la que se origina ante la presencia del gran arte, de la música o de la literatura; es por esto que “la idea de que la ciencia y la espiritualidad se excluyen mutuamente de algún modo presta flaco servicio a ambas”[3]. Estos rasgos generales ofrecen ya de por sí una amplía gama de caracterizaciones que proporcionan otros elementos de análisis frente a la visión de mundo que allí se plasma.
Es ya casi proverbial la referencia  a la disciplina de trabajo como condición previa para la labor científica e igual camino transita la necesidad de hacer gala de recursos imaginativos. Recuerda Carlos Sabino, citando a S. Wright Mills, que “la práctica nos enseña que investigar es una tarea casi artesanal en la que es preciso unir el pensamiento riguroso a la imaginación, la disciplina de trabajo a la inspiración en dosis variables según las circunstancias”[4]. Por tanto, sin pretender minimizar la importancia debida a estos aspectos, dedicaremos mayor interés a los demás aquí señalados.
De la caracterización planteada en las líneas anteriores, se desprende que, dentro de sus actividades, corresponde al científico cuestionarse sobre los problemas no resueltos de su tiempo para afrontarlos y darse al trabajo de solucionarlos, ser autocrítico y expresar las conclusiones de su trabajo en forma clara y concisa. Es, entonces, necesario un proceso de pensamiento consistente en el que aparte de saber escoger el objeto de investigación, se esté preparado para leer e interpretar el conocimiento ya decantado, interpretar y evaluar los resultados obtenidos y a continuación poder integrarlos coherentemente al cuerpo o torrente de conocimientos que existen sobre la materia. Esta necesidad obliga al investigador científico, ante todo,  a convertirse en un buen lector; y de esa manera abordar los textos ya elaborados –todo aquello susceptible de ser leído- para su apropiación conceptual.


[1] .- Luria, A. R.   Lenguaje y pensamiento. Barcelona: Fontanela, 1980, p.25.
[2] .- Kant, Inmanuel. Crítica de la razón pura. Tomo II. Bogotá: Ediciones, p. 215
[3] .- Sagan, Carl. El mundo y sus demonios. Santa Fe de Bogotá: Planeta, 1998, p. 48.
[4] .- Sabino, Carlos. El proceso de investigación. Medellín: Edit. Cometa de Papel, 1996, p.44.

martes, 31 de enero de 2012

La escritura de la ciencia I

Uno de los aspectos fundamentales de los cuales partió la propuesta inicial del proyecto de escritura que luego fue publicado bajo el título Textos y Pedagogía[1] fue la reflexión en torno al aporte que los textos de ficción proporcionan al desarrollo del entendimiento humano. Como resultado de esa reflexión, el primer capítulo del libro contempla algunas ideas con las que pretendía validar el planteamiento allí esbozado, según el cual existe una estrecha relación e interdependencia entre el acrecentamiento de los niveles de imaginación a través de la lectura -sin descontar ni menospreciar el enriquecimiento que proporciona en el infante la narración oral- como mecanismo de asimilación de textos de ficción y el incremento de esquemas conceptuales con el consecuente desarrollo de la capacidad reflexiva del individuo en su proyección al mundo de la objetividad. Buscaba, de paso, establecer un punto de contacto permanente por medio de la ficción, entre lo que hace el científico y lo que hace el creador literario a partir de sus procesos de formación.
Es claro que dentro del difuso mundo de las creencias, establecidas desde hace siglos, tal vez desde que los griegos hicieron la distinción entre mitos y logos, ha hecho carrera una, según la cual el pensamiento mítico es primitivo, prelógico e insensible a la razón; y consecuentemente, se ha atribuido a la ficción una correspondencia plena con este tipo de esquemas y categorizaciones. De ahí, pues, que sea frecuente y hasta normal que se subvalore y se menosprecie, en los ámbitos propios de la ciencia y de la investigación científica, el aporte que pueda ofrecer la ficción al individuo para habilitarlo con fundamentos conceptuales que le permitan desenvolverse con eficiencia en el mundo de la objetividad.
De igual manera, argüía en ese mismo ensayo –siguiendo un fluir de pensamiento plenamente establecido por quienes han abordado el tema- sobre la necesidad de estar equipado con una muy alta dosis de imaginación para poder acceder con posibilidades de éxito en los aparentemente indisolubles e intrincados problemas de la ciencia. Pues bien, a esas ideas y cuestionamientos quiero agregar ahora la necesidad de manejar de manera solvente el lenguaje, y más específicamente, la necesidad y habilidad para comunicarse por medio de la escritura como consecuencia o instancia culminante de un proceso de fundamentación que habilita tanto al científico como al creador literario para la fase de producción intelectual.
No es desconocido para quien explore, así sea someramente el mundo del conocimiento, que todos los grandes científicos han sido también magníficos escritores. En su tiempo, Goethe fue reconocido no sólo como literato sino como eminente científico y en su condición de tal legó a la ciencia una teoría sobre la composición de los colores. Pascal ya escribía a los dieciséis años y de ello da constancia su Ensayo sobre las secciones cónicas. Darwin se da a conocer al mundo con su libro Del origen de las especies... Para Einstein es la publicación de sus ensayos sobre la teoría de la relatividad lo que lo convierte en el genio del siglo para las multitudes. Y en fin, escritos de científicos de todas las épocas como Newton, Galileo, Marie Curie, Sigmund Freud y tantos más, unos, desde luego, más conocidos que otros por el impacto de sus teorías y descubrimientos, dan testimonio de la solvencia de los investigadores y creadores de ciencia a la hora de escribir.
Frente a la evidencia de esta realidad, cabe entonces preguntarse, ¿cómo se vincula, pues,  la escritura con la investigación y qué hace que se posibiliten lazos de interdependencia entre ellas? Para dar respuesta a este interrogante, veamos en detalle algunos aspectos que nos permitan cierta claridad al respecto. Sabemos que el investigador es alguien que busca, descubre y consigna el descubrimiento alcanzado para su confrontación y asimilación en el mundo de las ideas. Así mismo, que en cada una de las etapas del proceso de investigación se requiere de la lectura y la escritura; la lectura se ejecuta en la búsqueda, la escritura en la consignación; tanto la lectura como la escritura posibilitan el descubrimiento; la escritura consigna el descubrimiento que será confrontado posteriormente por medio de la lectura. De hecho, un investigador no es otra cosa que un buen lector, alguien que sabe leer los signos que ante él se presentan. Desde luego que ese lector debe estar en capacidad de realizar una apropiación semiótica sobre la multiplicidad de textos que ofrece el mundo de los signos y sus símbolos. Y así mismo, que una vez realizado el acto semiótico, debe estar en condiciones de hacer la transferencia al signo lingüístico para su consignación correspondiente. Umberto Eco en El nombre de la rosa hace una radiografía muy acertada de ese investigador-lector-semiólogo en la caracterización de Guillermo de Baskerville, quien por medio de las múltiples lecturas» que realiza de los acontecimientos, señales y signos que encuentra a su paso, logra desentrañar el misterio que rodea los sucesivos crímenes y acontecimientos que hacen de la abadía medieval en la que éstos se producen, uno de los referentes obligados de la conjunción actual entre literatura y conocimiento.
Pero si bien los ejemplos hasta aquí presentados y los planteamientos iniciales ponen de presente unos resultados en espíritus ya consolidados intelectualmente, el mayor interés de esta reflexión está encaminado hacia  la incidencia que proyecta la lectura y la escritura en la formación del individuo como condicionante para la investigación y la producción intelectual.


[1] .-CERRO ROBLES, Leandro. Textos y Pedagogía. Segunda edición. Santa Fe de Bogotá: Universidad Externado de Colombia, 1995.

lunes, 16 de enero de 2012

La literatura colombiana: un fraude a la Nación

Una literatura de hombres cansados

De: Gabriel García Márquez


En junio de 1960 se vendieron en dos ciudades de Colombia, en solo cinco días, 300.000 volúmenes de autores nacionales. La avidez con que el público se precipitó sobre los expendios, sobrepasó los ambiciosos cálculos de los editores, que aspiraban a agotar el tiraje más alto que de libros colombianos se había hecho jamás, no en dos ciudades, sino en las capitales más importantes del país, y no en cinco días sino en dos semanas.
El lector colombiano, a quien de ordinario se señala como uno de los responsables de nuestro subdesarrollo literario, había respondido de un modo espectacular al más audaz de los experimentos culturales llevados a cabo en Colombia. El balance, en cambio, no es igualmente favorable a los autores.
De las obras que integraban el Primer Festival del Libro Colombiano, ninguna era inédita, y ni siquiera la más reciente de ellas había sido escrita en los últimos cinco años. Las “Reminiscencias” de J.M Cordovez Moure, el libro más antiguo de la colección,  había sido escrito a partir de 1870. “La Hojarasca” de Gabriel García Márquez, el más reciente, lo había sido en 1954.
La selección se había hecho con un criterio tan drástico, que sólo uno de los escogidos no podía considerarse como un autor consagrado. De modo que aquellos libros, incluidas las antologías de cuento y poesía, y agregando “La María” y “La Vorágine”, podían admitirse en líneas generales como una síntesis aceptable de un siglo de literatura colombiana.
Ahora bien, el menos prevenido de los críticos podría observar que ninguno de los autores del Primer Festival del Libro tiene una obra de alcance universal. Germán Arciniegas, el más prolífero y metódico de todos, el único autor colombiano que disfruta de un mercado internacional seguro y también el único que puede definirse como un escritor profesional, no podría considerarse como un creador. Tomás Carrasquilla. Nuestro espléndido narrador, no alcanzó a estructurar en casi cincuenta años de nuestro intenso ejercicio literario una obra capaz de defenderse universalmente, no por falta de talento creador, sino por las limitaciones de su idioma localista. Ningún autor colombiano, hasta hoy, tiene una obra robusta, que pueda compararse, apenas por ejemplo, a la del venezolano Rómulo Gallegos, o a la del chileno Pablo Neruda, o a la del argentino Eduardo Mallea.
Los festivales del libro, que restablecieron el prestigio del comprador colombiano, resquebrajaron en menos de un año el falso prestigio de la literatura nacional. Es probable que el próximo certamen de esa clase se aplace indefinidamente, mientras se encuentran los libros colombianos para integrar la nueva colección.
No hay sin embargo, en la árida llanura de las letras nacionales, un solo indicio de que esos libros aparecerán en los próximos años. Basta ser lector exigente para comprobar que la historia de la literatura colombiana, desde los tiempos de la Colonia, se reduce a tres o cuatro aciertos individuales, a través de una maraña de falsos prestigios.
Se suele combatir este argumento con el asfixiante inventario de los libros publicados en Colombia en los tres siglos pasados. Antonio Curcio Altamar, el más honrado contabilista de la novela colombiana, alcanzó a clasificar cerca de 800 novelas aparecidas entre 1670 y 1953, en un país donde la narración no ha sido el género más fecundo. Pero el problema no es de cantidad sino de nivel.
Seis grandes puntos de referencia podrían servir de apoyo para establecer los colosales vacíos de la literatura colombiana. Desde “El Carnero”, de Rodríguez Freile, hasta “María”, de Jorge Isaacs, transcurrieron 200 años, y 60 más hasta la aparición de “La Vorágine”, de José Eustasio Rivera. Desde la muerte de Hernando Domínguez Camargo, en 1869, hubo que esperar 200 años la aparición de Rafael Pombo y José Asunción Silva, y otros 60 la de Porfirio Barba Jacob. Una crítica seria, en un país en el cual sólo puede hablarse con justicia de libros sueltos, se habría detenido a esperar en Tomás Carrasquilla, hace 20 años, y aún seguiría esperando.
La reacción más saludable de la poesía colombiana en el presente siglo, fue la irrupción del grupo identificado con la insignia de “Piedra y cielo”. Ellos tuvieron el mérito colectivo de haber puesto al país, no sin cierta violencia necesaria y no sin cierto retraso, en la onda de la poesía universal. En virtud de aquella subversión, la poesía colombiana salió del carril formal por donde venía rodando, y se incorporó con una sensibilidad nueva a una manera nueva de expresión. Pero a 20 años del fogonazo piedracielista, que tuvo un valor más histórico que estético, no parece que el cambio de carriles les hubiera conducido a un territorio más fértil.
No hemos sido más afortunados en el campo de la ficción. Hace unos meses, el suplemento literario del El Tiempo patrocinó un concurso nacional de cuentos. En el término establecido, 315 trabajos se presentaron a la consideración del jurado. Pero los tres cuentos premiados después de un dispendioso proceso de eliminación, no revelaron al cuentista inédito que se suponía en la provincia remota, asfixiado por el centralismo intelectual. Frente a los cuentos premiados, de una calidad corriente, una pregunta se imponía: ¿Cómo serían los 312 descartados?
Por supuesto era ingenuo aspirar a que un concurso despejara el misterio del cuento nacional. Una de las más completas antologías del género que se han publicado en Colombia – la de Eduardo Pachón Padilla, editada en 1959 por el Ministerio de Educación—reveló que en el país se han escrito algunos cuentos buenos, pero no ha habido un buen cuentista. En realidad, los pocos cuentos buenos no los han escrito los cuentistas; y a la inversa, los cuentistas consagrados no han escrito los mejores.
El caso de la novela se presta a otro curioso examen. Jorge Isaacs solo escribió “María”. Eustaquio Palacios solo escribió “El alférez real”, Eduardo Zalamea Borda, por circunstancias que solo sus lectores diarios y sus amigos podemos entender, escribió “Cuatro años a bordo de mí mismo”, hace ya un cuarto de siglo. En cambio Arturo Suarez escribió 6 novelas y JM Vargas Vila escribió 27.
La conclusión podría parecer superficial, pero es perfectamente demostrable: solo los malos novelistas colombianos han escrito más de una novela. De manera que quienes estaban capacitados para estructurar una obra sólida, que contribuyera a enriquecer con valores reales la literatura nacional, se han quedado en la anunciación mientras que el gran torrente novelístico se ha nutrido de la mediocridad.
Sin duda, uno de los factores de nuestro retraso literario, ha sido esa megalomanía nacional – la forma más estéril de conformismo—que nos ha echado a dormir sobre un colchón de laureles que nosotros mismos nos encargamos de inventar. Países latinoamericanos, que tienen de su propia literatura un concepto menos grandilocuente que el que tenemos nosotros tenemos de la nuestra, han alcanzado modestamente la merecida atención del público internacional. Nosotros en cambio seguimos nutriéndonos del sentimiento de superioridad que heredamos de nuestros antepasados por la versión a cinco idiomas de “María”, escrita hace 109 años y por la versión a ocho idiomas, inclusive el chino, de “La Vorágine”, escrita hace 35. Es hora de decir que es absolutamente falso que el mundo esté pendiente de nuestra literatura. El poeta español Gerardo Diego, decía alguna vez en privado: “Los colombianos no han dado un grande escritor; y lo merecían, porque han trabajado mucho”. Acaso hayamos trabajado mucho, ciertamente, pero no por el camino acertado.
Hablando en términos generales, en tres siglos de literatura colombiana no se ha empezado todavía a echar las bases de una tradición; no han surgido ni siquiera los elementos de una crítica valorativa seria, ni comienza a crearse las condiciones para que se produzca entre nosotros el fenómeno del escritor profesional.
En Colombia se han ensayado todas las modalidades y tendencias de la novela y la narración. Se han experimentado todos los manierismos poéticos e inclusive buscando de buena fe nuevas formas de expresión.
Pero, aparte de que las modas nos han llegado tarde, parece ser que nuestros escritores han carecido de un autentico sentido de lo nacional, que era sin duda la condición más segura para que sus obras tuvieran una proyección universal.
En la segunda mitad del siglo XIX, mientras el hombre colombiano padecía el drama de las guerras civiles, los escritores se habían refugiado en una fortaleza de especulaciones filosóficas y averiguaciones humanísticas
Toda una literatura de entretenimiento, de chascarrillos y juegos de salón prosperó en el país, mientras la nación hacia el penoso tránsito hacia el siglo XX. Los costumbristas no se interesaron por el hombre sino en la medida que constituía el elemento más pintoresco del paisaje. En la edad de oro de la poesía colombiana, se escribieron algunos de los mejores poemas europeos  del continente. Pero no se hizo literatura nacional.
Es explicable por tanto que la única explosión literaria de legítimo carácter nacional que hemos tenido en nuestra historia – llamada “novela de la violencia”—haya sido un despertar a la realidad del país literariamente frustrado. Sin una tradición, el primer drama nacional de que éramos conscientes nos sorprendía desarmados.
Para que la digestión literaria de la violencia política se cumpliera de un modo total, se requería un conjunto de condiciones culturales preestablecidas, que en el momento crítico hubieran respaldado la urgencia de la expresión artística. 
En realidad, Colombia no estaba culturalmente madura para que la tragedia política y social de los últimos años nos dejara algo más que medio centenar de testimonios crudos, como es el caso, y nutriera una manifestación literaria de cierto alcance universal. El esfuerzo universal, el puro trabajo físico, puede producir un escritor esporádico y es de todos modos condición indispensable de la creación, pero ni la sucesión ni la coincidencia de unos cuantos escritores conscientes en tres siglos, pueden producir una autentica literaria nacional. Al parecer, ese es el caso de Colombia.
Incidentalmente, habría que decir en favor de esos buenos escritores eventuales, que su obra es tanto más meritoria en Colombia cuanto que ha sido un trabajo de horas escamoteadas a la urgencia diaria. No existiendo las condiciones para que se produzca el escritor profesional, la creación literaria queda relegada al tiempo que dejen libre las ocupaciones normales. Es, necesariamente una literatura de hombres cansados.
Por el contrario, tal vez la falla principal que podría señalarse a muchos de nuestros escritores, especialmente en los últimos tiempos, es no tener conciencia de las dificultades físicas y mentales del oficio literario. Grandes escritores han confesado que escribir cuesta trabajo, que hay una carpintería del a literatura que es preciso afrontar con valor y hasta con un cierto entusiasmo muscular. La creación literaria solo por decirlo, gráficamente, es un trabajo de hombres.
No es sorprendente que después de la frustrada explosión de “la novela de la violencia”, Colombia haya caído en un estado de catalepsia intelectual. Antes, al menos, había una producción masiva de mala literatura. Hoy no tenemos nada. Puede sospecharse, inclusive que ya no se escriben los sonetos de amor del bachillerato, que parecía ser un signo definido de nuestra nacionalidad.
Con una ligereza que no es más que un síntoma de apoltronamiento crítico, se trata de explicar esta extremada pauperización de la literatura colombiana como el resultado de una nueva preocupación colectiva: la tecnificación de la vida. La situación de la pintura en Colombia podría ser una buena réplica.
Los pintores tuvieron la suerte de que Colombia no hubiera sido considerada nunca como un país de pintores. Conscientes de ser los responsables de una función artística nueva, sin estrepitosos antecedentes en el país, los pintores colombianos han empezado por el principio, aprendiendo duramente su arte y su oficio, y ejerciendo al mismo tiempo una vigorosa presión contra el medio. Puede comprobarse que el medio ha empezado a responder.  En la actualidad, contamos con un grupo de pintores que pintan ocho horas al día y que con una admirable conciencia profesional están echando las bases de un movimiento pictórico colombiano de proyecciones internacionales.
No es enteramente casual que este buen viento que sopla al norte de la pintura, haya coincidido con la aparición de una crítica seria e independiente, de una intransigencia necesaria.  Lo más  saludable que podría ocurrirle al a literatura es la aparición de una crítica semejante.
Se ha escrito varias veces la historia de la literatura colombiana. Se han intentado numerosos ensayos críticos de autores nacionales, vivos y muertos, y en todo tiempo. Pero en la generalidad de los casos esa labor ha estado interferida por intereses extraños, desde las complacencias de amistad hasta la parcialidad política, y casi siempre distorsionada por un equivocado orgullo patriótico. De otra parte, la intervención clerical en los distintos frentes de la cultura ha hecho de la moral religiosa un factor de tergiversación estética.
La generalidad de los estudios críticos que se escriben en Colombia son eruditos análisis de una obra, de las influencias del autor y hasta de su personalidad psicológica. Sabemos, por esos estudios, que Guillermo Valencia fue un poeta parnasiano, que sus hemistiquios eran perfectos y que abrió una ventana por donde entró el viento modernista a renovar el aire enrarecido del romanticismo. Pero nadie nos ha demostrado, de un modo autorizado y definitivo, si era un poeta bueno o malo, ni por qué fue necesario el posterior y esplendido terrorismo poético de Luis Carlos López. La crítica colombiana ha sido una dispendiosa tarea de clasificación, una labor de ordenamiento histórico, pero solo en casos excepcionales un trabajo de valoración.
En tres siglos, aún no se nos ha dicho qué es lo que sirve y qué es lo que no sirve de la literatura colombiana. De este modo, el escritor está obligado a ser responsable solo ante sí mismo.
La literatura colombiana, en conclusión general, ha sido un fraude a la nación.

Bogotá, 1962.

miércoles, 4 de enero de 2012

La Máscara del Tigre en Amazon

Hola Amigos:
Reciban un afectuoso saludo. Les deseo un muy feliz año 2012, en compañía de su familia y demás seres queridos. ¡Salud y bienestar para todos! De seguro será un año cargado de muchas cosas buenas y grandes éxitos en su vida si trabajan para ello con visión, constancia y esmero.
Me complace participarles que desde el pasado 23 de diciembre 2011 está publicada en AMAZON la novela La Máscara del Tigre y se puede comprar por Internet en cualquier país del mundo. Sólo tienen que abrir Google y escribir: la máscara del tigre en amazon, o también: leandro cerro en amazon. De inmediato aparece el link de promoción y venta. Así que si tienen amigos o familiares en USA o en Europa, ya pueden recomendarles este medio para adquirir el libro, a quienes estén interesados.
Un abrazo,

lunes, 26 de diciembre de 2011

El libro II

De: Jorge Luis Borges[1]

El segundo gran concepto del libro -repito- es que pueda ser una obra divina. Quizá esté más cerca de lo que nosotros sentimos ahora que de la idea del libro que tenían los antiguos: es decir, un mero sucedáneo de la palabra oral. Luego decae la creencia en un libro sagrado y es reemplazado por otras creencias. Por aquella, por ejemplo, de que cada país está representado por un libro. Recordemos que los musulmanes denominan a los israelitas, la gente del libro; recordemos aquella frase de Heinrich Heine sobre aquella nación cuya patria era un libro: la Biblia, los judíos. Tenemos entonces un nuevo concepto, el de que cada país tiene que ser representado por un libro; en todo caso, por un autor que puede serlo de muchos libros.
Es curioso - no creo que esto haya sido observado hasta ahora-  que los países hayan elegido individuos que no se parecen demasiado a ellos.  Uno piensa, por ejemplo, que Inglaterra hubiera elegido al  doctor Johnson como representante; pero no, Inglaterra ha elegido a Shakespeare, y Shakespeare es  -digámoslo así- el menos inglés de los escritores ingleses.  Lo típico de Inglaterra es el understatement,  es el decir un poco menos de las cosas. En cambio, Shakespeare tendía a la hipérbole en la metáfora, y no nos sorprendería nada que Shakespeare hubiera sido italiano o judío, por ejemplo.
Otro caso es el de Alemania; un país admirable, tan fácilmente fanático, elige precisamente a un hombre tolerante que no es fanático, y a quien no le importa demasiado  el concepto de patria; elige a Goethe. Alemania está representada por Goethe.
En Francia no se ha elegido un autor, pero se tiende a Hugo. Desde luego, siento una gran admiración por Hugo, pero Hugo no es típicamente francés. Hugo es extranjero en Francia; Hugo, con esas grandes decoraciones, con esas grandes metáforas, no es típico de Francia.
Otro caso aún más curioso es el de España.  España podría haber sido representada por Lope, por Calderón, por Quevedo.  Pues no.  España está representada por Miguel de Cervantes.  Cervantes  es un hombre contemporáneo de la Inquisición, pero es tolerante, es un hombre que no tiene ni las virtudes ni los vicios españoles.
Es como si  cada país pensara que tiene que ser representado por alguien distinto, por alguien que puede ser, un poco, una suerte de remedio, una suerte de triaca, una suerte de contraveneno de sus defectos.  Nosotros hubiéramos podido elegir el Facundo  de Sarmiento,  que es nuestro libro, pero no; nosotros, con nuestra historia militar, nuestra historia de espada, hemos elegido como libro  la crónica de un desertor, hemos elegido el Martín Fierro, que si bien merece ser elegido como libro, ¿cómo pensar que nuestra historia esté representada por un desertor de la conquista del desierto?.  Sin embargo, es así; como si cada país sintiera esa necesidad.
Sobre el libro han escrito de un modo tan brillante tantos escritores.  Yo quiero referirme a unos pocos.  Primero me referiré a Montaigne, que dedica uno de sus ensayos al libro.  En ese ensayo hay una frase memorable:  No hago nada sin alegría.  Montaigne  apunta a que el concepto de lectura obligatoria es un concepto falso.  Dice que si él encuentra un pasaje difícil en un libro, lo deja; porque ve en la lectura una forma de felicidad.
Recuerdo que hace muchos años se realizó una encuesta sobre qué es la pintura. Le preguntaron a mi hermana Norah y contestó que la pintura es el arte de dar alegría con formas y colores.  Yo diría que la literatura es también una forma de alegría.  Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado.  Por eso considero que un escritor como Joyce ha fracasado esencialmente, porque su obra  requiere un esfuerzo.
Un libro no debe requerir un esfuerzo, la felicidad no debe requerir un esfuerzo.  Pienso que Montaigne tiene razón.  Luego enumera los autores que le gustan.  Cita a Virgilio, dice preferir Las Geórgicas  a La Eneida ;  yo prefiero La Eneida, pero eso no tiene nada que ver. Montaigne habla de los libros con pasión, pero dice que aunque los libros son una felicidad, son, sin embargo, un placer lánguido.
Emerson lo contradice -es el otro gran trabajo sobre los libros que existe-.  En esa conferencia, Emerson dice que una biblioteca es una especie de gabinete mágico.  En ese gabinete están encantados los mejores espíritus de la humanidad, pero esperan nuestra palabra para salir de su mudez.  Tenemos que abrir el libro, entonces ellos despiertan.  Dice que podemos contar con la compañía de los mejores hombres que la humanidad ha producido, pero que no los buscamos y preferimos leer comentarios, críticas y no vamos a lo que ellos dicen.
Yo he sido profesor de literatura inglesa durante  veinte años, en la Facultad de Filosofía  y  Letras de la Universidad de Buenos Aires.  Siempre les he dicho a mis estudiantes que tengan poca bibliografía, que no lean críticas, que lean directamente los libros; entenderán poco, quizá, pero siempre gozarán y estarán oyendo la voz de alguien.  Yo diría que lo más importante de un autor es su entonación, lo más importante de un libro es la voz del autor, esa voz que llega a nosotros.
Yo he dedicado una parte de mi vida a las letras, y creo que una forma de felicidad es la lectura;  otra forma de felicidad menor es la creación poética, o lo que llamamos creación, que es una mezcla de olvido y recuerdo de lo que hemos leído.
Emerson coincide con Montaigne en el hecho de que debemos leer únicamente lo que nos agrada, que un libro tiene que ser una forma de felicidad.  Le debemos tanto a las letras.  Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído.  Yo tengo ese culto del libro.  Puedo decirlo de un modo que puede parecer patético; quiero que sea como una confidencia que les realizo a cada uno de ustedes; no a todos, pero sí a cada uno, porque todos es una abstracción y cada uno es verdadero.
Yo sigo jugando a no ser ciego, yo sigo comprando libros, yo sigo llenando mi casa de libros.  Los otros días me regalaron una edición del año 1966 de la Enciclopedia de Brokhause.  Yo sentí la presencia de ese libro en mi casa, la sentí como una suerte de felicidad. Ahí estaban los veintitantos volúmenes con una letra gótica que no puedo leer, con los mapas y grabados que no puedo ver; sin embargo, el libro estaba ahí. Yo sentía como una gravitación amistosa del libro. Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres.
Se habla de la desaparición del libro; yo creo que es imposible. Se dirá qué diferencia puede haber entre un libro y un periódico o un disco. La diferencia es que un periódico se lee para el olvido, un disco se oye asimismo para el olvido, es algo mecánico y por lo tanto frívolo. Un libro se lee para la memoria.
El concepto de un libro sagrado, del Corán o de la Biblia, o de los Vedas - donde también se expresa que los Vedas crean el mundo-, puede haber pasado, pero el libro tiene todavía cierta santidad que debemos tratar de no perder. Tomar un libro y abrirlo guarda la posibilidad del hecho estético. ¿Qué son las palabras acostadas en un libro? ¿Qué son esos símbolos muertos? Nada absolutamente. ¿Qué es un libro si no lo abrimos? Es simplemente un cubo de papel y cuero, con hojas; pero si lo leemos ocurre algo raro, creo que cambia cada vez.
Heráclito dijo (lo he repetido demasiadas veces) que nadie baja dos veces al mismo río. Nadie baja dos veces al mismo río porque las aguas cambian, pero lo más terrible es que nosotros somos no menos fluidos que el río. Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado, la connotación de las palabras es otra. Además, los libros están cargados de pasado.
He hablado en contra de la crítica y voy a desdecirme (pero qué importa desdecirme). Hamlet no es exactamente el Hamlet que Shakespeare concibió a principios del siglo XVII, Hamlet es el Hamlet de Coleridge, de Goethe y de Bradley. Hamlet ha sido renacido. Lo mismo pasa con el Quijote. Igual sucede con Lugones y Martínez Estrada, el Martín Fierro no es el mismo. Los lectores han ido enriqueciendo el libro.
Si leemos un libro antiguo es como si leyéramos todo el tiempo que ha transcurrido desde el día en que fue escrito y nosotros. Por eso conviene mantener el culto del libro. El libro puede estar lleno de erratas, podemos no estar de acuerdo con las opiniones del autor, pero todavía conserva algo sagrado, algo divino, no con respeto supersticioso, pero sí con el deseo de encontrar felicidad, de encontrar sabiduría.
Eso es lo que quería decirles hoy.

24 de mayo de 1978. J.L.Borges


[1] .-BORGES, Jorge Luis. Borges Oral. Barcelona: Bruguera, 1985.

lunes, 19 de diciembre de 2011

El libro

De: Jorge Luis Borges[1]

De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.
En César y Cleopatra de Shaw, cuando se habla de la biblioteca de Alejandría se dice que es la memoria de la humanidad. Eso es el libro y es algo más también, la imaginación. Porque, ¿qué es nuestro pasado sino una serie de sueños? ¿Qué diferencia puede haber entre recordar sueños y recordar el pasado? Esa es la función que realiza el libro.
Yo he pensado, alguna vez, escribir una historia del libro. No desde el punto de vista físico. No me interesan los libros físicamente (sobre todo los libros de los bibliófilos, que suelen ser desmesurados), sino las diversas valoraciones que el libro ha recibido. He sido anticipado por Spengler, en su Decadencia de Occidente, donde hay páginas preciosas sobre el libro. Con alguna observación personal, pienso atenerme a lo que dice Spengler.
Los antiguos no profesaban nuestro culto del libro -cosa que me sorprende; veían en el libro un sucedáneo de la palabra oral. Aquella frase que se cita siempre: Scripta maner verba volat, no significa que la palabra oral sea efímera, sino que la palabra escrita es algo duradero y muerto. En cambio, la palabra oral tiene algo de alado, de liviano; alado y sagrado, como dijo Platón. Todos los grandes maestros de la humanidad han sido, curiosamente, maestros orales.
Tomaremos el primer caso: Pitágoras. Sabemos que Pitágoras no escribió deliberadamente. No escribió porque no quiso atarse a una palabra escrita. Sintió, sin duda, aquello de que la letra mata y el espíritu vivifica, que vendría después en la Biblia. El debió sentir eso, no quiso atarse a una palabra escrita; por eso Aristóteles no habla nunca de Pitágoras, sino de los pitagóricos. Nos dice, por ejemplo, que los pitagóricos profesaban la creeencia, el dogma, del eterno retorno que muy tardíamente descubriría Nietzsche. Es decir, la idea del tiempo cíclico, que fue refutada por San Agustín en La ciudad de Dios. San Agustín dice con una hermosa metáfora que la cruz de Cristo nos salva del laberinto circular de los estoicos. La idea de un tiempo cíclico fue rozada también por Hume, por Blanqui... y por tantos otros.
Pitágoras no escribió voluntariamente, quería que su pensamiento viviese más allá de su muerte corporal, en la mente de sus discípulos. Aquí vino aquello de (yo no sé griego, trataré de decirlo en latín) Magister dixit (el maestro lo ha dicho). Esto no significa que estuvieran atados porque el maestro lo había dicho; por el contrario, afirma la libertad de seguir pensando el pensamiento inicial del maestro.
No sabemos si inició la doctrina del tiempo cíclico, pero sí sabemos que sus discípulos la profesaban. Pitágoras muere corporalmente y ellos, por una suerte de transmigración -esto le hubiera gustado a Pitágoras- siguen pensando y repensando su pensamiento, y cuando se les reprocha el decir algo nuevo, se refugian en aquella fórmula: el maestro lo ha dicho (Magister dixit ).
Pero tenemos otros ejemplos. Tenemos el alto ejemplo de Platón, cuando dice que los libros son como efigies (puede haber estado pensando en esculturas o en cuadros), que uno cree que están vivas, pero si se les pregunta algo no contestan. Entonces, para corregir esa mudez de los libros, inventa el diálogo platónico. Es decir, Platón se multiplica en muchos personajes: Sócrates, Gorgias y los demás. También podemos pensar que Platón quería consolarse de la muerte de Sócrates pensando que Sócrates seguía viviendo. Frente a todo problema El se decía: ¿qué hubiera dicho Sócrates de Esto? Así, de algún modo, fue la inmortalidad de Sócrates, quien no dejó nada escrito, y también un maestro oral.
De Cristo sabemos que escribió una sola vez algunas palabras que la arena se encargó de borrar. No escribió otra cosa que sepamos. El Buda fue también un maestro oral; quedan sus prédicas. Luego tenemos una frase de San Anselmo: Poner un libro en manos de un ignorante es tan peligrosos como poner una espada en manos de un niño. Se pensaba así de los libros. En todo Oriente existe aún el concepto de que un libro no debe revelar las cosas; un libro debe, simplemente, ayudarnos a descubrirlas. A pesar de mi ignorancia del hebreo he estudiado algo de la Cábala y he leído las versiones inglesas y alemanas del Zohar ( El libro del esplendor), El Séfer Yezira (El libro de las relaciones). Sé que esos libros no están escritos para ser entendidos, están hechos para ser interpretados, son acicates para que el lector siga el pensamiento. La antigüedad clásica no tuvo nuestro respeto del libro, aunque sabemos que Alejandro de Macedonia tenía bajo su almohada la Ilíada y la espada, esas dos armas. Había gran respeto por Homero, pero no se lo consideraba un escritor sagrado en el sentido que hoy le damos a la palabra. No se pensaba que la Ilíada y la Odisea fueran textos sagrados, eran libros respetados, pero también podían ser atacados.
Platón pudo desterrar a los poetas de su República sin caer en la sospecha de herejía. De estos testimonios de los antiguos contra el libro podemos agregar uno muy curioso de Séneca. En sus admirables epístolas a Lucilio hay una dirigida contra un individuo muy vanidoso, de quien dice que tenía una biblioteca de cien volúmenes; y quién -se pregunta Séneca- puede tener tiempo para leer cien volúmenes. Ahora, en cambio, se aprecian las bibliotecas numerosas.
En la antigüedad hay algo que nos cuesta entender, que no se parece a nuestro culto del libro. Se ve siempre en el libro a un sucedáneo de la palabra oral, pero luego llega del Oriente un concepto nuevo, del todo extraño a la antigüedad clásica: el del libro sagrado. Vamos a tomar dos ejemplos, empezando por el más tardío, los musulmanes. Estos piensan que el Corán es anterior a la creación, anterior a la lengua árabe; es uno de los atributos de Dios, no una obra de Dios; es como su misericordia o su justicia. En el Corán se habla en forma asaz misteriosa de la madre del libro. La madre del libro es un ejemplar del Corán escrito en el cielo. Vendría a ser el arquetipo platónico del Corán, y ese mismo libro -lo dice el Corán- ese libro está escrito en el cielo, que es atributo de Dios y anterior a la creación. Esto lo proclaman los sulems o doctores musulmanes.
Luego tenemos otros ejemplos más cercanos a nosotros: la Biblia o, más concretamente, la Torá  o el Pentateuco. Se considera que esos libros fueron dictados por el Espíritu Santo. Esto es un hecho curioso: la atribución de libros de diversos autores y edades a un solo espíritu; pero en la Biblia misma se dice que el Espíritu sopla donde quiere. Los hebreos tuvieron la idea de juntar diversas obras literarias de diversas épocas y de formar con ellas un solo libro, cuyo título es Torá (Biblia en griego). Todos estos libros se atribuyen a un solo autor: el Espíritu.
A Bernard Shaw le preguntaron una vez si creía que el Espíritu Santo había escrito la Biblia. Y contestó: Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu.  Es decir, un libro tiene que ir más allá de la intención de su autor. La intención del autor es una pobre cosa humana, falible, pero en el libro tiene que haber más. El Quijote, por ejemplo, es más que una sátira de los libros de caballería. Es un texto absoluto en el cual no interviene, absolutamente para nada, el azar.
Pensemos en las consecuencias de esta idea. Por ejemplo, si yo digo:
Corrientes aguas, puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas
verde prado, de fresca sombra lleno
Es evidente que los tres versos constan de once sílabas. Ha sido querido por el autor, es voluntario.
Pero, qué es eso comparado con una obra escrita por el Espíritu, qué es eso comparado con el concepto de la Divinidad que condesciende a la literatura y dicta un libro. En ese libro nada puede ser casual, todo tiene que estar justificado, tienen que estar justificadas las letras. Se entiende, por ejemplo, que el principio de la Biblia: Bereshit baraelohim comienza con una B porque eso corresponde a bendecir. Se trata de un libro en el que nada es casual, absolutamente nada. Eso nos lleva a la Cábala, nos lleva al estudio de las letras, a un libro sagrado dictado por la divinidad que viene a ser lo contrario de lo que los antiguos pensaban. Estos pensaban en la musa de modo bastante vago.
Canta, musa, la cólera de Aquiles, dice Homero al principio de la Ilíada. Ahí, la musa corresponde a la inspiración. En cambio, si se piensa en el Espíritu, se piensa en algo más concreto y más fuerte: Dios, que condesciende a la literatura. Dios, que escribe un libro; en ese libro nada es casual: ni el número de las letras ni la cantidad de sílabas de cada versículo, ni el hecho de que podamos hacer juegos de palabras con letras, de que podamos tomar el valor numérico de las letras. Todo ha sido ya considerado… (continúa)


[1] .-BORGES, Jorge Luis. Borges Oral. Barcelona: Bruguera, 1985.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Cortázar: Esencia y misión del maestro

A través del cuento La escuela de noche (Mundo Docente, Febrero/06), Julio Cortázar (1914-1984) retrató su paso por el Colegio Normal Mariano Acosta, una época de gobiernos infames y fraudulentos. Pero no fue ésta la única oportunidad en que el autor de Rayuela se refirió a la escuela y a la educación. En 1939, Cortázar publicó un artículo en la Revista Argentina, allí dirige a los futuros maestros y profesores una serie de reflexiones sobre el significado de la docencia y su función social. A pesar del tiempo transcurrido, las consideraciones expresadas no han perdido vigencia.
El objetivo principal del escrito consiste en poner a los estudiantes del magisterio y el profesorado frente a frente con aquellos aspectos de la realidad que no habían conocido durante su formación. Precisamente, una de las claves del texto reside en describir las causas del fracaso de un número tan elevado de maestros. Para Cortázar, una de las razones era la falta de cultura de muchos de ellos; entendiendo por cultura no el acopio de conocimientos intelectuales, sino “la actitud integralmente humana, sin mutilaciones, que resulta de un largo estudio y de una amplia visión de la realidad”.
Cortázar se pregunta si cuatro años en el Colegio Normal son suficientes para adquirir esta capacidad; como era de esperar, responde en forma negativa. El aprendizaje, afirma, recién comienza cuando uno egresa de la Escuela Normal, en ese momento en que uno se encontrará solo, “librado a la propia conducta”. Y será en el “debilitamiento de los resortes morales, en el olvido de lo que de sagrado tiene ser maestro”, donde habrá que buscar el motivo principal de tantas decepciones. Pero como él mismo señala, no se trata de hablar del pasado sino del futuro y sus docentes. (Revista Educación y Cultura)

Fragmento*:
De: Julio Cortázar
 
 “...La Escuela Normal no basta para hacer al maestro. Y quien, luego de plegar con gesto orgulloso su diploma, se disponga a cumplir su tarea sin otro esfuerzo, ése es desde ya un maestro condenado al fracaso. Parecerá cruel y acaso falso; pero un hondo buceo en la conciencia de cada uno probará que es harto cierto. La Escuela Normal da elementos, variados y generosos, crea la noción del deber, de la misión; descubre los horizontes. Pero con los horizontes hay que hacer algo más que mirarlos desde lejos: hay que caminar hacia ellos y conquistarlos.
El maestro debe llegar a la cultura mediante un largo estudio. Estudio de lo exterior, y estudio de sí mismo. Aristóteles y Sócrates: he ahí las dos actitudes. Uno, la visión de la realidad a través de sus múltiples ángulos; el otro, la visión de la realidad a través del cultivo de la propia personalidad. Y, esto hay que creerlo, ambas cosas no se logran por separado. Nadie se conoce a sí mismo sin haber bebido la ciencia ajena en inacabables horas de lecturas y de estudio; y nadie conoce el alma de los semejantes sin asistir primero al deslumbramiento de descubrirse a sí mismo. La cultura resulta así una actitud que nace imperceptiblemente; nadie puede despertarse mañana y decir: «Sé muchas cosas y nada más». La mejor prueba de cultura suele darla aquél que habla muy poco de sí mismo; porque la cultura no es una cosa, sino que es una visión; se es culto cuando el mundo se nos ofrece con la máxima amplitud; cuando los problemas menudos dejan de tener consistencia; cuando se descubre que lo cotidiano es lo falso, y que sólo lo más puro, lo más bello, lo más bueno, reside la esencia que el hombre busca. Cuando se comprende lo que verdaderamente quiere decir Dios.
Al salir de la Escuela Normal, puede afirmarse que el estudio recién comienza. Queda lo más difícil, porque entonces se está solo, librado a la propia conducta. En el debilitamiento de los resortes morales, en el olvido de lo que de sagrado tiene es ser maestro, hay que buscar la razón de tantos fracasos. Pero en la voluntad que no reconoce términos, que no sabe de plazos fijos para el estudio, está la razón de muchos triunfos. En la Argentina ha habido y hay maestros: debería preguntárseles a ellos si les bastaron los cuatro años oficiales para adquirir la cultura que poseen. «El genio –dijo Buffon- es una larga paciencia». Nosotros no requerimos maestros geniales; sería absurdo. Pero todo saber supone una larga paciencia.
Alguien afirmó, sencillamente, que nada se conquista sin sacrificio. Y una misión como la del educador exige el mayor sacrificio que puede hacerse por ella. De lo contrario, se permanece en el nivel del «maestro correcto». Aquéllos que hayan estudiado el magisterio y se hayan recibido sin meditar a ciencia cierta qué pretendían o qué esperaban más allá del puesto y la retribución monetaria, ésos son ya fracasados y nada podrá salvarlos sino un gran arrepentimiento . Pero yo he escrito estas líneas para los que han descubierto su tarea y su deber. Para los que abandonan la Escuela Normal con la determinación de cumplir su misión. A ellos he querido mostrarles todo lo que les espera, y se me ocurre que tanto sacrificio ha de alegrarnos. Porque en el fondo de todo verdadero maestro existe un santo, y los santos son aquellos hombres que van dejando todo lo perecedero a lo largo del camino, y mantienen la mirada fija en un horizonte que conquistar con el trabajo, con el sacrificio o con la muerte”.